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El precio de la honestidad en el trabajo

El precio de la honestidad en el trabajo


 

«Vaya mierda de guerra: el papel de fumar en un `lao´, el tabaco en el otro, y nosotros en medio«

Juan Eslava Galán, La mula

 

Durante años me he enfrentado a una cruda realidad: la honestidad en el trabajo sale cara. Y aún así merece mucho la pena apostar por ella. Tengo innumerables ejemplos de ello a lo largo de mi carrera profesional, tanto en mi propia vida como en las vidas de los demás. Después de todos estos años puedo decir con orgullo y con dolor que optar por lo correcto en situaciones clave de tu vida profesional, implica pagar un precio muy elevado.Así que he pensado que sería interesante compartir algunos ejemplos reales del precio que he pagado -y estoy decidido a continuar pagando- por no vender mi alma al mejor postor, ni bajar la cabeza o apartar la mirada ante las continuas muestras de tiranía, bajeza moral o deshonestidad que suelen quedar impunes en el mundo empresarial. Hace ya varias décadas decidí que no quiero alimentar un mundo miserable para las siguientes generaciones. Y en eso sigo y estoy.

Antes de continuar, bueno es recordar que algunos artículos previos podrían completar a éste. Por ejemplo, anteriormente escribí sobre Las 2 éticas empresariales de obtención de beneficios y mi posición al respecto. También me declaré Contra la tiranía del cliente y el abuso del proveedor. Me he mojado igualmente sobre La verdad en el mundo de la formación y la consultoría. Y más recientemente he expuesto la absoluta inmoralidad y bajeza moral que impera en la Captación de clientes en el mundo digital y de la que me he propuesto no participar. Todo ello contra mis propias posibilidades de facturar mucho más, claro está.

Dicho esto, vamos al meollo. Enumero aquí algunos casos que he vivido en este tiempo:

SOCIOS A LA GRESCA: En la mayoría de ocasiones mi contacto en el cliente es la propiedad o la gerencia, de manera que la interlocución con los decisores suele ser directa. En no pocos casos los socios suelen estar de morros. El que no ha tenido serias diferencias con otro socio, se ha visto afectado por el movimiento de un tercero, y quién más y quién menos conserva fundamentales diferencias sobre cómo debe evolucionar la empresa. Estas rencillas son completamente normales y se sobrellevan bien cuando hay un buen reparto de beneficios y la cosa funciona. Se lleva mucho peor cuando la cosa no rueda como antes o algún pequeño malentendido ha causado agitación. En general -seré muy claro- lo que suelo ver en los socios de empresas asentadas (con facturación recurrente y negocio que llega a mercado) no es honestidad, es más bien un ejercicio medido de comunicación entre ellos y una continua tentativa de suspensión en la asunción de riesgos. Hay confianza entre socios pero cuesta hablar con claridad y a menudo es necesario que venga alguien de fuera a azuzar reflexión y favorecer una toma sensata de decisiones. En la medida de mis posibilidad, ahí entro yo.

CONFESIONARIO DE RRHH: Una de las situaciones más recurrentes que he presenciado durante estos años es la del director/a de RRHH confesando frustrado que trata de parchear las grietas de una cultura corporativa atropellada que hace aguas a diario ante la negación de la realidad de los socios y financieros, generalmente ocupados en recortar costes y multiplicar beneficios. Algunas personas que me contactan lo hacen por recomendación de otras, y solo cuando ven en la primera conversación que tengo mucha experiencia conociendo entornos empresariales diferentes, se abren y muestran su descontento. Otras veces la persona que contacta conmigo lleva leyéndome varios años y noto que nuestra conversación viene a ser algo así como un «Necesitaba saber que había alguien más que pensaba estas cosas para no sentirme solo«. La mayoría de ellos tratan de humanizar y abogar porque las personas miren más allá del inmediato plazo, pero se chocan continuamente contra un muro. Muchos de estos profesionales han sido directores de RRHH en 3 o 4 empresas y no han cesado de buscar infructuosamente un lugar en el que poder sentirse bien con su labor. Reproduzco preguntas literales que me hacen para que entendamos el nivel de frustración que manejan: «¿Es así en todos lados?», «¿Hay alguna empresa en la que se pueda ser director de RRHH y te den recursos y medios para hacer tu trabajo?», «¿Crees que las empresas pueden cambiar de verdad?», «¿Hay alguna forma de hacer las cosas en el mundo empresarial que sea diferente a lo que llevo visto ya en 4 sectores?», «¿Se puede ir más allá de cursos y formaciones cortoplacistas y planes de carrera que no mejorar la vida de nadie?» A menudo cuando hablamos de las posibles vías de trabajo, les noto respirar, y en todos y cada uno de los casos se repite la misma muletilla: «Esto ahora hay que validarlo y podemos seguir adelante».

REGULACIÓN CONDUCTUAL AVERIADA: Siempre recuerdo esto en todos mis clientes: cuando el precio de hacer algo bien y el precio de hacerlo mal es lo mismo, que nadie lo dude: la persona lo hará mal una y otra vez. Cuando el sistema de recompensas y castigos está averiado, surgen entonces dos fenómenos que es necesario abordar: el de las personas íntegras silenciadas, y el de las personas miserables que se victimizan a la luz y enturbian en la sombra. En la medida en que iluminamos a los primeros para que adquieran protagonismo, y tratamos de integrar a los segundos desde la responsabilización directa de las consecuencias de sus acciones, todo irá bien. Los dos casos más explicados en detalle son estos:

PERSONAS ÍNTEGRAS SILENCIADAS: Son personas cuya autoridad moral, sensatez, prudencia y ejemplaridad todo el mundo reconoce pero que permanecen en silencio por miedo a entrar en conflicto con sus compañeros, o por temor a posibles movimientos de silla o represalias. Son profesionales visibles en el trabajo diario pero que tratan de hacerse invisibles cuando la conversación aborda temas nucleares o difíciles. Prefieren permanecer de medio perfil y no mojarse antes de jugársela y pronunciarse sobre uno u otro tema. Las causas en mi experiencia son tres: desencanto tras años pegándose contra un muro, exceso de ruido provocado por compañeros más ruidosos e insensatos, y resignación a su empleo y condiciones actuales desde el punto de vista de mero trabajo alimenticio. Por supuesto, que la labor para que estas voces emerjan suele ser ímproba y es una maravilla comprobar cómo con el tiempo y el adecuado cuidado, estas voces se crecen.

