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Cuando toda la apatía estaba contenida en ese cuarto, Damián escrutaba el campo de tejados. Se siguió sintiendo solo a pesar de los paseos por la calle, entre una lengua uniforme de gente que ignoraba su dolor. Recorría mentalmente la ciudad hasta el gran río y esperaba a veces desde el cerro, la respuesta en las luces de las casas. Se siguió sintiendo vacío hasta el día de su muerte. Todas las mañanas recordaba a Andrés, el tiempo en el que despertaban juntos y los desayunos perfectos de los últimos cuarenta años. Se sentaba en una silla y durante horas contemplaba la pared, memorizaba la frecuencia de sonidos del refrigerador, el latido discontinuo de los fusibles por encima de la puerta. No le echaba de menos; la realidad es que después de muerto aún le amaba. A pesar de las heridas causadas por los otros; quizás por todo ello. Tejía un recuerdo de momentos y de gestos casi siempre absorto imaginando su calor. Planeaba posibles escapadas donde pudieran encontrarse, puntos sobre el mapa de la Tierra donde proyectar sus estados diferentes. Mesaba el corto pelo de Andrés, lo tocaba con la punta de los dedos hasta entender el sentido de la vida, se dirigía luego a sus labios y encontraba la paz del mundo que naciones enteras no encontraron. No disfrutaba de los días si al acabar la tarde no abría el cajón en busca de su fotografía.

Su soledad se alimentó de un nuevo dolor incontenible. Peor que la incomprensión de su amor en vida por parte de la mayoría; fue la incomprensión de su amor tras la muerte por parte de la minoría que restaba. Tras un año, dejó de hablar a la poca gente que no paraba de animarle, de llamarle para hablar sobre el mundo y sus seis mil millones de personas. Se encerró en su casa; iba a la compra cada martes y siempre pasaba por el primer hostal donde durmieron juntos. Nadie entendió que este comportamiento se prolongara durante diez años hasta la mañana de julio en que su cuerpo cayó rendido contra el piso. Decían que no se había recuperado del espanto, que no se había adaptado a una nueva vida ni había aceptado la muerte de Andrés hacía años. Cuando me contaron la historia, no les supe entender y sentí asco. Intenté explicarles el verdadero dolor de su conciencia, el compromiso que mantiene la vigilia de los hombres a pesar del tiempo y de la historia. Tuve que aguantar las risas de la gente que dice que nunca piso el suelo, de hombres que han perdido la esperanza; me tuve que morder los labios para no hacerles llorar por su desgracia. ¿Nueva vida? – les dije con desprecio mientras me levantaba- Por lo que yo se Damián solo tuvo una vida y una sola persona que alcanzó a comprenderla. Si no sois capaces de digerir ese dolor, no creo estar capacitado para hablaros.

Han pasado cinco años y no salgo de casa, frecuentemente contemplo las paredes, fijo mi vista en un punto perdido, concreto y no olvidado. Estoy solo y hago de esta soledad la única muralla de conciencia con la que poder protegerme de los bárbaros. Soy el único guardián en vida que custodia la conciencia de aquel dolor y su sentido, el valor de dos vidas cuyo centro en otro tiempo fue el amor. Entiendo que olvidar siempre ha sido algo moderno; que a mi muerte a nadie le molestará que ninguno de los tres haya vivido. Asumo que esta historia morirá aislada, tal vez en un rincón de una vida cotidiana. A pesar de los continuos asedios y embestidas, aún entonces, y quizá más recia todavía, esta muralla de soledad que es el último reducto del amor, seguirá infranqueable.

Porque cada amor incomprendido por la otra o el resto de personas, es siempre el último reducto del amor…

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