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Conversar o mantener unido el universo

Conversar o mantener unido el universo


 

«El apartamento de abajo tenía el único balcón de la casa.
Vi a una chica de pie en él, completamente sumergida en el crepúsculo otoñal.
No hacía nada que yo pudiera ver salvo estar allí de pie,
apoyada en la barandilla del balcón, manteniendo unido el universo»

maestro J.D. Salinger, A girl I knew, 1948

 
 

A menudo basta con estar. Es suficiente con limitarse a observar y permanecer presente. Alguien sufre y le dejas lamentarse. Alguien disfruta y le ves celebrarlo. Alguien habla y le ayudas a escucharse. Las palabras entonces se convierten en sentido. Eres testigo para poder testificar. Dejas de poner o pagar precios para poder apreciar. Y como nada significativo nace de la fuerza, brota de cuando en cuando el silencio para domar el ruido. Se diría que el mundo se detiene y que el tiempo -suspendido- se dilata. No es que todo pase lento o rápido, es que parece como si no pasara nada mientras ocurre todo a la vez. Notas cómo alguien que parecía cerrado te da la bienvenida, y alguien que parecía abierto se cierra. Pero tú eres uno con la calma y en cada frase se relajan las tensiones y todo empieza a fluir.

La clave reside en no necesitar que pase algo diferente a lo que ocurre. Aceptar que uno tiene voluntades y deseos pero que en este momento y lugar no son útiles. Cada una de tus palabras subraya la importancia del otro. Dedicas todos tus esfuerzos a hacer que se explaye y no que se limite. Hablas para entenderle. Escuchas para hacerte entender. Asistes a un intercambio de miradas e ideas del que no eres solo una parte sino el observador de todo. Te ves estando con el otro para poder ser en común.

Una buena conversación es un dulce instante prolongado. En ella nadie vence ni pierde por completo. Las personas se reconocen mortales y semejantes  entre sí. A menudo no comparten premisas ni conclusiones pero se ven recorriendo juntos un mismo viaje de luces y de sombras. Y aquellos que les observan lo ven. Quienes asisten a esa enorme proeza se saben parte de ella en la distancia. Porque se identifican con el esfuerzo mutuo de querer comprender. Ven a otros buscar lo que ellos buscan. Tocan con la yema de sus ojos y huelen con sus oídos que lo que está pasando es verdad. Su sonrisa delata que aquello merece la pena pero sobre todo merece su alegría.

 

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Compromiso con la realidad

Compromiso con la realidad


 

«El antiintelectualismo ha sido esa constante que ha ido permeando nuestra vida
política y cultural,
amparado por la falsa premisa de que Democracia
quiere decir que
mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento.»

maestro Isaac Asimov, 21/01/1980

 

Defiendo la necesidad continua e imperiosa de vivir con los pies sobre la tierra. Defiendo una realidad incómoda y difícil en la que no negar la verdad para poder seguir con tu vida. Defiendo el mundo real, ese que va más allá de todo lo que damos por supuesto. Defiendo la obligación de mancharme, el gozo de reconocer que existen los matices, que tienes espacio y tiempo para los errores. Defiendo una realidad imperfecta sobre la que aprender y de la que no necesites huir continuamente. Defiendo una vida significativa en la que no existir negando la condición humana ni la biología, una vida basada en disfrutar la belleza de lo evidente pero también en construir la esperanza de un horizonte futuro. Una vida con un mar de posibilidades y un cielo sobre nuestras cabezas pero con los pies en la tierra.

Una de las características que mejor define nuestra época es nuestra alergia a la realidad, o si se prefiere nuestra elevada militancia en la ficción. Nos encanta evadirnos de la realidad, vivimos a diario para no ejercer nuestra responsabilidad respecto a lo que somos, hacemos o promovemos con nuestras ideas, acciones y comportamientos. Denomino ficción al proceso de negar o huir de la realidad con el ánimo consciente o inconsciente de inventar, promover, comprar o vender ideas, relaciones o métodos que se basan en premisas completamente irreales pero que nos proporcionan altas dosis de autoengaño y una falsa tranquilidad eventual. Hay ejemplos por doquier de esto que digo: Los intangibles se han convertido en los valores más determinantes del mercado, el ser aspiracional como sujeto de consumo sustituye al ser real como sujeto de soberanía, y el individuo solipsista y profético desbanca el poder motor que tradicionalmente ostentaba el colectivo.

