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San Antonio y San Pablo, el ermitaño. Diego de Velázquez

San Antonio y San Pablo ermitaños. Diego de Velázquez

De un tamaño realmente diminuto, este cuadro muestra un encuentro histórico, uno de esos momentos en que el mundo se detiene para observar un mismo centro distinto de su eje. Aquí vemos a Antonio y Pablo ermitaños y su historia me merece tiempo por la cándida felicidad que rebosan los rostros en el cuadro. Quiero justificar con esta historia que se trata de una plenitud en vida y que Velázquez la llena de color captando un solo instante de los que vivió Pablo en su retiro. Todos tenemos un Retiro, cierto y escondido, parque o cueva,  interior o público, acudimos a él en busca de reposo y meditando. La historia de este personaje que junta sus manos para saludarnos desde el lienzo, es una historia dilatada en una vida, y en cierto grado es algunos de los instantes que a menudo nos acechan. Pablo el egipcio o Pablo el ermitaño es hombre santo para cristianos católicos y coptos. Sabemos de él por San Jerónimo que le llama primer ermitaño del cristianismo. Podemos decir de Pablo que provenía de una familia adinerada afincada en la Tebaida, que consiguió vivir 114 años y que es comunmente venerado por su prudencia y capacidad de abstracción. Cuando contaba con 22 años, el emperador Decio acometió una gran persecución cristiana en Egipto que intentaba restaurar el politeismo romano oficial como creencia extendida en el imperio. Pablo permanece expectante ante los acontecimientos, prefiere relegarse a una vida doméstica, sin ser visto por nadie a tener que renegar públicamente de su creencia. No busca el enfrentamiento ni cree necesaria ningún tipo de violencia para defender estas ideas.  Consigue pasar inadvertido hasta que un familiar cercano le denuncia a las autoridades y se ordena su captura. Huye al desierto con la intención de regresar y encuentra una gran cueva donde se refugia. Se alimenta de dátiles, bebe de una fuente cercana y se viste con hojas de palmera. En esa pobreza material haya cobijo moral y descanso.  De cuando en cuando, un cuervo le visita y le trae medio pan con que calmar el hambre. Retirado del mundo, del colapso, decide instalarse en la cueva hasta el día de su muerte. Durante noventa años vive solo en la rutina de la contemplación, meditando y ayunando; setenta años sin contacto con la civilización; setenta años salvajes y ordenados.  No está completamente solo. Antonio Abad, refugiado del mundo en una cueva a horas de distancia, oye una voz que le sugiere emprender un viaje para encontrar a otro hombre en su misma situación. Camina durante horas hasta llegar a la cueva de Pablo que le toma por un animal salvaje al oír ruidos y cubre la entrada de su cueva con una gran piedra para guarecerse. Antonio le suplica que salga a conocerle y al hacerlo, Pablo le saluda por su nombre. El mismo cuervo que traía siempre medio pan, esa tarde viene con un pan entero para ambos. Pasan horas debatiendo quién debe tener el honor de partir el pan; ambos se consideran a sí mismos indignos del honor y deciden tirar a la vez de cada lado para dividirlo. Tras esta nimia comida, bajan a beber agua. En la mañana del siguiente día, Pablo siente que morirá en corto tiempo y le pide a Antonio que vaya a por un manto púrpura para su mortaja. Impresionado por el conocimiento de Pablo, Antonio parte para satisfacer los deseos del anacoreta. A su vuelta se encuentra a Pablo arrodillado, mirando al cielo, sin un halo de vida que compartir con el planeta. En el año 342 de la Era Cristiana, Pablo muere en su meditación, con los brazos en cruz esperando su destino. Tras horas de lamento, Antonio duda dónde y cómo cavar la sepultura; en la oscura cueva de Pablo toda herramienta o utensilio es la pared de piedra y el suelo de arena que eran hogar, camastro y todas las posesiones del ermitaño. En ese momento se acercan dos leones que con signos de tristeza en el rostro, horadan la arena con sus garras y se marchan. Los dos años de Henry David Thoureau en los nutridos bosques de Walden, la vida de Mohandas Karaamchad en la aridez del sur de India y la inanición de Christopher McCandles en la humedad de Stampede Trail, en Alaska, han sido las vidas posteriores de aquel anciano Pablo.

(*) En su Leyenda Dorada, de mediados del s.XIII, Jacobo de Vorágine relata en latín con sumo detalle el encuentro entre los santos. Esta obra es sin duda uno de los grandes libros épicos de la historia de la literatura y uno de los intentos más logrados de difusión de la mitología cristiana. Existe una edición traducida al castellano cuya referencia anoto: Jacobo de Vorágine, La leyenda dorada. traducción directa del latín por José Manuel Macías, Madrid: Alianza Editorial, 2005, 2 vols.

(*) El cuadro San Antonio Abad y San Pablo ermitaño, de 1634, está conservado en el Museo del Prado de Madrid.

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