
«Bendito aquel que no teniendo nada que decir, se abstiene de hablar para demostrarlo«
Impressions of Theophrastus Such, cap. IV, Mary Ann Evans, conocida como George Eliot (1879)
Hay algo que para mí comenzó siendo una sensación, luego comprobé que era un hecho y se ha convertido en una certeza. Ocupa gran parte de todas mis horas de reflexión e influye enormemente en mi enfoque de trabajo con empresas. Le dedico a ello largas conversaciones y tardes y noches de escritura. Está de alguna forma en todo lo que hago, y supongo que si sueles leer lo que hago, te habrás dado cuenta de ello.
Hoy hablo de la inmensa falta de profundidad del pensamiento empresarial. No solo lo veo en los desnortados congresos empresariales, en la falta de honestidad y sinceridad de los foros profesionales de empresas, o en los podcasts simplistas que proliferan hoy en día. Es algo que forma parte de la genética fundadora del management. A poco que uno haya tenido una educación ilustrada y tenga una mirada del mundo enriquecida por lecturas de todo tipo, ocurre algo que aún hoy me sigue fascinando: Si uno lee uno a uno los libros del cánon histórico del management -ese listado de libros prescriptivos sobre dirección, gestión, innovación, estrategia, etc… que todo directivo ha tomado hasta hoy como referencia- se da cuenta de la inmensa cantidad de reducciones al absurdo, sesgos y simplificaciones absolutas de la realidad que allí se comparten.
Durante al menos 8 décadas se diría que el pensamiento empresarial se ha reducido a una colección de eslóganes empobrecedores, atajos rápidos para parchear la realidad, lugares comunes y trucos de prestidigitador que han alimentado programas ejecutivos y escuelas de negocio de forma altamente rentable. No existe, o al menos no he visto en los grandes autores del management salvando muy pocos casos, ni un ápice de ambición moral, muy poca humildad, ni una pizca de conciencia real de la inmensa complejidad interdependiente del mundo moderno, y apenas muy poca altura intelectual. En buena medida no se entendería la emergencia en las redes de los nuevos personajillos emprendededores (altamente egoístas, cínicos y descreídos) sin un progresivo desgaste del discurso del management hasta quedarse en una retahíla de soflamas y propagandas.
El problema viene de lejos y el perfil del creador de pensamiento empresarial influye. Cuando se trata de empresarios exitosos que escriben libros, a menudo son personas que ignoran que además de su increíble esfuerzo y su admirable creatividad pionera, han tenido mucha suerte y han sido beneficiarios de un contexto social, laboral o histórico concreto. Cuando se trata de teóricos, diré que el escritor de libros de management suele ser un tipo que vive en el universo anglosajón sin otra comprensión del goce de la vida que producir siempre un poco más o disfrutar de un día de lluvia. Milita en un utilitarismo inmediatoplacista constante y cuando se sale de él para hablar de estrategia y elevar la mirada más allá de la tarea, lo hace de forma autojustificativa y con la boca pequeña.
Prueba del enorme vacío antropológico, moral y filosófico que representa la literatura del management es la inexistente evolución de sus ideas desde su primera formulación temprana. Es algo que hace ahora muchos años dejé por escrito pero que recurrentemente se confirma: el management ha sido y es una máquina ideológica perfectamente engrasada para generar inercia, y para fagocitar propuestas de cambio que acaban contribuyendo a aumentar esa misma inercia. Por así decirlo, el pensamiento empresarial que todos hemos conocido hasta hoy es el mayor enemigo actual del pensamiento crítico, la complejidad y la conformación de criterio. En todo cuanto ando escribiendo para ser publicado, subyace esta pregunta: ¿Qué sería del pensamiento empresarial si en lugar de un yakee o un inglés lo pensara un habitante del Mediterráneo o un verdadero cristiano? A la segunda cosa hemos tenido ya respuestas de sobra conocidas por todos, y a la primera ando respondiendo en uno de mis libros.
En otro orden de cosas, el pensamiento empresarial -que ya era íntimamente superficial desde sus inicios pero que tenía una vocación sincera de servicio- se ha visto reducido en las últimas décadas a listados de herramientas y trucos con los que capear el temporal. La estrategia -no dejo de decirlo últimamente- ha dado paso al tacticismo, y las empresas -incluidas o sobre todo las grandes corporaciones- andan enormente perdidas en medio de un caos que han generado en buena medida a base de una competitividad sin límites reales. Hablo del paso de un pensamiento empresarial que era superficial pero tenía una vocación civilizatoria (crear sociedades de bienestar y clases medias) a un pensamiento empresarial que cada vez es más parasitario y que vive un agotamiento evidente de las ideas. El 90% de libros de management actuales son colecciones escritas de reels de tiktok barnizadas de egolatría y vana pretensión. Por suerte el felicismo motivador de los conferenciantes y gurús de pacotilla con página web y columna dominical, el lavado de conciencias del coaching, o las mentiras de las metodologías milagrosas, creo que poco a poco están dando paso a planteamientos más humildes. Pese a ello reconozco que no veo alternativas decentes y viables a esta superficialidad masiva en los planteamientos de muchos de mis compañeros de gremio.