Buscamos sentido en el camino fácil y despreciamos con indiferencia el esfuerzo fundado en afrontar lo difícil. Depositamos nuestra fe ciega en relatos, narrativas, métodos o modelos milagrosos que vienen a ejercer de atajos sobre los que apuntalar nuestra esperanza. Aunque esta burbuja de ficción no es exclusiva de nuestra época y proviene de un largo decantado milenario de símbolos, mitos y creencias habilitantes, me atrevo a decir que la ficción se ha convertido en el centro de los actuales sistemas relacionales y operativos. En otras palabras, aquellos que dominan la creación de ficciones supuestamente redentoras son hoy mucho más determinantes que nunca.

Esta militancia acrítica en la ficción podría denominarse LA IDEOLOGÍA TOTALITARIA DE LA POSMODERNIDAD, y es hoy común a personas de cualquier signo, clase o identidad político, religioso o social. Estos son sus elementos característicos:

La pérdida del sentido contextual de lo humano en relación a su entorno a tres niveles de alienación progresivos: distanciamiento de los ciclos y comportamientos naturales, pérdida de las lógicas de relación asociadas a la dinámica de las tradiciones culturales, y desconocimiento de nuestra posición temporal en relación a la larga historia de la humanidad. Nuestro distanciamiento con la naturaleza aumenta a pasos agigantados al mismo tiempo que los ciclos naturales se revelan contra una explotación intensiva de sus medios que lleva décadas siendo inasumible. El multiculturalismo o el interculturalismo han logrado que la enorme mayoría de personas desconozcan las tradiciones culturales de las que provienen y que les permiten disfrutar hoy de ciertos privilegios y derechos que consecuentemente dilapidan. Por extensión el común de los mortales desconoce su lugar en la Historia y la obligada humildad que deberían tener sus ambiciones en relación al legado de siglos o milenios que tiene la obligación de atesorar. Este adanismo conductual es como una tabula rasa, como un cráneo vacío sobre el verter todo tipo de ideas, conductas o sentimientos sin sentido del espacio, el tiempo, o las dinámicas culturales o biológicas. Aislado en su mundo individualista, el ser humano sin contexto pierde su dignidad.

El triunfo de lo novedoso y efímero sobre lo permanente y continuo. Algunos conceptos son un buen testimonio de esta época: Futilidad pasajera, evanescencia emocional, aceleración vital, ambigüedad expositiva, tolerancia relativista, seducción cautivadora. Hablo en otras palabras del encumbramiento de lo inconsistente y lo débil en detrimento de lo duradero y lo sólido. Hablo de perder cierta filosofía sapiencial y sentido común útiles para la vida diaria, para sustituirlos por declaraciones performativas. Hablo de una existencia estética que nubla, eclipsa y sitúa en la periferia a las distintas posibilidades de existencia ética. Una novolatría posmoderna que convierte todo lo nuevo en ley de vida, y todo lo antiguo en perecedero. Un culto a lo efímero que colecciona instantes en archivos digitales que nadie visita tras unas horas almacenando pasados que nunca fueron presentes. El inconsciente individual a lomos de la estupidez colectiva.

El culto a la ignorancia del solucionismo simplista que en lugar de invitarnos a pensar y educarnos para establecer conclusiones, concluye por nosotros y nos sitúa como consumidores de conclusiones de otros. Y en esto incluyo a todo metodologista profético, a cualquiera de los escapismos tecnológicos acríticos a los que nos entregamos, a todos los creadores cansinos de certificaciones y a cualquier político, autor o prescriptor de opinión que presenta la realidad de forma prístina y cristalina. Los escépticos no venden pero los vendedores de inercia obtienen pingües beneficios. Hoy es culturalmente más beneficioso divulgar una mentira basada en una verdad profundamente incompleta, que trabajar activamente para explorar de forma humilde y no definitiva la Verdad. Hablo de la pérdida progresiva de criterio propio y el sentido del esfuerzo, pero igualmente del abandono de la búsqueda de la Verdad a través de la Razón o la Ciencia y el regreso del providencialismo esta vez no en la forma de religiones colectivas aglutinadoras y habilitantes, sino más bien en la apariencia de narrativas voluntaristas. Esto está ampliamente relacionado con el deterioro del sentido de la educación en nuestras sociedades que ha ido de la mano de una vulgarización progresiva de las estructuras y sistemas educativos que estaban basados en la excelencia.

El triunfo del deseo ansioso sobre la tranquilidad de espíritu. Desde una comprensión ansiosa y apegada del mundo, solo se puede lograr frustración o enfermedad. Los constructivistas estarían encantados de la actual hegemonía del deseo como motor de las decisiones humanas. Prueba de ello es que el arco atencional de las personas que tienen capacidad de poder y decisión hoy en día se reduce a lecturas, visualizaciones o conversaciones reduccionistas y llenas del deseo de autojustificación. Aún a pesar de que la mayoría de la población tiene acceso universal a ingentes cantidades de conocimiento, las personas no están educadas para la inquietud y el cuestionamiento sino para la militancia. Decía Thomas Sowell que «cuando la gente quiere lo imposible, solo los mentirosos pueden satisfacerlos, y solo a corto plazo.» Nuestro deseo ansioso no solamente ha dejado de ser regulado por las instituciones públicas o privadas, sino que es alimentado y multiplicado por la inmensa mayoría de ellas.

