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alh– ¿Qué pasó con esa idea de irte a Méjico a vivir?

– Nunca llegué a ir. Un hombre necesita inspiración y pensé que las probabilidades de verte allí eran muy pocas

The magic of Belle Isle (Reiner, 2012)

AMBICIÓN

Hace muchos años en un pequeño rincón de Italia conocí la historia de un rey afortunado que reinaba en Frigia. Vivía en un gran palacio rodeado de jardines repletos de rosas, fuentes de agua clara y el más dulce e intenso aroma de jazmín (1). Midas, que así se llamaba, amanecía cada mañana con el único deseo de bañarse en su gran salón repleto de riquezas. Disfrutaba viendo su cuerpo rodeado de monedas, piedras preciosas y joyas de increíble proporción. A menudo, de camino al salón, no reparaba en la belleza de la música que sonaba en otros salones de su corte y cuya fama era conocida en todo el mundo. Tan solo soñaba cada noche con volver a su salón de oro y sostener entre sus manos montones de monedas.

Una tarde el dios Dioniso bajó al mundo para divertirse con algunos amigos por la Tierra. En medio de las celebraciones, su amigo Sileno se quedó dormido en un precioso jardín de rosas. Quiso la suerte que el jardín fuera el de Midas y el rey le ofreció alojamiento, comida y riqueza durante varios días. Al término de su estancia, Sileno regresó con Dioniso y en agradecimiento por su cortesía el dios le concedió a Midas un deseo. “¿El que quiera?” preguntó el joven rey. “Sí, todo cuanto pidas te será concedido” aseguró el dios. “En ese caso quiero que todo cuanto toque se convierta en oro” dijo sonriendo Midas. El dios extrañado le preguntó “¿Estás seguro de que eso es lo que quieres”. El rey sin dudar un solo momento respondió “Más oro me hará aún más feliz, ese es mi deseo“. De modo que Dioniso le concedió el deseo. Al día siguiente Midas amaneció deseoso de comprobar si su deseo era real. Tocó el cabecero de madera de su cama y se convirtió en oro. Midas quedó entusiasmado. Tocó luego la alfombra que guardaba sus pies del frío y se convirtió en metal precioso. El monarca no podía creer su suerte y corrió por el palacio tocando todo cuanto encontró a su paso. Sin excepción, cada objeto se convertió en oro. Así pasó admirado todo el día hasta la noche.

Después de horas y horas de alegría, de repente le entró hambre y sed. Pidió a su cocinero que preparara el más rico asado del reino para él. Y así se hizo pero cuando Midas fue a comerlo aquel manjar se convirtió en frío oro y perdió todo su olor y gusto. El rey pidió entonces el mejor vino del reino y de las mejores bodegas subieron dos lacayos con un gran ánfora de vino. Uno de ellos vertió vino sobre el vaso del monarca pero al tocarlo y comenzar a beber del recipiente, el cálido vino tornó en líquido metal que Midas escupió. El mastín del rey observaba desesperado a su dueño y decidió acudir a consolarle. Cuando posó su cabeza en las rodillas del rey, su cuerpo entero se solidificó y se convirtió en el más pesado y puro oro que jamás se hubiera visto. El rey Midas corrió atemorizado al cuarto de su preciosa hija Zoe y le contó lo ocurrido. Al ver a su padre repleto de miedo, Zoe le abrazó y se transformó en la más preciosa estatua de oro que ningún escultor habría podido esculpir. Completamente fría y sin vida, no latía entre los brazos de su padre, así que el rey llorando y gritando poseído por la más profunda tristeza salió a su jardín. Al tocar con sus dedos una de las rosas, el jardín entero cobró el aspecto de un manto dorado y cegador. Midas, rodeado de oro y completamente abatido, rezó a Dioniso con estas palabras:

Amado dios, no quiero el oro porque ya tenía todo cuanto quería sin saberlo. Ahora solo te pido poder oler mis rosas, disfrutar de un buen plato de comida, un buen vino, del dulce abrazo de mi hija, del amor fiel de mi perro y de un nuevo amanecer.

El buen dios Dioniso escuchó los lamentos de Midas y le prometió consuelo a cambio de todo el oro de su reino. “Haré lo que sea por recuperar la vida” respondió el rey. Dioniso entonces concedió a Midas la riqueza de vivir. Hasta aquí la historia de como el rey Midas logró cambiar el brillo del oro por el brillo de la vida. Hasta aquí el viaje de una persona que partió de su deseo para llegar a su significado, de alguien que partió de la ambición para descubrir finalmente el sentido.

SENTIDO

Desde hace un tiempo me descubro contemplando el fuego. He descubierto hace poco su magnética atracción. En invierno la vida en la montaña es simple. Por la mañana una luz limpia y directa entra por el viejo cristal de la ventana. No hay grandes titulares pero siempre sabes que la vida empieza hoy. Amaneces en una habitación llena de libros con un armario que guarda diez camisas. Todavía acostado escondes tu rostro y arañas a menudo los segundos. Si quieres energía, desayunas; si eres energía, sales a correr. Una inmensa orquesta de sonidos y colores se despliega ante tus ojos. Ni siquiera sabría empezar a describirlo. A tu lado, a no más de un pulso de vida, miles de años en forma de escarpados picos te contemplan. Vas abriendo el camino del día entre las tímidas sombras de nubes que casi puedes tocar y respirar. En las pequeñas lomas el manto verde de árboles y la silueta de arena del camino clarean y oscurecen al antojo de un cielo que se mueve a un solo palmo. A veces me quedo contemplando la velocidad de las nubes que es al menos de una colina por segundo. No es que todas las cosas adquieran entonces su sentido; más bien todo esto es el sentido de las cosas.

Por la tarde intentas asar patatas en las brasas y trabajas ideando algún comienzo. Abres cajones internos que ni siquiera imaginabas, encuentras una canción nueva o un pasaje antiguo de un libro del estante. Por la noche una sola luz mantiene el mundo aparte. Es entonces cuando me descubro contemplando el fuego. En ocasiones justo delante de la hoguera permanezco extasiado buscando algo de calor. Otras veces levanto un poco la mirada o me giro para comprobar que el fuego sigue vivo en una suerte de impulso incontenible. Algo en mí me dice que todo cuanto veo entonces está bien y que el tiempo tal vez pasa pero siempre en otra parte. Se que busco algo. Tal vez en cualquier cuento un viejo espíritu ocupó el fuego y lo hizo incomprensible para el Hombre. Yo pienso que cada día que paso junto al fuego es tal vez el mejor de los milagros.

Este lugar es completamente mágico, es parte de lo que soy y pertenece a lo que cada día encuentro. Tal y como hoy lo siento, si alguna vez emprendo un largo viaje, este será siempre el lugar al que solo pertenezco y el lugar al que siempre he de volver. Es un momento invadido de madera, una alfombra grande bajo el viejo sillón de siestas de mi abuela, y una lámpara que es más un faro que desafía mis mareas. No encontré mejor regalo que recuperar mi infancia.

NOTAS:

La palabra “jazmín” proviene del árabe hispánico yas[a]mín, y a su vez del árabe clásico yāsamīn y éste del pelvi yāsaman que significa “regalo de Dios”. Supongo que ninguna persona debería morir sin visitar los jardínes de la Alhambra y comprender la etimología de esta planta.

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