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Se levantó fusilado y concluyó su vida. Señaló cinco puntos cardinales, a saber: norte, sur, este, oeste y la persona que le amaba. Abrió la puerta y saltó. Aunque el vacío no responde ni distingue, sí reconoció su voz y la frecuencia lenta de sus pasos. Se abandonó a él y en él encontró refugio; hablo de una manta con que dormir todas las tardes y una taza con que saludar los días repetidos. Al fin y al cabo, él andaba en busca de ilusión y de certeza. En la carta no vi rastro alguno de su llanto y, según cuentan, todos sus amigos sucumbieron. Nadie más supo del resto de su vida pese a que las personas que han dicho conocerle aparentemente se multiplican en el tiempo. Los camareros de cuatro barrios diferentes declaran haberle servido te con pastas cada tarde; los conductores de autobús le reconocen como contertulio en algún viaje; las estatuas de márfil, bronce y caliza se sienten halagadas por al menos una de sus esporádicas visitas. Su familia ha dicho recientemente que está vivo y les visita con frecuencia, sus antiguos compañeros de trabajo dicen que siempre llega tarde y los que beben con él todavía le reprochan actitudes opacas y distantes aunque pueden jurar con certeza que han estado en su presencia. Su documento nacional de identidad no ha sido revocado, no existe registro cierto sobre una defunción, cada mes se renueva su billete de transportes y cada día sobre la misma hora los vecinos oyen cómo gasta la escalera hasta la calle. Incluso yo, que escribo en esta línea, creo verle pensar en la siguiente.

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