Contra esta tendencia mayoritaria a la militancia irresponsable en la ficción, promuevo a diario el compromiso consecuente con la realidad.

¿Qué es el COMPROMISO CON LA REALIDAD? Yo lo entiendo de acuerdo a estos principios:

  • La aceptación de la imperfección humana como base para el cuestionamiento y la exploración individual de caminos de perfeccionamiento. No podemos ser 100% coherentes o virtuosos pero sí 100% consecuentes y honorables. El ser humano no es un individuo angélico exento de mierda, sino que es a la vez su propio paraíso y su infierno, y cualquier visión que trate de esconder ambas caras de la misma moneda, es tramposa y amoral.
  • La búsqueda continua e infinita de una verdad compleja y poliédrica a la que no debemos renunciar a comprender aunque nunca logremos a comprenderla por completo. La realidad no es tan sencilla como nos la pintan, y tampoco su complejidad es excusa para que caigamos en un relativismo moral o una tolerancia performativa que nos sitúan en la indefensión o la decadencia. La verdad se explora y se busca, y se afirma de forma eventual hasta que se demuestre lo contrario tal y como nos enseñó el método científico.
  • La asunción de una humildad universal que nos ubica como seres temporales en un espacio concreto del que somos responsables y herederos. Esto supone la batalla continua contra la estandarización y empobrecimiento de la cultura y el comportamiento humanos. Esto implica también la aceptación del conflicto y la dialéctica relacional como medios de aprendizaje y maduración individuales y colectivos. Por último la asunción de una humildad universal regula nuestros continuos comportamientos egoicos y supone una defensa de un agnosticismo esperanzado y situado que nos sabe ampliamente capaces de grandes logros y progresos, pero a la vez nos impide -por sensatez y conocimiento- ser deterministas o taxativos respecto a lo humano, lo natural o lo social. Esto incluye la aceptación de una espiritualidad real fuera de la lógica, y a la vez implica reconocer constantemente que no se sabe de todo y no se comprende todo, renunciando a la necesidad adictiva de teorías totalizantes, salvíficas o redentoras.
  • El respeto a la reflexión argumental, el conocimiento contrastado por pares, el método científico y la academia como formas continuas de contacto testado con la realidad y estructuras colectivas directas e indirectas de generación de verdad eventual útil para la mejora de la experiencia humana y su relación con el entorno al que pertenece. Este compromiso por supuesto supone la batalla contra todo tipo de atajos y simplificaciones panfletarias que conviertan la enorme riqueza del comportamiento y la condición humanas en itinerarios guiados, supuestamente certeros y reduccionistas de lo que somos y podemos ser en este mundo. Esto consiste en batallar una y otra vez tantas veces como sean necesarias contra todo tipo de relatos, narrativas y visitas turísticas de la realidad.

 

Espero que hayas disfrutado la lectura. Gracias por tu tiempo.

 

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El espíritu de la celebración

El espíritu de la celebración


 

«Quien desee penetrar en el palacio del saber por la puerta grande,
necesita poner de su parte tiempo y maneras. Los hombres que
andan con prisas y no se prestan a ceremonias se contentan
con acceder al interior por la puerta trasera»

maestro Jonathan Swift

 
 
Existe toda una épica de la superación que tiende a subestimar la importancia de los momentos gozosos en la vida de toda persona. Obsesionados con recordar y enaltecer la victoria sobre todos los tristes obstáculos que hemos rebasado, olvidamos a menudo la importancia de celebrar las cosas. Omitimos en nuestras vidas una experiencia introspectiva altamente necesaria. Celebrar es ante todo recordarse afortunado, saber agradecerse los logros conseguidos, dotarse de contexto y perspectiva favorables para acometer el necesario balance de satisfacciones y desengaños con el adecuado tiento y calibre.

Hay personas, dicho queda, que no saben disfrutar de una tregua. Educadas en la mortificación de la batalla, se impiden recordar y festejar lo bueno bajo la oscura certeza de que es algo pasajero o momentáneo. Lo malo -se recuerdan- todavía sigue ahí y por eso no puedo regalarme descanso. No hay razón -se dicen- para bajar la guardia por un instante y suspender de forma transitoria mi lucha constante contra todo riesgo, amenaza o contingencia. Estas personas que viven siempre alerta acaban consumidas por su propio celo y sus reservas. El tierno y dulce camino del placer se hace angosto y estrecho para ellas. Tiemblan y recelan ante cualquier atisbo de celebración. Toda conmemoración les parece intrascendente o pueril. Desprecian la confianza mutua que rebosa de un festejo compartido. No descansan -se diría- de sí mismos y por ello no se atreven a abandonarse a la compañía de todos los demás. Cualquiera que se aproxima a ellos lo siente: no están equipados para la alegría.

