por David Criado | Abr 19, 2010 | CREATIVIDAD e INNOVACIÓN
El lunes partida en Finnair a las cuatro de la mañana empollando hindi en el avión. Destino Delhi con trece millones de habitantes. Mentada por primera vez hace dos mil seiscientos años en el Mahábharata como lugar donde vivían los cinco hermanos conocidos descendientes del rey Pandú, incluido el héroe Arjuna al que tantas veces he admirado, el gran hijo fiel y leal de Indra, un dios principal temeroso, con un harén de putas, rezagado y envidioso. A pesar de que tenía la ilusión de encontrar la ciudad pérdida de más de tres mil años, me conformo con ver Jama Masjid y Qila Rai Pitora, el sueño de los Chauhan en el siglo XII. Delhi está desencantada por los coches y el ruido constante pero nos entendemos bien, gran parte de la gente que me habla lo hace en inglés. He pensado en ir a Jaipur pero mi sueño es llegar a Agra y luego bajar a Varanasi; puede que vuelva a la ciudad rosa a la vuelta. Repaso el plano en la pensión; el dueño no hace reverencia cuando le pido luz y extiende la mano buscando el latón de pocas rupias. Me meto y respondo a los correos. A la noche paseo con fruición por Delhi recordando que fue agasajada por imperios y olvidada por todos los británicos.
El cuarto día lo paso viajando en un turbio tren atestado de hermanos, viendo a los ascetas caminar a pie de un lugar a otro buscando su interior en otra vida. El tiempo no pasa y todo parece detenido. Varanasi fue lugar sagrado, centro espiritual y comercial; cuna quebrada del alma y del dinero de esta parte del mundo hace ya siglos. Quiero bajar por alguno de los cien ghats hasta el gran río. Mi idea es bañarme en calzoncillos, entiendo que no seré arrestado. Cuando quiero darme cuenta, se detiene el treb. Paramos media hora creo que por una vaca tendida en medio de la vía. A la hora estamos en Agra, gran ciudad mogola; oigo hablar al Templo Rojo y miles de turistas atestan el Mahal. La entrada a Agra es desoladora, una contaminación brutal te impide ver el fin. Cansado por el viaje, espero ansioso ver la tumba de la Joya del Palacio, quiero prescindir de guías y compro algo de comida algo cara para los que somos extranjeros de este mundo.
Al entrar al recinto siento que la historia se ríe de todos los que creen ser algo, de todos los que me han dañado y amado en mi alejado continente. Llevo años esperando este momento, he pasado meses en pie sin alcanzar un sueño tranquilo ni el descanso. Todos los que creen en el honor, en una casa o un coche más grande, en el fin y no en los medios, todos los que visitan este templo como algo más en un viaje por el mundo, se quedan a las puertas de ver con nitidez esta belleza. Aquí, en el rincón interior en que me encuentro, hablando con los jardines que humedecen mi poema, recito de memoria la secuencia que escribí hace casi quince años. La recito como un rezo, esperando una respuesta. Sonrío a Jahan y pienso que él lo consideraría un tiempo breve. Expoliado y nacido en la llanura, el Taj Mahal es un gran Corán con paredes y techos infinitos, es un sueño de cuarenta mil manos amputadas trabajando en un sagrado compromiso; en conjunto es un concepto, en concreto es todo lo que se puede entender por el amor. Nueve iwanes y el brillo inmortal del mármol blanco me iluminan. Al girarme veo al fin edificios de piedra roja que me recuerdan que estoy vivo. Pienso en no moverme y no lo hago. Tras más de tres horas sentado en el blanco, no puedo antender qué me pudo preocupar en Madrid, qué problemas -si tenía- no me dejaban seguir hacia delante. Busco un sitio en la ciudad y al fin descanso. Hoy recorreré Agra y compraré unas sandalias; lavaré la ropa y seguiré a Varanasi, detrás está Kanpur.
por David Criado | Abr 19, 2010 | CREATIVIDAD e INNOVACIÓN
Ya he colgado el gran corto en la pared del dormitorio. Es una sentencia larga que ha viajado desde Egipto, desde más allá del Bajo Nilo. Soy acompañado por Anubis, muy educado, no me da nunca la espalda. Al llegar a la balanza, Ammit me observa con rigor y con desprecio, Thot escribe sobre el paso, Dios y sus 42 secuaces observan la roadmovie. Tengo miedo, la pluma de Maat es muy delgada y mis 21 gramos supongo que no darán la talla. No veo a Horus y su padre se impacienta; aún así estoy tranquilo.
por David Criado | Abr 19, 2010 | CREATIVIDAD e INNOVACIÓN
«What did you learn in school today, dear little boy of mine?
