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Encayé en esta tierra hace apenas cinco días. No he visto rastro del Hombre en este tiempo; solo calles y avenidas y esquinazos repletos del resto de la tarde. Antes de que toda esta tierra tuviera propietarios, los pisos y mercados no existían. Nadie alquilaba apartamentos y el precio de las almas era insobornable. Los trabajos no tenían más salario que el siguiente sol y cada concepto de una nómina eran minutos sumados a la vida. Contar esta época de células y magma en el presente parece una guerra perdida de antemano.

Rambla

Midnight Rambla

Una noche salí de mi hotel en busca de nuevas sensaciones, a hablar al mundo de Melville y de algún viejo pirata. Las calles principales se llenaban de seres y de bolsas; y pequeños faros de luz ténue ocultaban la miseria de las calles secundarias. Aquí existe un lugar llamado Rambla donde todas las mentes y señales se alborotan y los jóvenes borrachos y filósofos se agolpan esperando una samosa o un kebap cuando a media madrugada el cuerpo pide combustible. Acompañado de mi amigo Gin he hablado con algunos inmigrantes cuyo testimonio y capacidad de diálogo me ha enseñado y me ha alegrado mucho. Ha abrazado a viejos y nuevos familiares y charlado de la felicidad, del sentido, del principio y del último principio, de la programación orientada a objetos y de las personas orientadas a personas. De nuevo en mi cuarto de ciudad, lejos del hotel y su moqueta, disfruto de este día como el más tierno regalo que los ojos de otro hombre han podido contemplar. Entiendo que cuando ya no esté, no quedará conciencia de esa Rambla al menos tal y yo la he comprendido, al menos tal y como lo hice en esa noche.

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