En igual medida existen los que solo celebran, aquellos que impulsados por un fervor entusiasta viven en la fiesta. Son aquellas personas que no soportan mirar de frente a la tristeza y la esquivan. Evitan situaciones y detalles que enturbien su feliz relato. Niegan la cruz de la moneda, la sombra en la forma, y en definitiva se ciegan. Permanecen invidentes antes realidades evidentes. Se esconden de la crudeza del fiero mundo. Omiten la inclemencia rigurosa de estar vivos, se alimentan de indolencia, huyen del esfuerzo y rehúsan todo sacrificio. Estos puritanos de la diversión no viven sino que se entretienen. Esparcen su existencia sobre el territorio como si vivir fuera un juego y la vida fuera un mero recreo.

Entre quienes celebran todo y no se permiten penar, y quienes penan de continuo y se impiden celebrar, los hay -escasos, yo diría- que se atienen a la Vida tal y como es. Se conceden el provecho del placer y no impugnan ni refutan la tristeza. Habitan la vida porque entienden que toda situación es hogar. Viajan diligentemente y en paz porque conocen en cada luz y cada sombra los hitos necesarios del camino. Son porque están y en su mirada tranquila respiran las estrellas. Comprenden que el goce y el dolor son vivencias hermanas y sucesivas. Y por eso no tratan de padecer cuando hay que gozar, ni se recrean en el solaz disfrute cuando han de sufrir o expiar.

Podríamos concluir de este paisaje que una vida placentera no es una vida de enormes excesos o puntuales acentos, sino ante todo una vida que se dota de sentido en la continua gramática de la presencia. La mejor forma de sentirte satisfecho es aprender a ser una persona consecuente.

Espero que te haya servido de ayuda esta reflexión.
Gracias por tu tiempo.

 

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Corazón

Corazón


 

«Tengo la determinación de sacar algo bueno de cada catástrofe de mi vida.
Llegará el día en el que viaje por todo el mundo y conoceré
los nombres y los rostros de hombres, mujeres y niños.
Conoceré los giros en las carreteras y tendré tantos amigos
que será imposible contarlos, y aún así me sentiré sola
como me siento ahora, y seguiré deseando conocer
más rostros, nombres y ciudades.
Soy la buscadora perpetua»

 

maestra Patricia Highstmith

 
 

Pocas personas han retrado el alma humana con tanta precisión y certeza como el anciano sabio que encabeza este artículo. Llegará el día en que le agradezca adecuadamente todo cuanto le debo. Hoy toca otra cosa pero sirva su venerable imagen para ilustrar la esencia de lo que compartiré aquí.

Hay un artículo con el que todo empezó, un texto inagural que dio paso a la maravillosa travesía por el desierto que ha sido mi vida. ¿Quién diría que alguien como yo sobreviviría hasta hoy? Nadie, ni siquiera yo. Las buenas personas no caben en las grandes ciudades. Y aún así, resisto. ¡Cuánto me acuerdo a diario del maestro Robert Frost y de los 2 caminos que se bifurcan!

Cuando yo era niño en la casa de mis padres se compraba EL PAÍS los domingos al volver de misa. Por casualidades de la vida esta columna del maestro Manuel Vicent se publicó en la contraportada de este diario un domingo de 1994, de modo que este texto entró en mi casa aquel día. Yo tenía entonces 12 años.

Tomé el periódico, le di la vuelta buscando una nueva columna de Vicent y con atención leí el breve texto.

Aquel artículo hablaba de mí.
326 palabras, 2006 carácteres tipográficos impresos con tinta mala en la contraportada de un periódico.
326 palabras, 2006 carácteres que me daban esperanza.

Soy poco amigo de las epifanías. Me parecen mistificaciones forzadas que tratan de aportar sentido a una existencia natural que no necesita otra belleza que la vida misma. No creo que en la vida de nadie un solo instante cambie por completo su vida, más bien creo que nos convencemos de ello. Ahora bien, sí creo que determinados momentos en la vida de una persona marcan etapas clave de su desarrollo. Aquel domingo 16 de octubre de 1994 fue uno de esos momentos.

