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Por todas las veces que ella le había ayudado a levantarse; por la luz cegadora de sus ojos que calmaba el frío en el invierno y helaba el rayo de sudor en el verano; por el tiempo en que amanecía y él soñaba despertarla; por los pasos en común cuya huella el olvido no borraba; por la vida futura en que con o sin fortuna saldrían adelante; por el fulgor incandescente de su pecho ante cualquier imagen de su otra parte a la que tanto veneraba; por la noche en que decieron crecer juntos y supieron que serían viejos el uno junto al otro; por la vida y también por la muerte de los otros; por los muertos de su felicidad, aquellos a los que había amado y que le habían construido y hecho más humano; por los versos decadentes y el poema eufórico; por el libro y el cuarteto, por su rostro, por aquella sonrisa en la que el mundo se miraba: por su capacidad de mostrar la vida más allá del alma y de la fe: por el principio y el fin del sentido de las cosas que se halla justo entre sus dos cejas diminutas: por la paz de mis preocupaciones que solo puede encontrarse en su regazo; por el cielo y por la tierra y porque dibujamos cada día el horizonte; por sus manos que traducen notas que ni siquiera los autores han soñado; porque se equivoca y pide perdón; porque ama y no espera ser amada; por su pequeño cuerpo en el que se contienen las mareas y cualquier trozo de tierra que yo pueda llamar patria: por eso, creo, aquel día me convertí en el resto de su vida.

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