por David Criado | Jun 6, 2010 | HUMANISMO y TALENTO

Cartel promocional de It's a free world, Ken Loach, 2007
Lejos de las feroces garras de la cordura, una madre soltera decide no volver a pasarlo mal cueste lo que cueste. De nuevo Ken Loach plasma un cruel y duro reflejo de una sociedad en la que sobrevive la esclavitud, el abuso y el clasismo por encima de los principios más elementales. El guión del genial Paul Laverty nos deja entreverar el mundo gris al que muchos llaman libre; la libertad de la lucha de clases, de la selección artificial. It’s a free world (mal traducida a nuestro idioma como «En un mundo libre») es un relato duro y desgraciadamente muy real de los mecanismos y engranajes más primarios de la fallida globalización, en ningún caso cultural, en todo orden económica. En mitad de la película, la conversación de Carol y la protagonista tomando café en un bar poco después de enfrentarse a la realidad más violenta, resulta especialmente significativa: «No lo quiero, quédatelo. No todo es dinero. Esta noche podría cocinarte en mi casa buena comida polaca. ¿Te apetece venir?» «No, de verdad, Carol, no puedo, me apetecería mucho pero no me has conocido en buen momento». A cualquier alma que no haya sido perturbada se le asoma la pregunta: ¿Y cuándo es un buen momento?. Cine social para reflejar el lado asocial de nuestro tiempo: contratos basura, despersonalización, xenofobia y explotación humana. Como nos tiene acostumbrados el bueno de Kenneth, buen cine a modo de gafas contra la miopía humana.
por David Criado | May 30, 2010 | CREATIVIDAD e INNOVACIÓN

Brief interviews with hideous men, rodada en 2006 y estrenada en 2008, es una película de John Krasinski sobre la novela homónima que diez años antes escribió David Foster Wallace, afamado autor de Infinite Jest (1996) -La broma infinita- y cuyo cuerpo ahorcado fue hallado por su mujer hace menos de dos años. La película se articula en diferentes entrevistas que Sara Quinn, doctorando en la universidad de la Costa Este, realiza a varios hombres como materia base para su investigación doctoral y para comprender las conductas y comportamientos de los hombres con respecto a las mujeres. A lo largo de la trama cada uno de los entrevistados expone su propia visión de las relaciones personales. Recomiendo la película como propuesta pedagógica de tintes profundamente dramáticos para visualizar y digerir la realidad posmoderna y la personalidad sociopática frecuentemente misógina asociada a la condición masculina. Sobre la misoginia y su consumada y contumaz presencia en algunas mujeres recomiendo leer el artículo del 12 de marzo de 2002 de Sandra Russo titulado «La misógina» en el Suplemento Las 12 de Página 12.
por David Criado | May 28, 2010 | HUMANISMO y TALENTO
La palabra «indefinido» ha cobrado especial relevancia en los entornos sociales que frecuento. Desde hace años escucho esta palabra pronunciarse mucho más que «infinito» o «relevante». Parece como si aquello que virtualmente no se pudiera acotar o definir, nos tranquilizara en nuestra vida profesional al contrario de lo que ocurre en el resto de nuestra vida, donde todo aquello que es indefinido o no se ciñe a unas normas o baremos nos asusta e intimida. Realmente el hombre social firma un contrato de arras con el padre Leviatán que le mantiene unido a él como un buey que con su esfuerzo da sentido al yugo. Creo que es necesario el concepto de «trabajo» tal y como tradicionalmente y a grandes rasgos el ser humano lo ha entendido; creo que el engranaje del sistema social que nos facilita o dificulta la vida requiere de cuidados, de motores, de un mantenimiento. Sin embargo, hoy que con tanto prestigio se nos presenta la palabra «indefinido», vemos que en nuestro país cada vez pierde más valor. Tendemos a la seguridad y nos la venden y hacen tragar en los diarios pero lo cierto es que no es suficiente ni debería calmarnos. Si con una lupa inmensa contemplaramos nuestros movimientos, cual hormigas atareadas que conspiran contra el tiempo, podríamos tal vez contemplar que lo indefinido no es más que una ilusión ya en papel o en la memoria fotográfica. Tendemos a construir arquetipos y a destruirlos, somos invasivos y exiliados de nosotros mismos, herederos y desheredados de Darwin, bien analizados por Jaspers, retratados por Zweig y Galdós, Baroja y Kleist, pero aferrados a la sensación virtual de necesitar una seguridad inmediata, cercana y aparentemente tangible somos capaces de cualquier cosa, cualquier barbaridad, imaginen lo peor. Los políticos lo saben y nos utilizan para demostrar que esta teoría es cierta y se perpetua desde que dejamos de cazar y construimos casas o hicimos el fuego placentero al abrigo de una cueva. El sedentarismo merma y nubla pero ya es imprescindible. De cuando en cuando evitarlo y sobrepasar los márgenes diarios de nuestro ecosistema nos hace sentir dueños, por eso nos vamos de vacaciones o viajamos, tendemos a la evasión tras la victoria y también tras la derrota, no queremos recordar pero sí que nos recuerden. Y todo esto que digo sí es indefinido.