Siempre he tenido la impresión -y por desgracia a menudo la certeza- de ser un hombre inteligente y bueno rodeado de gente que a menudo me ha considerado ingenuo, idiota o idealista. Al menos hasta aquel día. Recuerdo que al final de aquel domingo, cuando todos habían ya leído el periódico, recorté la columna y la plastifiqué para conservarla. Tenía la manía de plastificar y forrar todo cuanto me conectaba con la vida con el ánimo incierto de convertir una sensación pasajera en algo eterno.

Con el tiempo estudié y trabajé, me hice adulto sin necesitad de olvidar este mensaje, tal y como el propio artículo pronostica que le sucede a todos los adultos. La completa rebeldía irreverente que ha supuesto haberme negado a convertirme en un puto gilipollas pragmático y desengañado, ha marcado toda mi vida.

Han pasado 30 años de aquel domingo y todavía recuerdo esa sensación de descubrimiento único. En estos 30 años me he hecho a mí mismo contra toda suerte de egoístas, reprimidos, amargados, desgraciados, miserables, reaccionarios y listos de la vida. He ayudado a decenas de personas a superar situaciones y problemas aparentemente irresolubles en principio. He salido adelante contra todo pronóstico y he tomado una larga sucesión de decisiones difíciles.

Le debo mucho a este artículo.
Y todas las personas que me disfrutaron, también.


 

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Lo que no cambia

Lo que no cambia


 

«No todo es incierto en el futuro.
Yo sé mucho acerca del futuro.
Estoy muy seguro de cosas relevantes del futuro.
Hay algo que inevitablemente se va a producir en el futuro:
Todo aquello que no cambia»

maestro Juan Luis Arsuaga, paleontropólogo

 

Obsesionados por lo que cambia constantemente (lo nuevo), a menudo olvidamos lo que siempre ha sido (lo eterno). Hay padres y madres que no explican bien a sus hijos todo aquello que no muta, hay personas que no saben lo que siempre necesita una pareja, o jefes que siempre exigen a los demás continuas adaptaciones. Todos ellos animan a los demás a situarse en el camino más común de la existencia: el de la lucha por el reconocimiento ajeno cueste lo que cueste, remando siempre a favor de la corriente. Pero así es cómo el mundo se llena de reprimidos, frustrados o cobardes, y cómo la mayor parte del tiempo nuestra especie, nuestra relación de pareja, nuestro equipo o nuestra empresa no avanzan.

Sin embargo hay muchas cosas que han sido constantes a lo largo de toda la historia de nuestra especie y que lo seguirán siendo. Durante todos estos años como profesional del acompañamiento he centrado mi trabajo en ampliar nuestra conciencia de lo continuo y constante, en conectar con lo que nos une a todas las personas. Y en medio de un tiempo convulso llevo de crisis, epidemias, fenómenos naturales impredecibles y guerras, conviene recordar y dejar por escrito todo esto. Hoy hablaré de una de esas cosas que nunca cambia: LA BONDAD.

Soy partidario de dejar las cosas claras desde el inicio, de modo que aquí lo dejo dicho: Hacer lo correcto suele ser optar siempre por el camino más difícil, de modo que en este mundo la bondad humana es la única forma real de resistencia. Militar en el bien es la manera más sublime de ubicarse en la rebeldía más heroica. Y el rebelde se ve abocado a sufrir todo lo indecible porque todas aquellas heridas y lágrimas que muestre serán propicias para asegurar la cobardía ajena. Ser bueno o actuar correctamente es, sobre todo, estorbar, ser a menudo molesto. Y -digámoslo muy claro- atentar contra la certeza o la comodidad de otros, se paga siempre.

Esto equivale a decir que el mundo tan solo es un lugar tranquilo y previsible para quien vende a diario su propio corazón, o dicho de otro modo, el mundo es tremendamente confortable para los que buscan perseguir sus propios intereses sin importarles qué demonios es eso de la ética, la honestidad o la moral. Si quieres una buena vida o disfrutas imaginándote en lo más alto, lame el culo y humíllate ante el resto. He visto a tantas personas con carreras profesionales supuestamente existosas que simplemente han hecho eso, que a estas alturas considero que esa actitud es el patrón del éxito social y se puede prescribir como infalible. Haz lo que todos esperan de tí y no hagas lo que casi nadie haría para que nadie te envidie o se avergüence. Porque el que quiere hacer siempre lo correcto está condenado a sufrir mientras decida hacerlo.

Y es bueno añadir a este recordatorio, un apunte más: el precio que paga el que actúa con honestidad es siempre muy alto. Lo se por propia experiencia. Mi propia vida es una sucesión de peajes y heridas que no niego ni oculto. ¿Y cuáles son entonces las ventajas? Solo hay una: poder mirar a la cara de todas las personas que te conocen sin culpa, sin temor y sin vergüenza. Pero ni siquiera esto llega a corto plazo porque como todos sabemos la maldad endémica milita en la obsesión por el inmediato plazo (lugar en el que se hallan ahogadas casi todas las empresas), pero la bondad auténtica no se conquista buscando el beneficio cercano sino que llega por obsesión, como resultado de un largo esfuerzo. Veamos por qué.