PERSONAS MISERABLES QUE SE VICTIMIZAN A LA LUZ y ENTURBIAN EN LA SOMBRA: Cuando el sentido ético está averiado, aquellas personas que tradicionalmente se avergonzarían de tener dos caras, las ejercen entonces con total impunidad. Se trata de personalidades o comportamientos altamente contagiosos que una vez sienten que pueden enturbiar cuanto deseen en favor de su causa sin que haya regulación de ningún tipo, se entregan a una desenfrenada carrera de corrillos, comentarios y dardos. Dado que una de mis 3 especialidades es la gente verdaderamente chunga, es bueno que los equipos vean cómo cambia el comportamiento de personas de este tipo cuando se encuentran en un entorno regulado y cuando no se encuentran en él. Con estas personas mi estrategia a lo largo de los años ha pasado por la compasión humana, el enfrentamiento directo desde la elegancia y la promoción de valores básicos de convivencia y respeto a los compañeros. De cientos de casos y empresas, solo en 2 ocasiones concretas de mi trayectoria profesional con 2 empresas diferentes, 2 personas miserables (que lo eran con sus compañeros, con su empresa y lo fueron igualmente conmigo, como no podía ser de otro modo) lograron imponer su voluntad contra el interés de su empresa y sus compañeros. En ambos casos la razón fue la misma: la absoluta desidia y falta de valentía y regulación por parte de propietarios, socios o consejos directivos que optaron por tomar la decisión más cómoda y la menos saludable: mantener el cáncer, expulsar el remedio. En ambos casos el precio que tuve que pagar por defender un mínimo de honestidad fue muy alto tanto para los empleados de ambos clientes como para mí. Ellos perdieron la oportunidad de cambiar y se quedaron con los dos mojones a los que no quisieron hacer frente, y por mi parte huelga decir que perdí ambos clientes. En ambos casos podía haber dado la razón a las 2 personas miserables y continuar facturando. En ambos casos decidí no hacerlo. Me consta que la cosa ha seguido yendo a peor en lo tocante a desregulación conductual en las dos situaciones y contextos, y esto -más que la pérdida de los clientes- es lo que más me duele. Quizás sea útil recordar lo que pienso de las personas miserables: que solo lo son porque ignoran o andan lejos de la belleza y las cosas importantes de la vida, y que solo lo seguirán siendo mientras no les ayudemos a dejar de serlo, ya que ellos no han podido dejar de serlo por sí mismas.

ARMONÍA ARTIFICIAL: Hace años Patrick Lencioni mencionaba como una de las principales fases para la conformación de un equipo, la necesaria superación del temor al conflicto. Esto se reflejaba en lo que él denominó la ruptura de la armonía artificial, es decir, el comienzo de la sinceridad mutua en las conversaciones desde la asunción de una vulnerabilidad necesaria que surge cada vez que expresamos algo que verdaderamente importa. Cuando hablar sale gratis y cuando hablamos desde el temor a ofender al otro o retratarnos, estamos exigiendo en la práctica que la situación que queremos resolver, continúe. El problema de la armonía artificial no es solo que genera un ambiente de mierda, negativo y cenizo del que nada bueno puede extraerse. Es sobre todo que propicia un inmovilismo que impide la asunción de responsabilidad propia (el accountability famoso) y la mirada hacia adelante. De nuevo, entre cientos de casos, solo en 2 casos (uno de ellos coincide con el anterior caso) me he encontrado con equipos que tras el acompañamiento se resisten a tomar responsabilidad propia o romper su miedo. En ambos casos huelga decir que decidí interrumpir mis servicios por honestidad con el cliente y con las personas con las que estaba trabajando.

OPORTUNIDADES ENVENEDADAS: Otro ejemplo acerca de pagar un alto precio por la honestidad en el trabajo, tiene que ver con las ocasiones en las que he rechazado oportunidades de trabajo con facturación cuantiosa. Las razones han sido en todos los casos distintas pero comparten el mismo motivo decisor: sentía que no debía hacerlo aunque fuera a obtener haciéndolo enormes beneficios. Recuerdo un caso en el que el trabajo era éticamente reprobable y se basaba en delatar en un informe a las personas con las que había estado trabajando. Me negué a ello de lleno en base al compromiso explícito y verbal de confidencialidad que tenía con aquellos a quienes había estado sirviendo. En otro caso rechacé trabajar en un proyecto en 3 países con una persona que considero éticamente reprobable. En otro caso que me viene a la cabeza me ofrecieron participar de un negocio que creo que hace que nuestro mundo sea una puta mierda en términos educativos, y ni siquiera valoré estudiarlo. En varios ocasiones trabajando por cuenta ajena antes de montar mi negocio, pude ser el mismo lameculos de consultoría que muchos compañeros a mi lado estaban siendo, y que siempre acaba igual (socio egoísta, forrado de dinero, divorciado, solo y terriblemente despreciable como persona). En más de 2 grandes consultoras me negué a serlo. Y quizás por recordar una última ocasión -o bastantes- en varios momentos de mi negocio no he podido comenzar a trabajar con clientes interesantes -que otros se han acabado llevando- porque no me he prestado a regatear el precio de mis servicios hasta precarizarlos. Huelga decir que en todos los casos mencionados, perdí la oportunidad de ganar muchísimo dinero. Y aquí sigo.

Creo con estos ejemplos, situaciones cotidianas y anécdotas, haber demostrado que los entornos de trabajo que hemos generado suelen hacernos pagar un alto precio por practicar la honestidad, que -todo sea dicho y reconocido- no muchas personas están dispuestas a pagar por nobles y comprensibles razones (familia, hipoteca, plato de comida). Toda mi comprensión hacia ellos. Tranquilos, cabrones, ya me quedo yo -que también pago casa, comida y familia- con las consecuencias de hacer lo correcto 😉

 

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Favorecer minorías dirigentes ilustradas

Favorecer minorías dirigentes ilustradas


 

«Sé noble en cada pensamiento y en cada acto»

Henry Wadsworth Longfellow

 

Hoy quiero explicar por qué desde hace años dedico todos mis esfuerzos a fomentar una clase dirigente ilustrada. Hablo de una minoría selecta de dirigentes empresariales y servidores públicos que se sienta responsable de sus sociedades y obtenga enormes beneficios propios a base de generar bienestar colectivo. Lo teníamos, lo habíamos logrado, pero algo a partir de la década de los 80 y los 90 nos hizo pensar que no había que cuidarlo. Y lo perdimos. Perdimos a esa clase dirigente que todavía se comportaba en términos de lealtad social y honestidad aristocrática.

Contra los discursos utópicos que quieren horizontalizar las organizaciones y las sociedades en medio de un tiempo cada vez más vertical y jerárquico, hoy quiero explicar por qué estoy convencido de que favorecer minorías dirigentes ilustradas es el camino. Por qué la tecnificación managerial e inmoral de las escuelas de negocio, literatura empresarial y congresos está generando generaciones de líderes desconectados del mundo, que solo buscan su propia supervivencia, que no se hacen rico favoreciendo el progreso moderado de los demás sino contra el bienestar de éstos. Dejemos de envilecer el comercio y los negocios y comencemos a rescatar una vocación honesta y responsable de servicio.

