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Contra II

Contra II

Siete de los doce molinos de viento de Consuegra (Toledo)

Siete de los doce molinos de viento conservados en Consuegra (Toledo) de los trece molinos históricos.

… O al menos eso creyeron una noche cuando toda perspectiva es niebla. Pero de día alineados en el cerro uno a uno custodiaban el planeta. Reclamaban al llano el sabor del amarguillo y la derrota, la cualidad innata de todo ser inteligente de poseer el mundo con tan solo una mirada. El contorno roto de aquel monte marcaba su belleza. En los días claros del siglo XVI un quejido de hierro crujía la madera abriendo la mañana. Porque no hay un nuevo movimiento sin dolor, ni una vida plena sin esfuerzo. Unidos  uno a otro aprovechaban con su piel resquicios de viento replegado. Se sentaron a alimentar al mundo. Vivieron de hambre saciando la sed del infinito. Todos. Completamente todos contra el viento.

NOTA: Los nombres propios de estos doce seres mitológicos: Bolero, Mambrino, Mochilas, Vista Alegre, Cardeño, Alcancía, Chispas, Caballero del Verde Gabán, Rucio, Espartero y Clavileño. Sobreviven doce de los trece molinos porque TÚ AHORA eres el que falta.

Contra

Contra

Molino de viento en Consuegra (Toledo)

Molino de viento en Consuegra (Toledo)

Era tan coherente que se convirtió en romántico. Abortó planes de viaje a otros planetas, relaciones para siempre y decenas de fiestas de consejos. Contemplando el paisaje del resto de su vida, alzó sus brazos. Se sentó a esperar que el mundo le diera de comer. Murió de hambre conteniendo la sed del infinito. Solo. Completamente solo contra el viento.

El rastro

El rastro

Camino protegido del Parque natural de los Galachos de La Alfranca de Pastriz, La Cartuja y El Burgo de Ebro

Camino protegido del Parque natural de los Galachos de La Alfranca de Pastriz, La Cartuja y El Burgo de Ebro

Distaba mucho de ser el final de su camino aunque la señal, por evidente, le contuvo el aire unos segundos. Se apresuró hacia el punto focal que vertebra toda imagen alrededor de un mismo centro, allá en el fondo, donde las filas parejas de chopos y de juncos parecían respetarse eternamente. El mundo, tal y como hoy lo comprendemos, se imaginó esa misma tarde. Una colección perfecta de aves migratorias surcaba el cielo en dirección al inicio de su tiempo. Trazaban, planeaban y peinaban el viento voraz que arrebata el pelo liso de anfibios y terrestres. Miraban desde lo alto, entre la nube y las dos huellas de ruedas surcadas por los carros. Y ella en el centro del camino, de la mano de su suerte y sin el miedo que amordaza y precipita, se dejó asediar por la belleza. Caminó absorta y sin remedio por la finca del viejo Palafox, llevada por el mismo afán de lucha que doscientos dos años y seis meses antes de esa tarde, la llevó a ella y a un grupo de mujeres del Portillo ante el gran general a pedir el auxilio de su pueblo. Sintió en cada hoja blanca y verde las vidas de las cincuenta y cuatro mil personas que mataron y alumbraron de nuevo aquella tierra tras el segundo asedio del francés. A pesar de que no era su final, la huella del carro se afiló hacia el horizonte siguiendo el rastro de las plantas, y allí parada con la vista fija en esa imagen, vio con claridad trazada en el suelo del camino, la inicial de su nombre entre rastrojos. Porque aquello no era eterno, era algo único en el mundo para esa tarde y esa misma mujer; porque su nombre, claro, no era otro que Agustina.