Lo más normal si una persona decide hacer lo correcto de forma continuada es que desespere y renuncie a ello con el tiempo. Cansado de remar contra las dificultades o aguantar continuas críticas o resistencias, lo lógico es que esta persona que alumbraba una ilusión, acabe rindiendo su propia dignidad al servicio de comportamientos infames o intereses mediocres. Solo entonces, declarada ya su obediente sumisión por medio de un hecho o un gesto que demuestre su abandono, esta persona verá caer cualquiera de las anteriores dificultades que se le presentaron, y su existencia -repleta hasta ese instante de continuas desventuras y penumbras- transitará por la más luminosa, grácil y confortable de todas las veredas. Será absorbido de manera silente por el inmenso ejército de seres que niegan cualquier oportunidad a la conciencia. Acogido como parte indivisible de una unidad de seres inerciales, será en ese momento uno más de todos los miles de millones de individuos que frecuentemente se resignan.

Se levantará entonces cada mañana para autojustificarse, se repetirá que este es el mejor de los mundos posibles y en los momentos de mala conciencia se recordará que si las cosas ocurren, sencillamente será por algo. Llegado ese momento esta persona ya no será ni el pálido reflejo de lo que era, habrá perdido el brillo que iluminaba a otros y contribuirá durante el resto de su vida de forma activa a la aceleración de un mundo malvado, cruel y deshonesto. Con una insultante condescencia hacia los que todavía lo intentan (ser buenos, me refiero), denominará madurez a este deshonroso tránsito de la esperanza al desengaño. Se mirará al espejo diciéndose que hace lo que hace por aquellos a los que quiere. Bajo esta proyección emocional que sitúa la responsabilidad moral de su vida en otros, encontrará una paz autoinducida basada en dejar que las cosas sencillamente sigan su curso.

Esta es la evolución que describe la vida de la enorme mayoría de personas que tratan de obrar de acuerdo a lo correcto. En el lenguaje de los seres conformistas y crédulos, saber callarse a tiempo -un consejo eternamente repetido- significa no resultar molesto a quienes deberían llevar una vida profundamente incómoda por cómo son, actúan o se comportan. El mediocre es toda persona que sabiendo qué es lo correcto, opta la mayor parte de su vida por elegir y actuar de acuerdo de manera diferente. Sin embargo he aquí que a veces algunas personas insistimos en militar del lado de lo correcto, sin apropiarnos o militar en ninguna idea de pureza; he aquí que a estas extrañas personas nada nos motiva más que la continua resistencia contra el desalmado, el reprimido y el triste. Y resulta que estas personas que nos alimentamos de nuestra propia paciencia, representamos la sagrada excepción al destino general de las personas buenas sin ella, esto es, somos la alternativa a la hoguera.

Ser bueno y lograr seguir siéndolo requiere así una tolerancia al dolor sin límites, un compromiso con lo que se sabe que es correcto que va más allá de las continuas decepciones, una convicción plena de que aquello que se hace es lo que se debe hacer y lo que para cualquiera debería ser exigible (imperativo categórico). Ser bueno y lograr seguir siéndolo es sobre todo morir en cada gesto, acto o palabra con las botas puestas para poder decirse a uno mismo al final de una vida que hizo todo lo que nadie esperaba que hiciera.

Porque cuando uno hace esto, cuando uno está realmente convencido de que hace lo correcto, de cuando en cuando despierta esa parte autorreprimida de la gente que de repente transforma sus corazones dormidos en flores que despiertan tras la anestesia.

Sí, tienes razón, el mundo humano es un verdadero infierno para la buena gente. No por nada demasiado complicado de entender. Sencillamente hemos poblado y llenado este planeta de auténticos malnacidos y deficientes morales sin escrúpulos. Hay mucho desgraciado suelto, mucha persona que disfruta viendo caer a aquellos cuya dignidad envidia. Y sí, también tienes razón en esto otro: el mundo por regla general está lleno de seres traumatizados y cobardes, productos de una forma de mirar la vida que nos vacía y desquicia. De modo que sí, allá donde uno mire contemplará confusión y donde quiera que uno vaya presenciará almas ateridas por el miedo, corazones congelados e inmóviles que se esconden detrás de cuerpos en continua agitación y movimiento.