La actual desidia y el bajo nivel de ejemplaridad social y moral de nuestros actuales dirigentes públicos y privados, tiene -como todo- su explicación en la Historia. Recuerda y glosa muy bien el maestro Rafael Atienza, marqués de Salvatierra, en su magnífico libro «Heredar el mérito: las aristocracias y el empeño dinástico» el largo camino de decadencia dirigente que hemos vivido a lo largo de 1000 años. Aunque el ensayo tiene mucha enjundia y representa el mejor repaso a la Historia de las clases dirigentes que he leído hasta la fecha (y he leído bastantes), trataré de resumirlo en este breve artículo y en 4 momentos históricos clave hasta llegar a la decadencia política pública y privada actual.

Comenzamos.
 

𝗣𝗥𝗜𝗠𝗘𝗥𝗔 𝗙𝗢𝗧𝗢: Ese camino arranca en un mundo construido sobre las ruinas de la ejemplaridad grecorromana para formar una clase dirigente dinástica y hereditaria con marcada vocación de servicio público, liderazgo militar y administración del Estado. Esta primera foto la conforma una clase dirigente que construye las aristocracias del medievo y las órdenes de caballería, casas nobiliarias y titulos dirigentes de la primera, segunda y tercera modernidad (España, Francia, Inglaterra). Esta clase dirigente hereditaria se mezcla en sus últimos años hasta bien entrado el siglo XIX con la emergente burguesía financiera y comercial -los nuevos dirigentes «privados»- que busca reputación social y cuotas de prestigio. Logra abrirse paso con dificultad entre desamortizaciones y repúblicas, entre supresiones reales de órdenes nobiliarias y fundación de otras nuevas, y en un creciente estado anacrónico de defensa de privilegios.

Es -seamos claros- una clase dirigente hereditaria cuyo balance es excelente en términos históricos pese a los abusos y atropellos de los que tenemos constancia. Es una clase dirigente formada por familias que se reparten el mundo pero sienten el deber moral de liderar sus propias batallas, servir a los asuntos públicos contribuyendo a menudo con el pago de enormes impuestos, y generando una jerarquía social del honor en la que todo el mundo dentro de su rol aspira a ser respetado. Son familias que se forman de manera ilustrada, con los mejores artistas y sabios de sus correspondientes épocas, en el lujo material más evidente desde la aceptación de un rol paternal de cuidado de las familias que dependen de ellos (agricultores, aparceros, villas, pueblos, ciudadades, condados,…) Ocupan lugares destacados del liderazgo público (civil, militar, religioso, económico) y con el tiempo contribuyen a crear pensamiento filosófico, político, cultura. Crean y se forman en las mejores universidades de sus respectivas épocas y territorios, crean las naciones actuales y las forman las instituciones sociales que hoy disfrutamos. Tienen en definitiva una clara vocación de servicio público y ejercicio responsable del poder, salvo atropellos deshonestos que todos conocemos y escarceos, rivalidades y enfrentamientos dinásticos continuos. Digamos que su capacidad de hacer daño a la sociedad es limitada por el Honor y el espíritu de servicio que se les presupone.

𝗦𝗘𝗚𝗨𝗡𝗗𝗔 𝗙𝗢𝗧𝗢: En esta segunda foto de la Historia vemos la emergencia de las grandes fortunas burguesas en el renacimiento y la modernidad que genera las grandes repúblicas italianas, los grandes imperios modernos, y es sustituida por las grandes fortunas monopolísticas del siglo XIX, por el nacimiento de la nueva aristocracia dirigente privada. Petroleo, energía, comunicaciones, tecnología, industria. El campo a la ciudad. El vasallo por el obrero. La primera gran acumulación de capital de Occidente. Los últimos enfrentamientos de imperios hasta el triunfo de Inglaterra. Empresarios dirigentes que todavía ven honroso el ejericio público, que ambicionan enormes beneficios pero continúan conservando un sentido de la obligación y la responsabilidad para con las sociedades a las que proveen de bienes y servicios. Grandes crisis sociales y financieras pero gran vocación filantrópica y social. Las dos cosas. El espíritu del honor empresarial prevalece sobre la ambición global y desmedida sin vergüenza.

𝗧𝗘𝗥𝗖𝗘𝗥𝗔 𝗙𝗢𝗧𝗢: La nueva aristocracia meritocrática ilustrada que llega tras la IIGM, esa que se forma en el primer Kings College, en las École francesas, las academias italianas, en la última España franquista y la primera España de la transición democrática ansiosa de libertad, esa para la que sigue siendo prestigioso símbolo de éxito dedicarse al gobierno y la administración públicos del Estado. Una nueva aristocracia de personas de todo estrato social tras la II Guerra Mundial que genera el Estado de Bienestar, el desarrollo equilibrado, las economías saneadas, la expansión de la cultura. Emerge la figura del pensamiento libre, las grandes ideologías que los intelectuales ponen en entredicho. Es una clase dirigente que nos hace pensar, suma cultura, crea educación, favorece el progreso de las clases más bajas y fomenta la familia. Hace que las economías crezcan y compitan entre sí pero conservan su amor por el territorio, su vocación de dirigentes nacionales que comienzan a operar en el mundo todo a un mayor ritmo. Hay progreso pero no hay aceleración. Hay industria y abusos pero hay solidaridad común, comunidad y atención. Hay grandes oportunidades y canales de comunicación pero hay foco y el nivel educativo continúa siendo alto. Estándares sociales que favorecen la satisfacción personal y la identidad colectiva. Una maravilla.

𝗖𝗨𝗔𝗥𝗧𝗔 𝗙𝗢𝗧𝗢: La actual clase dirigente. Por decir algo. La de los empresarios que aprenden a imitir y replicar modelos de la economía parasitaria que destrulle tejido social, cultura, biología, y fagocita estados y derechos. La de Steve Jobs, la de Elon Musk, la de Donald Trump, la de multimillonarios que precarizan la experiencia humana. La de los plutócratas que viven para sí mismos, los que aborrecen el pensamiento libre, a los que -lejos de liderar la creación de leyes y normas sociales de convivencia como hacían las antiguas clases dirigentes- les estorban las leyes y las normas, les sobran las soberanías nacionales, les molesta la libertad de prensa y los que radicalizan y polarizan tribus humanas globales. Esa nueva aristocracia que es mucho peor que todas las anteriores, más egoísta, más endogámica, que genera la mayor desigualdad social de la Historia, ajena a cualquier espíritu de servicio público si no es para el beneficio propio, esa que disfruta de la justa democratización del acceso a la universidad, que está motivada no ya por un espíritu de servicio al Estado sino por una sed inusitada e individualista de éxito personal y enriquecimiento propio. Es la aristocracia empresarial del más puro egoísmo sin fisuras ni matices, la exaltación del fuerte sobre el débil, el desprecio por la cultura y la Historia, el adanismo y el presentismo absolutos, la mediocridad vacía resultante del culto absoluto a la meritocracia sin ningún sentido del deber o del honor colectivos.