I learned that Washington never told a lie
I learned that soldiers seldom die
I learned that everybody’s free
That’s what the teacher said to me
And that’s what I learned in school today
That’s what I learned in school
What did you learn in school today, dear little boy of mine?
I learned that policemen are my friends
I learned that justice never ends
I learned that murderers die for their crimes
Even if we make a mistake sometimes
And that’s what I learned in school today
That’s what I learned in school
What did you learn in school today, dear little boy of mine?
I learned that war is not so bad
I learned about the great ones we have had
We fought in Germany and in France
And someday I might get my chance
And that’s what I learned in school today
That’s what I learned in school
What did you learn in school today, dear little boy of mine?
I learned that our government must be strong
It’s always right and never wrong
Our leaders are the finest men
So we elect them again and again
And that’s what I learned in school today
That’s what I learned in school»
por David Criado | Abr 19, 2010 | CREATIVIDAD e INNOVACIÓN
«El dinero no lo es todo, pero mucho dinero es ya otra cosa.
El cristianismo podría ser bueno si alguien intentara practicarlo.
No hay ninguna satisfacción en ahorcar a un hombre que no se oponga a ello.»
por David Criado | Abr 19, 2010 | CREATIVIDAD e INNOVACIÓN
«Pero en todo hombre superior, y más especialmente si es de espíritu creador, se encuentra una inquietud que le hace marchar siempre hacia adelante, descontento de su trabajo. Esta inquietud mora en todo «corazón elevado que se atormenta» (Dostoievsky); es como un espíritu inquieto que se extiende sobre el propio ser como un anhelo hacia el Cosmos. Todo cuanto nos eleva por encima de nosotros mismos, de nuestros intereses personales y nos lleva, llenos de inquietud, hacia interrogaciones peligrosas, lo hemos de agradecer a esa porción demoníaca que todos llevamos dentro. Pero ese demonio interior que nos eleva es una fuerza amiga en tanto que logramos dominarlo; su peligro empieza cuando la tensión que desarrolla se convierte en una hipertensión, en una exaltación; es decir, cuando el alma se precipita dentro del torbellino volcánico del demonio, porque ese demonio no puede alcanzar su propio elemento, que es la inmensidad, sino destruyendo todo lo finito, todo lo terrenal, y así el cuerpo que lo encierra se dilata primero, pero acaba por estallar por la presión interior. Por eso se apodera de los hombres que no saben domarlo a tiempo y llena primero las naturalezas demoníacas de terrible inquietud; después, con sus manos poderosísimas, les arranca la voluntad, y así ellos, arrastrados como un buque sin timón, se precipitan contra los arrecifes de la fatalidad. Siempre es la inquietud el primer síntoma de ese poder del demonio; inquietud en la sangre, inquietud en los nervios, inquietud en el espíritu. (Por eso se llama demonios a esas mujeres fatales que llevan en sí la perdición y la intranquilidad.) Alrededor del poseso sopla siempre un viento peligroso de tormenta, y por encima de él se cierne un siniestro cielo, tempestuoso, trágico, fatal.
Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica. Muchos son los que sucumben a esos abrazos ardientes ‑como la mujer al hombre‑; se entregan a esa fuerza poderosa, se sienten penetrar, llenos de felicidad, para ser inundados del licor fecundante. Otros lo dominan con su voluntad de hombre, y a veces ese abrazo de amorosa lucha se prolonga durante toda la vida. Ahora bien, en el artista, esa lucha heroica y grandiosa se hace visible, por decirlo así, en él y en su obra; y, en lo que crea, está viva y palpitante, llena de cálido aliento, la sensual vibración de esa noche de bodas de su alma con el eterno seductor.»
Stefan Zweig