Pero si uno insiste y se atreve a respetar los tiempos de la gente, se dará cuenta de que toda planta capaz de tener flores, si es bien atendida y cuidada, y si demuestra la suficiente fe y disciplina en quererse a sí misma, finalmente florece. Y si no lo hace, es que esa planta no tenía flores. Una vida sin dolor ni decepciones es más bien una agonía lenta. Siento ponerme muy flamenco pero es mejor sufrir de forma consciente que reprimirse para evitar el regalo continuo de la vida. Ser bueno no es ser fuerte o débil sino sobre todo ser vulnerable y consciente, estar presente en la vida, dar amor a quien no lo pide y lo merezca, mostrar firmeza ante la crueldad y no ser tibio o indiferente ante la injusticia. Ser bueno consiste en no vivir secuestrado por el miedo. Ser bueno es ser valiente y aprender a vivir o morir cuando no te queden fuerzas.

¿Y si esta actitud de la que son capaces muy pocas personas no es suficiente para evitar conflictos, crisis, colapsos o extinciones apocalípticas? Entiendo tu pregunta, yo tampoco tengo mucha esperanza en nosotros como especie pero si me permites, esa pregunta no me la hagas a mí, házsela a los que duermen cada noche sin haber hecho todo lo que pudieron. Yo ya tengo suficiente con lo mío: hacer lo correcto y disfrutar y sufrir las consecuencias.

 

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Aprender a pensar y #lafilosofiaimporta

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A los dioses les encanta que las personas trabajen mucho.
Las personas que no están ocupadas continuamente pueden empezar a pensar
.”

sir Terry Pratchett

 
Hoy es el día de la filosofía, y se bien por qué las personas que gobiernan desde hace décadas el modelo socioeconómico actual, atentan década tras década contra ella. Se maltrata, se exilia o se elimina la filosofía porque la conformación de personas mansas y dóciles, de una masa iletrada y distraída, limita la aspiración humana colectiva a la satisfacción individual de lo doméstico. Al reducir el hogar defendible a la persona individual (la satisfacción de su deseo, su emoción o su instinto), perdemos nociones de pertenencia colectiva vertebradoras como familia, cultura, territorio o Estado de Derecho. Cuando estos hacedores de convivencia desaparecen, resulta más sencillo para la eterna minoría de los que más tienen favorecer la competitividad voraz entre los que menos tienen.

Quien no sabe pensar sobre grandes cuestiones ni formar un criterio propio, no tiene la capacidad de reivindicar sus derechos, ni aún cumpliendo la totalidad de sus obligaciones a rajatabla cada día. Cuando mis convicciones las fabrica otro que no apruebo ni decido, en lugar de vivir disfrutando del camino, nos convertimos en mero combustible y medio de los atajos de otros. Por explicarlo de una forma muy gráfica, cuando aprendí a pensar, aprendí a sintonizar el sonido de la vida, identifiqué cada vez con más facilidad su inalterable frecuencia. Pero quienes no aprenden a pensar ni se molestan por entender lo que otros dictan, se limitan a vivir ajenas sintonías. Contra la comodidad autojustificativa de no cuestionarse nunca, la filosofía ofrece la oportunidad responsabilizadora de cuestionarse a veces.

Sin la filosofía todo cuanto nos digan otros es verdad y todo lo que digamos nosotros es mentira. La verdad así puede cancelarse, ser propiedad tan solo de unos pocos, y dejar de ser una construcción colectiva. Al generar cada vez mayores masas que ignoran, no se rebelan ni cuestionan, y cada vez menores y más reducidas élites que gobiernan y deciden, nos deposeemos como especie de la realidad, nos alejamos de la naturaleza y vivimos de la arbitraria decisión de otras personas porque nos importan más de lo que nosotros nos importamos a nosotros. Les dedicamos de hecho más tiempo a sus estúpidas apariciones que a nuestras necesarias evoluciones.

Por contra, la filosofía es sobre todo el interés y el cultivo de los medios y las formas, es un continuo e inspirador comienzo, y la única y verdadera cura que conocemos para la obsesión por el fin o la mera satisfacción continua de nuestros instintos o deseos. Pretender que la dignidad humana, la economía política o la democracia puedan existir si no existe la filosofía, es un suicidio inconsciente. Cualquier persona que visite la historia lo comprende, y solo quien vive obsesionado por su ficción o su entelequia finalista, lo ignora. La filosofía cuestiona la esencia y la apariencia, articula la ética y al estética, nos mantiene próximos a lo humano para pensar con inteligencia constructiva la sociedad, la industria, la máquina.

Ya he hablado de la necesidad de aprender a pensar en otras ocasiones, pero permíteme, lector o lectora, contarte por qué insisto en ello.