Hecho este recorrido, ¿Por qué me obsesiona favorecer minorías dirigentes ilustradas?
Por estos motivos:

  • Porque la excelencia académica y de conocimientos es contraria al actual analfabetismo dirigente
  • Porque recuperar el sentido de la responsabilidad, el honor y la moral curará y limpiará la actual clase dirigente destructiva
  • Porque la ilustración y el cultivo de la fe en el ser humano y sus valores colectivos nos librará del individualismo cainita actual
  • Porque solo parándonos y mirando en perspectiva, aprendiendo a ver el mundo, podremos mejorarlo de forma significativa
  • Porque las humanidades que en épocas anteriores ilustraban a anteriores empresarios, hoy también pueden ilustrarles
  • Porque nadie puede tomar buenas decisiones si solo persigue su beneficio económico
  • Porque quiero educar a dirigentes que se sientan responsables de su sociedad, que lideren y sean ejemplares
  • Porque el mundo merece algo más que los dirigentes políticos y empresariales que hoy tenemos
  • Porque llevo dos décadas trabajando con empresas y se que necesitamos salir de la estupidez y dispersión colectivas

Soy consciente de que lucho contra gigantes, de que mi vocación de servicio y acompañamiento a los dirigentes choca de lleno con los estándares de precarización educativa actual. Se que elijo el camino dificil y día a día en mis sesiones y proyectos con empresarios y dirigentes opto por huir de la simplificación y las fórmulas mágicas, y que eso a menudo hace que no llegue a tanto gente. Lo se, pero elijo trabajar para un nicho mínimo de personas que verdaderamente quieran sentirse bien liderando nuestra época.

 

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Sistémica empresarial: roles y actitudes

Sistémica empresarial: roles y actitudes


 

«Tuve el valor de hacerme las preguntas esenciales y salí limpio de la prueba»
maestro Julio Cortázar

 
 
Este breve artículo viene a completar reflexiones anteriores respecto al cambio como disciplina y profesión. Hoy me centraré en reflexionar sobre el papel que cada uno de nosotros puede jugar dentro de un sistema. Tomaré el mundo empresarial como objeto de estudio y hablaré de 5 actitudes que definen la manera en la que las personas se posicionan con respecto a un sistema dado.

A efectos de formular un principio de entendimiento común, en el contexto de los sistemas humanos consideraremos SISTEMA al conjunto de asunciones básicas, creencias, normas, dinámicas, mecanismos y procesos que mantienen o permiten determinado comportamiento social funcional, esto es, orientado a un fin o unos resultados.

Trabajaremos con el siguiente gráfico de creación propia como mapa referencial:


 

En el gráfico podemos ver 2 áreas de comportamiento diferenciadas:

SISTÉMICA EMPRESARIAL RESPONSIVA: La que tiene el fondo verde es definida, está limitada por una frontera clara y precisa que marca lo que está dentro y lo que está fuera. Representa el comportamiento sistémico que adoptan la inmensa mayoría de personas como forma lógica y legítima de ganarse la vida y prosperar. Es una sistémica empresarial basada en la provisión de certezas, una ficción de seguridad tranquilizadora y una constante dinámica de premio que ofrece una serie de recompensas tangibles a todas aquellas personas que están dentro del sistema, es decir, que comparten y defienden sus ideas, participan directa y activamente de su funcionamiento, y contribuyen de forma operativa a la consecución de resultados. Esta sistémica empresarial responsiva, se mantiene viva en la medida en la que se dan dos factores de mantenimiento esenciales: 1) Será más sólida cuanto mayor sea el número de actores que dependen de su funcionamiento (INERCIA SISTÉMICA), 2) Será menos permeable o modificable en la medida en la que la red de interdependencias generada sea más compleja y tupida (SEGURIDAD SISTÉMICA). Es importante notar que los sistemas se modifican -y no necesariamente cambian su motivación y finalidad originales- adoptando sucesivas actualizaciones que en el gráfico se representan como Actualización (n.0). Una actualización de un sistema es una adaptación de lo que siempre ha sido con la intención de influir o transformar en la realidad cambiante a la que sirve o le rodea.

DISIDENCIA EMPRESARIAL PROPOSITIVA: Por oposición a la anterior área de comportamiento, ésta es indefinida y no tiene límites claros, por lo que podríamos definirla como un área difusa. Los actores que operan en este área lo hacen fuera del sistema hegemónico, por lo que el propio sistema tiende de manera implícita y explícita, consciente o inconsciente a castigar o penalizar cualquiera de los comportamientos que se dan aquí. Existe pues un riesgo evidente y continuo, palpable y notable para aquellas personas que desde fuera del sistema pretenden cambiarlo. Ese riesgo puede materializarse en una actitud de rechazo directo o indirecto del sistema respecto a cualquiera de las proposiciones de cambio que se formulen.
 

Además de estas 2 grandes áreas de comportamiento, vemos 5 comportamientos sistémicos. Yo invito al lector a que a medida que va leyendo la taxonomía de actitudes sistémicas ponga cara a personas de su entorno en el sistema del que participa. Cada comportamiento se da en «n» personas o «n» veces en una actualización de sistema dada. Es importante recordar que todos los roles enunciados a continuación son necesarios para el funcionamiento del sistema, todos prestan un servicio útil, si bien en función de los reguladores éticos de cada sistema, unos perfiles son a menudo más honrados o mejor tratados por el sistema que otros:

CONTRIBUCIÓN ACRÍTICA: Son personas que ven, oyen y callan. Resistencia total al cambio hasta que no quede más remedio, siendo fieles a la curva de adopción de innovaciones. Se limitan a beneficiarse del sistema manteniéndolo vivo con su contribución pero sin ninguna intención ni compromiso de mejorarlo. Aunque parezca paradójico, son las personas a las que siempre premiará más el sistema porque representan la base sobre la que se sostiene su arquitectura de creencias y asunciones. El obediente y sumiso es tanto más útil para un sistema empresarial dado cuanto más grande es, tal y como hemos visto. Este comportamiento ni siquiera se diferencia en color del sistema, porque directamente es el sistema en su coherencia conductual.