por David Criado | May 28, 2010 | HUMANISMO y TALENTO

Hoy, a las 8 o 9 de la noche cuando supere los escollos de mi segunda cita obligatoria, seguramente me acerque a mi antiguo colegio para ver a viejos compañeros de la escuela. Con algunos he pasado practicamente media vida pero este mes en el que se cumplen diez años desde que acabé mis estudios de enseñanza media recuerdo a muchos de ellos y he olvidado el rostro de otros tantos. Nos han citado para recordar y no tenemos obligación de aparecer para comer los canapés y el picnic rápido que hayan preparado. Sin embargo he hablado con dos de mis amigos que no han dejado de acompañarme desde entonces y parece que muchos han confirmado su asistencia. Desconectado como estoy del real time diario, sin televisión ni red social, sin escuchar la radio, me han mantenido al día de las novedades sobre la convocatoria. Creo que como costumbre es sano reencontrarse, mirar el pasado desde la distancia, sin tantos vínculos y con más prejuicios -por acumulación- de los que teníamos entonces, saber qué fue de Gerardo, ese maestro modélico que hablaba siempre en rojo para no perder la historia; qué fue de Toñi, la cocinera que cuando era muy pequeño -apenas escribía- me consolaba cuando me castigaban por no querer comer el rancho en comedor; qué ha sido deTania, esa chica inaccesible que siempre reía a carcajadas; qué pasó con Rafael, ese muchacho empollón del primer pupitre o con Mitay, mi gran amigo inseparable de quinto de EGB con el que imaginaba laberintos que al final -cómo es la vida- consiguió perderse entre los años sin que ninguno de los dos lo haya evitado.
Esta invitación a la memoria me ha hecho pensar. Del mismo modo que los seres humanos se convocan para recordar un ciclo de su vida, deberían hacerlo para emular cómo será el último día de la misma. Se trataría de celebrar un funeral en vida; aunque a la gente le asusta el final, alcanzar el último momento y superarlo, creo que festejarlo en vida es participar con el resto del gozo de haber pasado por el mundo, con penurias y alegrías, pero de haberlo hecho y haberse sentido vivo a cada paso. Sobre la eutanasia y el retiro y disfrute de los últimos días de un enfermo, hay grandes películas pero sin duda me quedo con la laureada y afortunadamente reconocida «Las invasiones bárbaras» de Denys Arcand.
Aunque no es a lo que me refiero, asumir el peso de la vida y sus implicaciones en un acto público cuando aún estás vivo me parece algo bello y circular. Asumir el hecho irremediable es algo heroico, de hecho es la heroicidad extrema. Con total sinceridad y como si el muerto en vida no estuviera presente, uno a uno todos los asistentes deben recordarle.
Esta noche acudiré al reencuentro con antiguas caras e historias de mi vida, quién sabe si en un futuro, cuando todo haya pasado y ya no me importen ni la ingeniería de software libre ni el comportamiento social ni las ideas experimentales ni muchas otras motores actuales de mi vida, me sorprenda con estas emociones. El reencuentro, en cualquier formato que queremos idear, es siempre una reconciliación recíproca entre partes que ayuda a digerir con elegancia el Todo. Al fin y al cabo, yo siempre poeta, creo que incluso en mi último estertor continuaré siendo esclavo de mi capacidad de asombro.
por David Criado | Abr 30, 2010 | HUMANISMO y TALENTO

De un tamaño realmente diminuto, este cuadro del maestro Diego de Velázquez muestra un encuentro histórico, uno de esos momentos en que el mundo se detiene para observar un mismo centro distinto de su eje. Aquí vemos a Antonio y Pablo ermitaños y su historia me merece tiempo por la cándida felicidad que rebosan los rostros en el cuadro. Quiero justificar con esta historia que se trata de una plenitud en vida y que Velázquez la llena de color captando un solo instante de los que vivió Pablo en su retiro. Todos tenemos un Retiro, cierto y escondido, parque o cueva, interior o público, acudimos a él en busca de reposo y meditando.
