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“El conocimiento debe ser constantemente mejorado, cuestionado e incrementado, o desaparece.

Peter Drucker

 
Creo que nos apasionamos buscando fórmulas perfectas porque no estamos educados para convivir y explotar el caos, tampoco para asumir el enorme potencial de la diversidad. Trabajamos, vivimos y construimos espacios limitados y estrechamente restringidos para explotar los recursos actuales que no lo son: conocimiento, creatividad, relaciones, empatía, talento,… Vivimos en absoluto y nos movemos en terrenos relativos. Cualquier científico con el que hables podrá decirte que prácticamente ninguna de las teorías científicas que aceptamos como ciertas tiene su reflejo en las estructuras sociales que diseñamos. Algo muy distinto es que posteriormente estas estructuras evolucionen por sí mismas hacia la naturaleza. Sin embargo lo más hiriente para nuestro progreso es que nos sentimos cómodos alejándonos de la naturaleza de las cosas.

Cuanto más perfecto queramos que sea un sistema, menos responderá a las necesidades reales que abastece. Cuanto más elitista y restringido sea un órgano de decisiones menos identificación con su entorno obtendrá. No asumimos ni interiorizamos que el artificio nunca ha sido sostenible.

A menudo abandonar un área de confort es el primer paso para inventar una nueva realidad mejor. No hablo de eficiencia ni de productividad ni tampoco del líder perfecto. No existen. Nos encontramos en un estadio evolutivo superior, no tendemos a la perfección sino a algo más sencillo y revolucionario: tendemos al conocimiento que otros comparten y una vez que lo obtenemos tendemos a compartirlo.

La naturaleza del hombre es colaborar. Todo lo memorable en la historia de la Humanidad se ha logrado gracias a la colaboración. Las organizaciones hasta ahora han podido abstraerse de esta realidad gracias a la burocracia y el miedo y en el nuevo escenario se encuentran poco preparadas para afrontar el reto de colaborar y abrir sus puertas. Recelan de los otros y sacan partido de los secretos pero no están educadas para compartir y sacar beneficio de los otros. La clave puede que esté en que no existen esos “otros” y que todos formamos cada vez más parte de un tejido común mucho más flexible. Fruto de este bucle infinito, la nueva realidad trasciende cualquier barrera impuesta y lo queramos o no ha venido para quedarse.

Hace poco estuve en Grecia y viajé a Delfos en una suerte de imitación muy humilde al viaje de Pausanias. Delfos fue el centro del universo durante muchos siglos desde que el viejo Zeus lanzara sus dos águilas y se reunieran en ese punto exacto. Allí Apolo levantó su oráculo, siempre ambiguo, donde se formulaban obtusas predicciones. Tras llorar un poco en Atenas por la amnesia colectiva que nos ha hecho enterrar su gloria (y no solo culpo a los griegos aunque solo sea por no seguir la moda), recorrí un camino iniciático desde Atenas hasta Delfos. Pasé por la explanada de Maratón desde donde los atenienses vencieron en primera instancia a Darío. Paré en el antiguo desfiladero de las Termópilas del que ya no queda más que una triste estatua en un aparcamiento que conmemora la muerte de Leónidas. También por la nueva ciudad de Tebas y ya finalmente bordeé el Monte Parnaso.

En este breve recorrido comprobé que la historia de la civilización occidental se ha construido a base de victorias pero sobre todo a base de derrotas. Equivocarse y caer no es malo si con ello persigues un objetivo mayor, te conoces a ti mismo o aprendes del resto en el camino. Gracias a la derrota en Termópilas el ejército de las polis griegas pudo rearmarse a tiempo. Años antes en Maratón se venció a los persas gracias a la comunicación y la cooperación de intereses diferentes. En ambos casos los intereses de las polis griegas eran muy diversos y nada tenían que ver unos con otros salvo el hecho de enfrentarse a un enemigo común: los persas. En ocasiones, para ganarles hubo que abandonar temporalmente las ciudades para poder reconquistarlas, hubo que superar la mentalidad cortoplacista “no me muevo de mi sitio” para adaptarse y sobrevivir a largo plazo. Hoy nuestro enemigo común es indeterminado y frágil: la crisis. Con una salvedad: en Delfos no inventaron a los persas pero nosotros sí parimos a la crisis como bien recordaba el crack Ángel Sánchez. El secreto está en gestionar adecuadamente el riesgo, exponerse lo suficiente para no estar cómodo pero también para sentirse motivado.

Aquella mañana mientras ascendía los peldaños de la Vía Sacra en Delfos, a la sombra de los picos Fedríades cuya brillantez iluminaba el mismo Apolo, pensaba en qué sacrificaría al llegar al altar. Pensé en sacrificar mis defectos, todos ellos, pero decidí sacrificar la perfección. De modo que cuando llegué arriba juré no aspirar a ser el mejor, el más valiente, el más rico, el más admirado. Juré ser yo mismo y pagar el precio de esta decisión. Tras bautizarme y beber en la fuente Castalia de la que mana el agua de la eterna juventud,  también juré no perderla aunque cada vez tuviera menos pelo. >La juventud es una actitud, no un hecho.

Después de  enfilar la cuesta de bajada hacia el lugar donde se hallaba la esfinge junto al Bouleterion, pensé que ahora nuestro oráculo está en Wall Street y que desde esta calle aún hoy nadie puede ver esa estatua francesa a la que llamaron Libertad. No te centres en tus objetivos sino en el medio adecuado para conseguirlos. Todo lo demás vendrá después.

El siguiente paso tras competir es cooperar. Como veis no es nada nuevo. Para ello cuestionad y dejar que os cuestionen. Hacedlo o como decía Peter Drucker del conocimiento, desapareced. No busquéis la formula perfecta, dejad que fluya por sí sola y dedicad algunos minutos del día a practicar esa frase que estaba esculpida en lo alto del oráculo:
CONÓCETE A TÍ MISMO.
 

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