GATOPARDISMO: Este comportamiento hace referencia a la famosa novela de Lampedusa en la que el personaje de Tancredi declara a su tío Fabrizio una máxima que define la picaresca sistémica: «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». Precisamente esta es la finalidad y realidad de los gatopardismos en el mundo empresarial. Grandes piruetas, fanfarrias, fuegos artificiales, metodologías, programas de cambio, planes estratégicos, rebrandings, transformaciones tecnológicas supuestamente disruptivas,… todo ello representa en la práctica la esencia del gatopardismo empresarial. Que todo cambie a simple vista para que todo siga exactamente igual. Aunque la intención del gatopardista -tanto interno-empleado como externo-proveedor del sistema- es aparentar grandes dosis de innovación, en la práctica es un limpiador de conciencias empresarial que aporta sensación de movimiento a un sistema profundamente estático en sus fundamentos y dinámicas. En el gráfico este comportamiento tampoco se diferencia del sistema porque es también puro sistema pero desde la incoherencia conductual. Tengo decenas de ejemplos de compañeros que activamente colaboran en el gatopardismo empresarial y sin ningún pudor diría que la mayoría de directores de innovación y estrategia que he conocido durante estas décadas son gatopardistas altamente sofisticados.

CONFRONTACIÓN: Ante un sistema dado la más dura y cruda posición es la confrontación. Personas que viven continuamente confrontando y se dan de bruces -tal y como se observa en el gráfico- con una resistencia empresarial contumaz que solo deja permear de muy cuando en cuando algunos inputs. Son auténticos revolucionarios que viven en el precipicio de la fricción, que soportan estoicamente los envites del sistema y mantienen altos niveles de desgaste y frustración ante una complejidad sistémica creciente que rechaza las alternativas. Tengo igualmente ejemplos en el mundo del cambio empresarial de personas que parecen nacidas para vivir en este continuo sufrimiento. Solo ellas pueden llamarse verdaderamente rebeldes porque se rebelan contra algo que consideran inapropiado o injusto y pretenden cambiarlo. Solo ellas se han ganado el derecho a ser respetadas como rebeldes dentro del marco propositivo -aunque el adjetivo se aplique hoy a gatopardistas de todo tipo- porque solo ellas son castigadas por el sistema de forma absolutamente dura y ejemplar.

AISLAMIENTO: Siempre queda la opción de retirarse, la elección de dar la espalda al sistema, salirse de él y diseñar una vida que necesite la mínima interacción con la inercia colectiva dominante. Las personas que adoptan esta actitud con respecto al sistema -para a menudo tratar de crear otro nuevo- viven aisladas o en su defecto tratan de crear un modelo de relaciones al margen del sistema que conviva con él para lo que sea esencialmente necesario y nada más. Aunque podríamos considerar en esta actitud a las personas que crean comunidades alternativas o modelos de relación paralelos de forma proactiva y constructiva, también pertenecen a este comportamiento todas las personas desengañadas que bien porque no necesitan nada del sistema o bien porque el sistema ya no les exige dar nada, se permiten vivir al margen de él, algo que sería un lujo para los contribuidores acríticos.

CUESTIONAMIENTO: El cambio razonable de todo sistema viene del cuestionamiento. Cuestionar es ante todo atacar directamente a las certezas, negar que una creencia que se daba por cierta lo sea. Cuestionar es plantear diálogo, permanecer -como se observa en el gráfico- con un pie dentro y otro fuera del sistema para ser capaz de aportar ideas y planteamientos que resuelvan problemáticas que fueron generadas dentro del sistema. Por contraposición a la confrontación, este comportamiento es conciliador, realista y pragmático. No pretende grandes revoluciones sino reflexiones poderosas que inviten a una toma de decisiones sensata, valiente y abierta. Cuestionador y confrontador comparten ambos una misma ética de vida: viven a partir de sus convicciones y son fieles a lo que consideran correcto, con la salvedad de que el confrontador a menudo pierde su vida ante el altar de sus razones.

Algo que resulta lógico pero que se suele olvidar y recuerdo a menudo en las sesiones: Da igual lo que seas, lo que te veas obligado a ser en un momento de tu vida, o lo que te haga saber que eres uno de estos roles. Puedes ser el que quieras, pero lo que no tiene ningún sentido y es profundamente amoral es que pretendas ser lo que no eres y que el resto te lo compremos. Seas el rol que seas, si te avergüenzas de ello, trata de cambiar a otro; y si estás cómodo en él, sigue con él, pero -insisto- pase lo que pase no vayas de lo que no eres. Porque se nota. Y mucho.

Los roles arquetípicos de cada uno de estos comportamientos parecen claros: El contribuidor acrítico es un secretario del sistema, el gatopardista es el político que lo defiende, el confrontador es el soldado que lo combate, el aislado es el ermitaño que huye de él, y el que cuestiona el sistema es el filósofo, el hacedor de nuevas realidades que no necesita adular o menospreciar la que ya es. El cuestionador tiene un compromiso con la realidad y a la vez un compromiso con la mejora de esa realidad. Cuestionando las certezas demuestra su lealtad.

Espero que hayas disfrutado la lectura. Gracias por tu tiempo.

 

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Las 2 éticas de obtención de beneficios

Las 2 éticas de obtención de beneficios


 

«La aceleración de la información-movimiento genera como efecto
poner todo el inconsciente humano fuera de nosotros como entorno,
creando así lo que parece ser un mundo loco se mire por donde ser mire»

maestro Marshal McLuhan, 1967

 
 
Aunque muchos de mis compañeros de vocación creen que el verdadero problema del pensamiento empresarial es su obsesión exclusiva por la generación de beneficios económicos, personalmente creo que si no existiera esta obsesión no podríamos disfrutar de la mayor parte de comodidades actuales. Creo que el problema está en otro lado. No tanto en querer ganar riqueza material (algo que veo fantástico) sino en cómo ha evolucionado durante las últimas décadas la manera en la que queremos ganarlo. En otras palabras, la ética de la obtención del beneficio ha cambiado.

A la hora de establecer una foto del modelo de provisión de beneficios que tiene una empresa siempre distingo entre 2 tipos de culturas:

Empresas con mentalidad de abundancia que se mueven por dinámicas generativas de valor. Son organizaciones que generan beneficios a través del mantenimiento, diversificación o aumento de su valor (sana facturación, riqueza distribuida, posicionamiento dinámico, etc…) y que mantienen una gestión proporcional de sus ingresos en relación a sus gastos y sus costes. Su foco de preocupación es la rentabilidad del negocio desde el punto de vista del valor generado. Hablo aquí de empresas que viven de sí mismas, no contra sí mismas, fomentando una cultura virtuosa de trabajo y negocio. Suelen ser sitios en los que da gusto estar.

Empresas con mentalidad de escasez que se mueven por dinámicas restrictivas de coste. Organizaciones que generan beneficios desde planteamientos de suma cero a partir de exprimir de manera incremental su modelo de relaciones y recursos (trabajadores, proveedores y/o clientes) por medio de estrategias sacrificiales de presión, cicatería o ahogamiento que afectan primero a los gastos y luego siempre acaba atacando a los costes. Hablo de empresas que viven contra sí mismas, fomentando una continua batalla entre fuerzas orientada en exclusiva a hacer más dando cada vez menos. Suelen ser sitios en los que es horrible trabajar.