Todo esto está genial, pero ¿Entonces por qué ha triunfado toda esta burbuja del management? Mi respuesta es que en determinado contexto histórico era una burbuja necesaria. El pensamiento empresarial ha sido útil para generar sociedades de masas, para multiplicar exponencialmente los bienes materiales y para generar un crecimiento económico casi constante que solo ha estado salpicado por crisis periódicas dentro del marco dialéctico del capitalismo global de mercado. Sin embargo su origen y sesgo claramente anglosajones han condicionado su propia capacidad de evolución. Veámoslo.
Suelo distinguir tres fases. El management tiene su origen ontológico en la rapiña y el bandidaje, en trileros, tramposos, corsarios y piratas, en una subcultura de buscadores de oro y asaltadores de diligencia, y en la sistemática virtuosa de promotores de la libertad que eran esclavistas. La ideología del management se formula en la época de grandes barones que acaparan inmensas fortunas pero contribuyen al desarrollo admirable de negocios, fábricas, ciudades, sociedades y países. Y por último, el pensamiento empresarial se sublima y entroniza en forma de best-sellers de la mano de los mecanismos de estudio del comportamiento humano que surgen en la segunda posguerra mundial y que partiendo de la psicología acaban en la abierta modificación de la conducta y la directa o encubierta publicidad. Durante todas estas décadas, el pensamiento empresarial se ha contagiado por tanto de las principales corrientes y disciplinas de la superficialidad, y ha evolucionado hasta el actual sindiós prescriptivo en forma de metodologías huecas, catálogos de frases hechas y falsos héroes de la profecía autocumplida.
Como última reflexión, diré que la superficialidad del pensamiento empresarial era algo útil de lo que todos participábamos cuando el sistema de premios y recompensas y la cultura del esfuerzo funcionaba medianamente, cuando todavía se podía invocar a una pragmática justicia meritocrática, o cuando en el mundo existían aún referentes y líderes fuertes y sensatos a los que acudir. Sin embargo, la posmodernidad ha hecho mella. Hoy sabemos que la multiplicación de bienes materiales no daba bienestar, que trabajar y cumplir las normas lleva al menos tres décadas sin ser sinónimo de desarrollo -ni digamos ya de éxito, y que la economía parasitaria se abre paso para devorar desde dentro las últimas ruinas del Estado de Bienesar. En este contexto, digo, leer a los grandes capos del management se hace duro, parece incluso que intragable. Los salarios llevan décadas estancados, el invierno demográfico se aproxima, los fantasmas de la ruptura del orden social se multiplican, y se disipan a pasos agigantados las fórmulas institucionales y jurídicas que costó tantos siglos conquistar. La larga sombra de la segunda y la tercera Modernidad (la francesa y la inglesa) también empieza a ser visible: Resulta que el individualismo antropológico tenía consecuencias, que la libertad negativa podía ser la base moral de infinitas tiranías diarias, o que el comercio mal entendido -desde hace 50 años lo sabemos pero justo ahora lo vemos cada día en el telediario- podía pretender subvertir al estado como arbitro social.
No somos más estúpidos hoy que antes solo porque hayamos dejado de leer, vivamos distraídos o no seamos capaces de articular alternativas serias ante la enorme inercia sistémica. Somos más estúpidos que antes porque la superficialidad del pensamiento empresarial, ese reduccionismo de todo a la rentabilidad absoluta y la eficiencia, ha conlonizado y secuestrado nuestras vidas. Por eso hay quienes reclamamos hoy la utilidad de lo inmediatamente inútil. Por eso en esta época de continuos desencantos, en este tiempo de transición y clara decadencia cultural, tenemos una responsabilidad. Somos garantes de un nuevo ciclo en la historia del pensamiento empresarial, una etapa en la que verdaderamente abandonemos el raquitismo intelectual de los poetas de la hoja excel, y abracemos la ambición moral de quienes han construido monumentos, ideas, gramáticas, tecnologías y civilizaciones. Las nuevas generaciones tienen el deber de recuperar la ilusión por la vida, de recordar lo continuo y eterno de la condición humana, de honrar un legado extraordinario de experiencias, reflexiones y testimonios de nuestra humanidad.
Como sabéis ando planteando alternativas y trabajándolas con equipos directivos. Una de ellas, poco ambiciosa pero necesaria, la escribí hace poco por aquí y aquí la rescato. En realidad, todo cuanto hago desde hace años es tratar de salirme de ese marco tan ceñido que plantea el canon del management, visitar y provocar otras ideas y lenguajes, y sobre todo ilustrar a grandes decisores para que sean capaces de gobernar empresas honestas. Todo ello desde mi lealtad a los clásicos y a la cultura de la humanidad. Nada más y nada menos, amigo/a.
Espero que el artículo te haya resultado útil. Nos vemos en tu empresa.
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