Sudor de Ebro

Trinchera en la sierra de Alcubierre, Aragón

Trinchera en la sierra de Alcubierre, Aragón

Dormíamos en literas que eran cómodas por odio, de tablas contrapuestas en dos filas en la ladera oeste del frente. De esto no hace tanto, y aunque muchos hay que quieren ya olvidarlo, las cicatrices se ven y a menudo relucen en destellos de memoria. Hace no más de diez años entré a casa del Benigno, que nunca había entrado, y vi que tenía en su salón los muebles de mis padres. No quise preguntar si la noche en que un grupo de fascistas llamó a la puerta y se llevó al último paseo a mi padre el maestro y a mi madre; el padre del Benigno, que siempre fue avieso y muy tocino para las palabras, le había delatado. Quiero olvidar porque aquello no me nuble pero no hay tarde en que no sople el Cierzo desde entonces removiéndome las tripas de la rabia. En aquellos sacos y maderos, aguantamos un año en la línea alta de Aragón desyunando una tableta de café y azucar, a días alternos con dos piezas de chocolate rancio. Luego a turnos todo el día y la noche entre ocho compañeros, tirábamos contra las liebres a ver quién traía la cena. No se hablaba de ideas sino de hambre y todo nuestro corazón estaba contenido en nuestro estómago; esperando el siguiente bocado o la garrafa o botijo de más tiro. El verano del treinta y siete fue morrudo para el grupo. La trinchera estaba recién cavada y habíamos hecho un mes apuntalando el sitio. Comíamos legumbre seca unos doscientos gramos, cien de los cuales podían ser patatas; tomate fresco otros doscientos o bien cincuenta gramos del de la conserva; treinta de tocino, doscientos cincuenta de carne o ciento cincuenta de bacalao y un chato de vino para templar el pulso contra el frío. Luego todo fue a menos y cada vez daba más respeto venir de Peñaflor u otros lugares más cercanos con comida. Hubo heridos en la trinchera cercarna, a cinco los llevaron en camilla por la noche. Por miedo a las ráfagas y al fuego  el que llevaba el camión conducía a tientas por la arena y a punto estuvo de matarles esa noche. Cada domingo había un armisticio y se paraban las refriegas. Cambiábamos comida con los moros que de exceso de cebolla estaban ya muy pálidos y a nosotros nos sobraba algo de trigo y tomate de los tiempos buenos.

Camastros de madera en trincheras de la tura Orwell. Los Monegros, Aragón

Camastros de madera en las trincheras de la ruta Orwell. Los Monegros, Aragón

Yo maté a seis en aquel año y medio de penuria, pero hubo quien en vida no mató más que a conejos porque en la avanzada grande de la columna enemiga a pesar de nuestra posición de ventaja en lo alto de aquel cerro, la mayor parte de nosotros nos rendimos pensando en la familia. A seis del grupo los cosieron a balazos, yo rendí armas tirándolas contra los sacos seis metros antes de la entrada, bajo la atenta mirada de un fusil ajeno. Uno de los otros, que era el hijo de la Adela, me llamó embravecido y me abrazó llamándome hermano. Los de la columna me creyeron prisionero y ese gesto parece que entonces me salvó la vida.

En aquel tiempo conocimos a un escritor inglés que había venido a luchar movido por principios; yo le expliqué que mataba para que no matasen a los míos y que era todo al final lo más sencillo. Mis nietos me han leído sus libros y al leerlo parecía oirle hablar; tan despeinado, con ese pelo negro seco y esas cejas, siempre con americana aún en agosto porque era hombre formal y comedido. Dormía y comía con nosotros y nos contaba que iría a otras guerras a contar esto que veía, a llamar la atención sobre el peligro de los totalitarismos. Realmente sabía demasiado, yo le veía las noches enteras pensando en su camastro, mirando la luna por el vano del techo entablillado, sujetando a dos manos la cincha; parecía entonces vaciar la mente en otras cosas lejanas a esta tierra. Todos nos preguntábamos qué hacía un hombre de cabeza tan fértil y compleja en un lugar tan seco y simple como aquel. Luego al tiempo, el Bernardo me dijo que una noche le había visto llorar entre las zarzas y que acercándose a él le pasó el brazo por cima de la espalda y el tipo le hablaba de Birmania. Todo aquello me parecía algo increíble….

Los días llenos

Se pasaba los días llenos intentando recordar. Damián había sido asesinado en la franja de Gaza, y antes de ese día fue matado en Jartún a cuchilladas, envenenado en un palacio veneciano, pasado a machete en el desierto de Atacama, burlado y muerto a tiros en un barrio de París, lapidado en Egipto, degollado en el Madrid del XVII, atropellado en la India por un utilitario, hecho cadáver en Katmandú por el ejercito de Mao, arrastrado en carne viva por familias de caballos mogoles a su paso y herido de muerte en el pecho en plena justa normanda a los pies de una dama de pañuelo blanco. Cada día intentaba recordar estos momentos, los sentía como la vez que pasaron, recientes y lentos, repletos de esperanza en que no se repitieran. Y con ello, ya digo, se le pasaban los días llenos en la memoria de los días en que había sido muerto.