Ambos tipos de mentalidades de provisión de riqueza obtienen beneficios, pero lo determinante es desde dónde y cómo los obtienen. La manera en la que practicamos el comercio y entendemos el trabajo es la clave para entender la diferencia entre estas dos lógicas: la primera es generativa a largo plazo, y la segunda es profundamente destructiva incluso a inmediato y corto plazo.

En mi estudio sobre la historia del pensamiento empresarial he detectado claramente varios hitos clave en el deterioro de la mentalidad de abundancia y en el paso gradual hacia una mentalidad de la escasez que lleva varias décadas atentando contra nuestro bienestar social y contra la salud de un sistema socioeconómico sostenido en la actualidad gracias al proceso de pauperización continuo y a sucesivos infartos y golpes de efecto dramáticos.

Durante las últimas 2 décadas mi experiencia es que el sistema socioeconómico global ha evolucionado a nivel mercantil, legislativo y de negocio para castigar a las empresas con mentalidad de abundancia y premiar a las empresas con mentalidad de escasez. De este modo la mayoría de empresas que consideramos financieramente exitosas hoy en día se están convirtiendo -con nuestra colaboración- en enormes parásitos que exprimen las estructuras sociales y crecen contra los propios intereses de las sociedades que les proporcionan beneficios.

Esta dinámica empresarial de la gestión de la miseria ha sustituido a la dinámica empresarial de la gestión de la abundancia que trato de honrar cada día. Pongo algunos ejemplos que se derivan de mi experiencia con clientes:

Sostengo que la inmensa mayoría de las empresas en el contexto actual no pueden crecer de forma exponencial sin convertirse en una empresa con mentalidad de escasez y a la larga en una empresa parasitaria. Si bien en la historia originaria del pensamiento empresarial, las empresas crecían gracias a su éxito y asunción de riesgos (empresas ambiciosas), en la actualidad tienden a crecer gracias a su evitación del fracaso y su omisión de riesgos (empresas conservadoras). Por medio del progreso divorcio histórico entre propiedad del negocio y gestión del negocio, y gracias a la demanda de retornos de inversión cada vez más ajustados, las empresas muchas veces se ven obligadas a crecer contra sí mismas, esto es, contra el valor y/o la identidad que les otorgó su éxito.

En lo tocante al comportamiento organizacional, lleva varias décadas siendo frecuente el fomento de la competitividad entre departamentos para ver quién da más dinero con menos recursos, lo que favorece una guerra fratricida continua entre talentos en una carrera de la rata por destacar contra otros y no en colaboración con ellos. La guerra extrema por el recorte de costes está comenzando a resultar cómica en el interior de las organizaciones. Se da el caso de empleados que tienen dificultades para reservar salas de reunión o puestos de trabajo en sus propias oficinas, porque las empresas han implementado un sistema de aumento de la eficiencia en el uso de las oficinas que implica estar continuamente buscándose la vida para poder trabajar. Dinámicas similares se dan en el uso de otros recursos.

Las guerras de precio y tiempos que se dan en sectores como el logístico o el de reparto y distribución de mercancías, así como en el transporte, están muy ligadas a esta gestión de la escasez en la que entre la satisfacción del cliente final y la del propietario del negocio, pocos interlocutores ubicados en medio de esa cadena de valor se encuentran satisfechos o al menos desde hace años han aprendido a conformarse con estar medianamente insatisfechos.

Lo anterior nos lleva a un punto clave en el giro hacia la gestión de la escasez en nuestras sociedades: el hecho -para mí ya evidente a tenor de mi estudio y experiencia- de que las empresas con mentalidad de abundancia favorecen una batalla por la riqueza que da lugar a una riqueza social sistémica, proporcionada y equitativa; y las empresas con mentalidad de escasez favorecen una batalla por la riqueza que da lugar a la expansión de la pobreza social sistémica, no proporcional y desigual.

¿Hay alternativas a la actual inercia empresarial? Defiendo que sí. Cada día amanezco para trabajar por ellas.

 

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Sobre raros y estúpidos

Sobre raros y estúpidos


 

«…Y es que parece connatural al ser humano ver con malos ojos
 la dicha ajena recién alcanzada, y pretender que la fortuna
  con nadie sea más exigente que con aquellos
 que conocieron un estado semejante al tuyo.»

maestro Cornelius Tacitus,
 Historiarum Libri, 20 (año 100-110)

 
 
Dos grandes males aquejan a la condición humana desde tiempos pretéritos: todos nos creemos muy listos, y derivado de ello castigamos a los pocos que realmente lo son. Somos supervivientes de estas dos enormes lacras con las que convivimos a diario y que eternamente nos pueden y superan. Nada de lo que Tácito, Suetonio, Lucrecio o cualquier de las sagradas escrituras o poemas épicos antiguos no advirtieran.

Hoy quiero hablar de cómo contener, domar y transformar nuestra perturbada comprensión de la rareza, y de algunos antídotos contra la falsa creencia de esa supuesta inteligencia humana que nunca duerme.

Hablo en primer lugar de la inmensa variedad de formas en las que la mayoría de miembros de mi especie (ORTODOXIA) tratan de vejar, denigrar, excluir, atacar, humillar o penalizar a priori a una eterna minoría de personas intelectual, sensitiva o socialmente extraordinarias (HETERODOXIA) que han nacido o se educan para destacar, y de cómo solo muy pocas de estas personas logran superar este rechazo constante para aprender a brillar. Pero también hablo de una creencia lacerante que subyace a todas nuestras acciones: el absurdo, ridículo y contumaz error de presuponer que la mayor parte del tiempo todos y cada uno de nosotros actuamos de forma consciente, cabal o inteligente. Estos dos graves males condicionan la vida diaria de toda la Humanidad. Mi propuesta es clara: aceptar la estupidez humana como realidad constante con el ánimo de vivir para contenerla (humildad y vocación académica), y dejar de fabricar hogueras continuas contra aquellas escasas personas que nos ilustran y nos hacen pensar.

Este artículo tendrá los siguientes apartados:

  • Por qué no aceptamos la estupidez y la rareza
  • Cómo aprender a ser menos estúpidos y fomentar la rareza

Comenzamos.

