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«Me lo decía mi abuelito, / me lo decía mi papá, / me lo dijeron muchas veces / y lo olvidaba muchas más.

Trabaja niño no te pienses / que sin dinero vivirás. / Junta el esfuerzo y el ahorro / ábrete paso ya verás,
como la vida te depara / buenos momentos. / Te alzarás / sobre los pobres y mezquinos / que no han sabido descollar.

Me lo decía mi abuelito, / me lo decía mi papá, / me lo dijeron muchas veces / y lo olvidaba muchas más.

La vida es lucha despiadada / nadie te ayuda, así no más, / y si tú solo no adelantas, / te irán dejando atrás, atrás.
¡Anda muchacho y dale duro! / La tierra toda, el sol y el mar, / son para aquellos que han sabido, / sentarse sobre los demás.

Me lo decía mi abuelito, / me lo decía mi papá, / me lo dijeron tantas veces / y lo he olvidado siempre más.»


 

maestro José Agustín Goytisolo, (Hombre de provecho,1968)

 
 

Hay un momento en el que todas las renuncias que hice adquieren sentido. Las noches que leí, los días que estudié, las mañana en las que madrugué para alimentar mi experiencia. Todo se vuelve de repente evocador y cristalino. Desaparecen de golpe los miedos que enfrenté año tras año en la más solitaria intimidad. Se desvanecen los fantasmas como por arte de magia. Las decisiones difíciles no pesan. Se vuelve dulce la amargura de las vidas cómodas que dejé pasar. En ese justo instante apenas perceptible para el resto, todos esos esfuerzos inconexos adquieren de repente la forma de una historia que me ha traído hasta aquí. Hasta esta sala en un día soleado con estas personas que me quieren escuchar. Los golpes, las flechas y las balas que trataron de alcanzarme se pierden. Las enfermedades y las heridas se disipan. Los grandes gigantes que vencí se hacen ruinas.

Solo existe este grupo de personas. Cada una de ellas esconde y protege una historia que lucha por salir. Esperan de mi todo aquello que creen que puedo darles. No imaginan que todo lo bueno saldrá de ellos. Así que permanecen en silencio y me miran. Pulsan el ambiente, intuyen el pánico, perciben la expectación. Es un día cualquiera entre semana. Impulsado por una tranquilidad de siglos, ahogo sus prisas. Anoche me acosté pronto. Me he levantado a las 4 y media de la mañana para leer, tal vez para tener tiempo antes de coger el tren. He tomado notas y repasado apuntes. Mi despacho brillaba iluminado en mitad de una ciudad que duerme.

Tengo una misión en esta vida. Le he dedicado miles de quilómetros y el trabajo duro de dos décadas. A veces me siento cansado, y a menudo viendo el mundo siento que todo se derrumba. ¿Por qué seguir insistiendo? os podéis preguntar. Porque lo que hago es lo correcto, porque es algo que todo el mundo necesita y porque he nacido para ello. Por eso, solo por eso, he rechazado suculentas oportunidades de trabajo, he renunciado a proyectos y clientes, me enfrento a diario a los malos, y pago siempre con gusto un elevado precio por ser la referencia moral y profesional a la que todos cuantos me conocen aspiran. Tengo mucho que agradecer y mucho por lo que pedir disculpas, pero no recuerdo nada de todo lo que hice que pueda o deba avergonzarme.

Todo cuanto hago aspira a ser revelador, bello y consecuente. Trabajo para que ninguna persona tenga que esperar al final de su jornada laboral para sentirse viva. Y al menos mientras soy y estoy entre vosotros, lo consigo. En el peor de los casos, las personas que tengo ante mí vivirán por unas horas algo extraordinario. En el mejor de los casos, cuando yo me vaya mantendrán viva la llama que ellos mismos se atrevieron a encender. De modo que disfrutemos de una maravillosa conversación. Dejemos que afuera el mundo se derrita y se multipliquen los problemas, mientras aquí dentro nosotros trabajamos para resolverlos. Centrémonos escucharnos y entendernos, en ser la esperanza que cada uno necesita. Hagámoslo porque todo cuanto habéis logrado en vuestras vida lo merece, y todo cuanto podéis lograr juntos en el tiempo que compartís marcará desde hoy y por completo la diferencia.

 

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