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La vida acecha. Una base de sentido sobre un lecho de lágrimas.
Amanecer como recién soñado.
Visitar el alma de los otros. Sentirte un invitado. Tomar té agradecido.
El miedo abierto a debatirme sobre un lado
invadido por el paso de mi tiempo.
Pero un cinturón de miedo no te libra del suelo de tu cuarto.
Hundir el cristal opaco de mi pecho en la amplitud de tu cornisa.
Conocer un espanto de silencio en el cielo de tus ojos.
Visitar de nuevo el alma de los otros.
Un momento de luz para seguir la vida.
Aceptar la naturaleza incontrolable,
intentar medir el centro alejado de las cosas.
Sentir la consonancia de sistemas.
Un abrigo para los días en que no sea verano
y la falta de certeza en el otoño.
Ventanas abiertas para los desangelados.
Ver a una fachada de persona y ver a una persona.
Creer con fe abrumadora que tu piel es el paisaje inconsolable.
Que en tu cuerpo descansen el resto de órganos que no fueron poemas.
Dispersar tu alma. Repartirla por todas las macetas.
Inundarla de agua y de sol.
Encontrar mil balcones donde nadie la contemple
y uno solo en el mundo donde alguien la interprete.
Ser inclusivo, vehemente, detenerse.
Mirar atrás para seguir hacia delante.
Visitar herido y habiendo sido amado,
conocer uno a uno los colores que habitaron el alma de los otros.
Visitar -insisto- el alma de los otros.
Invitar al mundo a verte y a salir de la manada.
Y después de, sobre, bajo, en medio y ante todo,
más alla de las líneas y burbujas,
no sentirse un ser creado sino ser el creador…

(la lista sigue)

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