 

POR QUÉ NO ACEPTAMOS LA ESTUPIDEZ Y LA RAREZA

Expondré lo evidente: nos cuesta aceptar que el animal con mayor índice de inteligencia social de la historia evolutiva sea con toda probabilidad el ser vivo más estúpido a nivel individual. Nos duele ver que somos capaces de construir grandes cosas unidos, y a la vez comprobar que somos capaces de las peores y más estúpidas cosas en la intimidad de nuestros pensamientos o la media luz de nuestro despacho o nuestro cuarto. Duele aceptar la realidad pero algunas evidencias la confirman. En primer lugar nuestra Historia es cíclica y no lineal. Esto quiere decir que de forma constatada repetimos una y otra vez los mismos errores pero con nuevas tecnologías y capacidades reinventadas. Nos cuesta mucho menos inventar un transbordador especial que orbite alrededor de la Tierra o coordinar una cirugía cardiovascular milimétricamente precisa, que mantener una conversación honesta en la que pidamos disculpas a nuestra pareja o ser capaces de mantener una mínima disciplina de salud mental o física.

El consuelo de las tradiciones milenarias hasta la llegada de la Edad Moderna consistía en depositar todas nuestras esperanzas por mejorar nuestra ESTUPIDEZ NO ACEPTADA en pequeños destellos históricos y muy poco frecuentes llamados GENIALIDAD INDIVIDUAL. El problema es que muy pocas personas anómalas (fuera de lo normal), extraordinarias (fuera de lo ordinario) o diferentes (fuera de lo único) han sido capaces de sobrevivir a las constantes muestras de rechazo, incomprensión, desprecio o castigo que la normalidad mayoritaria infligía sobre ellas. De hecho hemos entendido siempre el virtuosismo exquisito de los verdaderos genios que llegan a consumarse y reconocerse como tales, como una historia de lucha y superación constante contra la medianía moral o la mediocridad social que les rodeaba, y hemos entendido este rechazo o incomprensión social constante como algo necesario para que la genialidad brotara si tenía que brotar. En el camino no hace falta decir que se han quedado sin reconocer ni poder serlo, enormes genios que han sido verdaderas víctimas de nuestra eterna estupidez. Sobran los ejemplos: encuentren ustedes por su cuenta todo tipo de biografías de personas que siglos más tarde adoramos pero que en su tiempo fueron humilladas o condenadas al ostracismo o el hambre.

En realidad -no nos engañemos- de lo que estamos hablando aquí es de pecados capitales. En concreto hablamos de ENVIDIA (un síndrome de inferioridad masivo fruto de la comparación insufrible de sabernos menos dotados que esos raros) y de SOBERBIA (esa colección de sesgos cognitivos que nos impiden ver la viga en el ojo propio pero nos hace finísimos detectando la paja en el ojo ajeno). Pero igualmente estamos hablando de dos actitudes ante la vida: el INCONFORMISMO de quienes creen que debemos darnos la oportunidad de mejorar, o el CONFORMISMO de quienes viven activamente para quitárnosla.

Con la llegada de la Edad Moderna la admiración por la GENIALIDAD INDIVIDUAL continuó pero la ficción de creer vivir en una especie de INTELIGENCIA COLECTIVA llegó para quedarse. Si bien en la Antigüedad la mayoría de mortales no tenían grandes razones para presumir o sentir un vano orgullo por lo que hacían a diario dado que la jerarquía de privilegios y capacidades era evidente, con la Modernidad fuimos reinventando una y otra vez las razones para creer que debíamos presumir, sentirnos orgullosos e incluso publicitar a diestro y siniestro toda clase de vulgaridades y gilipolleces que en otro tiempo -y también en este- carecerían por completo del mínimo interés.

Huelga decir a la hora de contrarrestar estos dos males de la negación de la estupidez propia y la lucha contra la rareza ajena, las propuestas de la cultura posmoderna que sucedieron a aquella época y que hoy son hegemónicas en nuestro modo de entender y ver el mundo, no solo no resolvieron el problema sino que contribuyeron a acrecentarlo. Por un lado la condición posmoderna nos invita a universalizar la rareza encumbrando la vulgaridad como algo auténtico, admirable o extraordinario en esa fábrica de llorones perpetuos donde todo ser banal se cree auténtico en esa máquina de multiplicar nuevas formas de victimismo en la que estamos convirtiendo a nuestras sociedades. Por otro lado lo posmoderno apuesta por una hipercorrección conductual (totalitaria y alérgica a la crítica), una deconstrucción cultural (nihilista y sin propuestas), y un relativismo moral (antiético y precarizante) que nos dejan huérfanos de sentido y nos aleja de toda norma o principio. Dicho lo cual, ambas tiritas son en realidad aciagos cánceres.

El caso es que la incapacidad del animal más inteligente de la Tierra para reconocer su propia estupidez y de la incapacidad de algunos de sus más escasos miembros para aceptar su rareza en el ánimo de poder encajar en el rabaño, nos ha condenado a una sucesión estrepitosa y muy desequilibrada de infinitos errores y muy escasos aciertos a lo largo de la Historia.

Dado que las personas que más admiro son aquellas que siendo raras aceptan su rareza, y aquellas que siendo raras o normales reconocen su propia estupidez, me propongo ahora sugerir qué hacer a diario para que las primeras no se encuentren siempre al borde la inanición o la extinción, y las segundas no sigan multiplicándose hasta llegar a ocupar los más ínclitos y destacados puestos de gobierno, éxito o poder.

 

CÓMO APRENDER A SER MENOS ESTÚPIDOS Y A INTERIORIZAR LA RAREZA

Dos premisas me han resultado inmensamente útiles a lo largo de mi vida para conquistar grandes cuotas de bienestar y tranquilidad:

En primer lugar vivir aceptando que la la práctica totalidad de personas -incluido yo mismo- durante la mayor parte del tiempo se comportan de forma estúpida. De hecho aunque la mayoría de personas desearían no ser estúpidas, trabajan a diario activamente para serlo sin ninguna voluntad, esfuerzo o intención de mejora.

Dado que inequívocamente todas las decisiones que he tomado en mi vida y los hechos que las respaldan demuestran que soy raro, en segundo lugar vivir aceptando que soy raro -y por eso enormemente necesario para muchos- y tratar en todo momento de sentirme genial por no encajar en la inmensa mayoría de lugares, actitudes o ideas en las que casi todo el mundo se siente cómodo o a gusto. Todo ello bajo el solo pretexto de entender que estar completamente adaptado a una sociedad profundamente enferma no parece muy buena señal de casi nada (gracias Jiddu por aquel texto). Hace muchos años cuando era niño me hice la promesa de no seguir tratando de encontrar sentido a la inmensa y abrumadora cantidad de gilipolleces que hacían y seguirían haciendo los adultos, y me propuse -en ello sigo aún hoy- tratar simplemente de corregir en mi propia vida aquellos comportamientos, planteamientos, acciones o ideas que para mí carecen por completo de sentido. Añadido a esto ya adulto entendí que querer cambiar las cosas (mejorarlas) no implica necesitar humillar a quienes prefieren no hacerlo. En todo el espectro de vida que abarca la naturaleza a la que pertenecemos, tiene que haber de todo y todos -lo creamos o no- somos por uno u otro motivo necesarios.