La historia de este personaje que junta sus manos para saludarnos desde el lienzo, es una historia dilatada en una vida, y en cierto grado es algunos de los instantes que a menudo nos acechan. Pablo el egipcio o Pablo el ermitaño es hombre santo para cristianos católicos y coptos. Sabemos de él por San Jerónimo que le llama primer ermitaño del cristianismo. Podemos decir de Pablo que provenía de una familia adinerada afincada en la Tebaida, que consiguió vivir 114 años y que es comunmente venerado por su prudencia y capacidad de abstracción. Cuando contaba con 22 años, el emperador Decio acometió una gran persecución cristiana en Egipto que intentaba restaurar el politeismo romano oficial como creencia extendida en el imperio.
Pablo permanece expectante ante los acontecimientos, prefiere relegarse a una vida doméstica, sin ser visto por nadie a tener que renegar públicamente de su creencia. No busca el enfrentamiento ni cree necesaria ningún tipo de violencia para defender estas ideas. Consigue pasar inadvertido hasta que un familiar cercano le denuncia a las autoridades y se ordena su captura. Huye al desierto con la intención de regresar y encuentra una gran cueva donde se refugia. Se alimenta de dátiles, bebe de una fuente cercana y se viste con hojas de palmera. En esa pobreza material haya cobijo moral y descanso. De cuando en cuando, un cuervo le visita y le trae medio pan con que calmar el hambre. Retirado del mundo, del colapso, decide instalarse en la cueva hasta el día de su muerte. Durante noventa años vive solo en la rutina de la contemplación, meditando y ayunando; setenta años sin contacto con la civilización; setenta años salvajes y ordenados.
No está completamente solo. Antonio Abad, refugiado del mundo en una cueva a horas de distancia, oye una voz que le sugiere emprender un viaje para encontrar a otro hombre en su misma situación. Camina durante horas hasta llegar a la cueva de Pablo que le toma por un animal salvaje al oír ruidos y cubre la entrada de su cueva con una gran piedra para guarecerse. Antonio le suplica que salga a conocerle y al hacerlo, Pablo le saluda por su nombre. El mismo cuervo que traía siempre medio pan, esa tarde viene con un pan entero para ambos. Pasan horas debatiendo quién debe tener el honor de partir el pan; ambos se consideran a sí mismos indignos del honor y deciden tirar a la vez de cada lado para dividirlo. Tras esta nimia comida, bajan a beber agua.
En la mañana del siguiente día, Pablo siente que morirá en corto tiempo y le pide a Antonio que vaya a por un manto púrpura para su mortaja. Impresionado por el conocimiento de Pablo, Antonio parte para satisfacer los deseos del anacoreta. A su vuelta se encuentra a Pablo arrodillado, mirando al cielo, sin un halo de vida que compartir con el planeta. En el año 342 de la Era Cristiana, Pablo muere en su meditación, con los brazos en cruz esperando su destino. Tras horas de lamento, Antonio duda dónde y cómo cavar la sepultura; en la oscura cueva de Pablo toda herramienta o utensilio es la pared de piedra y el suelo de arena que eran hogar, camastro y todas las posesiones del ermitaño. En ese momento se acercan dos leones que con signos de tristeza en el rostro, horadan la arena con sus garras y se marchan. Los dos años de Henry David Thoureau en los nutridos bosques de Walden, la vida de Mohandas Karaamchad en la aridez del sur de India y la inanición de Christopher McCandles en la humedad de Stampede Trail, en Alaska, han sido las vidas posteriores de aquel anciano Pablo.
(*) En su Leyenda Dorada, de mediados del s.XIII, Jacobo de Vorágine relata en latín con sumo detalle el encuentro entre los santos. Esta obra es sin duda uno de los grandes libros épicos de la historia de la literatura y uno de los intentos más logrados de difusión de la mitología cristiana. Existe una edición traducida al castellano cuya referencia anoto: Jacobo de Vorágine, La leyenda dorada. traducción directa del latín por José Manuel Macías, Madrid: Alianza Editorial, 2005, 2 vols.
(*) El cuadro San Antonio Abad y San Pablo ermitaño, de 1634, está conservado en el Museo del Prado de Madrid.