La filosofía que de niño leí cuando lloraba, hizo posible al adulto que hoy sonríe. La filosofía, y en general aprender a pensar, me ha ayudado a vivir de acuerdo a unas referencias, a una estructura. Ello me ha permitido no sentirme perdido ni aún cuando me encontraba en un terreno desconocido o ignoto. De hecho, aprender a pensar y cuestionarme me salvó varias veces la vida. Solo la filosofía convirtió mi frustración y rabia en aceptación y valentía. Solo la filosofía tomó una tímida llama que latía en mí (inquietud innata) y la alimentó hasta convertirla en fuego eterno (curiosidad sistemática). Ese mismo fuego me ha dado calor en pleno invierno y ha sabido dar calor a otros cuando me necesitaban.

Pero hay algo todavía más poderoso que todo lo anterior, y es el hecho de tener la certeza de saber que si hoy soy algo -y se que soy mucho- es gracias a que otros existen y existieron. Esta certeza que me contextualiza como parte de una larga y dilatada historia de ideas, de esfuerzos y de relaciones y me ayuda a equipararme al resto de personas, es totalmente contraria al discurso barbarizante y aspiracional que promueve la independencia, la superación y la autosuficiencia de unas personas sobre otras. Las tres cosas -independencia, superación y autosuficiencia- si bien pueden generar euforia a inmediato plazo, se han demostrado históricamente dañinas y contraproducentes a largo plazo en una especie compuesta por animales gregarios, seres sociales que necesitan comprender y sentirse comprendidos, amar y sentirse amados más allá de la competitividad insaciable y la sed de interés propio.

Nada salvo la filosofía me enseñó a amar a los otros, me hizo comprender la sencillez y la complejidad, el gozo y el dolor ambivalentes y continuamente necesarios en la vida. Quienes dicen que la filosofía es algo simple o algo complejo, aciertan, porque así es también la vida.

Nada salvo la filosofía me salvó en innumerables ocasiones del abismo de la falta de sentido, de la oscuridad que sentí al comprobar que existe la injusticia. Nada salvo la filosofía me curó de la herida que inflige el abuso de poder, del desconsuelo de la condescendiente inercia, de la fría y distante indiferencia de los que se aislan.

La filosofía me permitió acceder a realidades colectivas, sentirme verdaderamente humano al compartir con personas a miles de quilómetros las mismas inquietudes, y sentirme verdaderamente vivo al cuestionar lo que pensaba o sentía. Solo la filosofía me ayudó a sentirme único construyendo mi criterio y a la vez completamente acompañado al ver que mis dudas son las mismas que las de cualquier persona en el mundo, y al entender que a menudo ninguno tenemos respuesta. Al leer, hablar y estudiar para vivir con criterio, comprendí que antes que yo, muchos otros intentaron mejorar el mundo. Y lo mejor de todo: también comprobé que algunos lo consiguieron. La filosofía sobre todo aporta referencias, historias de esfuerzos pasados y presentes, pistas y bastones con los que explorar, acariciar y disfrutar la vida. En una época en la que las identidades, los sentimientos y las ideas dividen, la filosofía fue y es mi pegamento.

Nada salvo aprender a pensar me libró de la cadena perpetua y la barbarie de la absoluta ignorancia. Me supe interdependiente gracias a la filosofía. Aprender a pensar me enseñó a detectar, localizar, relacionar y mantener cerca la mayor parte de cosas importantes de la vida. La filosofía me ayudó a tener la necesaria base apreciativa desde la que amar, sentir y contemplar la existencia.

Gracias a la filosofía me levanté cuando caía, recobré y aumenté mi valor para seguir insistiendo, para perseverar, para alejar de mí la tentación del abandono o la apatía. Nada salvo la filosofía me acompañó en las travesías de silencio y soledad que viví en mi vida. Recuerdo con nitidez la presencia de la filosofía en la primera parte de mi vida pero también en la crisis que toda persona vive a la mitad de ella o con la pérdida dolorosa de relaciones o seres queridos. En todos esos momentos, la filosofía me enseñó a saberme vulnerable, me animó a aceptar el dolor y a exponerme, me dio herramientas para ayudar a mejorar la realidad de miles de personas.

Nada salvo la filosofía me ayudó a comprender -para intentar cambiar- la continua sensación de ruido, desconcierto, absurdo y vacío de una sociedad evanescente, continuamente errada y difusa. Solo el estudio y el conocimiento detallado del pensamiento humano me hicieron ser humilde al comprender que entre todos pensamos mejor que por nosotros mismos. Nada salvo la filosofía me apartó de la ceguera de la fe y la creencia ciega, nada salvo ella me enseñó tolerancia, me ayudó a detectar y tratar de superar cada prejuicio.

En la filosofía hallé esperanza y ahora tú deberás encontrarla sin la ayuda del sistema educativo. Suerte.

Hoy más que nunca gritemos y actúemos alto: La filosofía importa #lafilosofíaimporta
 

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