A la hora de entender el enfoque de mi trabajo diario como facilitador de cambios significativos en empresas creo que es útil destacar y volver a incidir en la importancia de 2 aproximaciones que considero casi inéditas en mi profesión:

Acepto que la mayor parte del tiempo y la mayoría de personas somos estúpidas. Generalmente el resto de mis compañeros parte de la base de que todos somos muy inteligentes o buenos y que las personas solo tenemos que encontrar nuestra esencia. El camino que yo recorro es el inverso: parto de la base de aceptar que todos somos estúpidos y frecuentemente perversos y dispersos, y tan solo tenemos que aprender a controlarnos de manera que vivamos haciendo el bien para dignificar nuestra existencia. Creo que logramos un mundo mejor si aceptamos nuestra enfermedad intrínseca en lugar de maximizar o exagerar las supuestas bondades sistémicas de nuestra condición. Soy en este sentido bastante pragmático. No dejaré de recordar que yo creo en la Humanidad porque desconfío a diario del ser humano.

Comprendo perfectamente la necesidad de que exista una normalidad vigente. De nuevo la mayor parte de mis compañeros se dedica a poner en cuestión o tratar de cambiar la normalidad vigente. Se ríen de ella, la cuestionan, la ridiculizan o la muestran como algo absurdo. No es mi caso. Si algo existe o ha existido -por poner un ejemplo- durante milenios o desde la creación del pensamiento empresarial, es por algo, esto es, hay una razón que no podemos obviar ni minusvalorar si queremos mejorar ese «algo». Así las cosas, acepto que todo sistema -incluido todo sistema humano complejo- necesite formular y defender una normalidad vigente en la que no que quepa todo el mundo. De hecho yo suelo estar entre esas personas que no caben. Mi labor no consiste en hacer que la mayoría cambie las normas, sino en lograr que la normalidad vigente sea medianamente soportable para todos. Aunque a muchos compañeros en esto del cambio les generan urticaria los prejuicios, las tradiciones y las estructuras, yo convivo perfectamente con ellos y no busco derrocarlos, tan solo vivo y trabajo para que la normalidad se construya a partir del cuestionamiento continuo. Esto implica, entre otras cosas, aceptar grados de entropía elevados.

Quiero ahora justificar este doble enfoque:

Dar por hecho que todo el mundo es inteligente, consciente o bueno es el mayor error que una persona puede cometer si quiere mejorar efectivamente el mundo. Aunque al final el amor siempre vence, la estupidez gana por goleada a corto plazo hasta llegar a eso. Aunque al final los hechos son apabullantes y la lógica nos lleva a lo que era de sentido común predecir, hasta llegar a eso la irracionalidad, la ficción y el relato que nos contamos del mundo ganan por goleada a la racionalidad. No tengo ninguna duda sobre esto. Todas mis lecturas diarias, mis experiencias en el mundo empresarial, mis viajes, mi propia y agitada vida, me han demostrado esto que acabo de decir una y otra vez. Pero además es bueno tener presente que hay infinitas pruebas diarias, históricas y sociales de esto. Hace poco escribí acerca del único objetivo significativo que debería tener todo ser humano: aprender a ser estúpido de forma controlada. Esta comprensión de las personas -incluido yo mismo- me ha ayudado a ser más solidario, compasivo y efectivo. Si tuviera que elegir de donde proviene esta enseñanza, a nivel teórico lo tendría claro.

Recuerdo algo que leí hace muchos años y me marcó enormemente. Reunidos los famosos 7 sabios de Grecia al pie del monte Parnaso en Delfos, se les animó a cincelar una inscripción en el templo de Apolo donde las Pitias dictaban sus oráculos. Se les instó a escribir la conclusión universal más valiosa para todo ser humano en su vida. Conocemos el lema más famoso de todos cuantos se escribieron, el de Quilón de Esparta -«Conócete a tí mismo«- pero solemos desconocer lo que Brías de Priene cinceló: «La mayoría de los hombres son malos«. Y yo añado… y además inconscientes, estúpidos y a menudo cretinos, dejando así a las pocas personas sensibles y sensatas en una eterna minoría histórica.

Esto es lo que me llevaba y me lleva a seguir creyendo que debemos aceptar que somos estúpidos para aprender a evitarlo (y por favor no caigas en la comodidad de la desesperanza o el desconsuelo al leerlo y ponte a trabajar por cambiarlo):

  • La enorme mayoría de personas del planeta van a lo suyo casi todo el tiempo sin comprender que «lo suyo» solo puede llegar haciendo posible «lo de todos». Todas ellas abrazan como única forma de construcción común la continua y estresante competencia y por el camino olvidan, denigran o atentan contra la misma vida.
  • La enorme mayoría de personas carece de voluntad y criterio propios: hacen la mayor parte del tiempo cosas que no quieren, trabajan en lugares que detestan, duermen con personas a las que no aman, se dejan llevar por lo que dice el más aparente o por lo que les hace sentir mejores (aunque sea falso) y no se comprometen con el esfuerzo de estudiar ni ilustrarse para ver más allá de la vida que heredan.
  • La enorme mayoría de personas son suicidas inconscientes inasequibles al desaliento: atentan contra su salud mental y emocional a diario, a menudo mueren sin haber vivido, con sus hábitos diarios asesinan sin excepción ni descanso la vida, están por lo general perdidas sin saber lo que buscan de modo que no se encuentran. Y en consecuencia ofenden a su propio planeta.

Para mí el resumen de los anteriores 3 puntos es lo que se conoce comúnmente como seres IMBÉCILES. Y además digamos que somos IMBÉCILES INCONSCIENTES porque hacemos todo esto -es decir, dañarnos- sin saberlo o, lo que es peor aún, sabiéndolo. En esta especie de holocausto de la inteligencia que caracteriza al ser humano confieso que trato de militar en la eterna resistencia aunque reconozco recaídas.

Es pues saludable aceptar la existencia de una normalidad vigente que siempre será mediocre y nunca será excelente, porque aunque no lo creamos es la única forma virtuosa de que todos los implicados convivan. De hecho es ley de vida y propiedad de todo sistema. Del mismo modo que un ser humano necesita neurológicamente sentirse seguro en un contexto concreto en el que poder descansar y bajar sus defensas, todo colectivo necesita una normalidad vigente cuyos fundamentos y dinámicas solo se renueven cada mucho tiempo. Me ha costado la primera parte de mi vida comprenderlo. El cambio significativo no llega de atentar contra la normalidad vigente, sino de renovarla. Añadido a esto, por mucho que raros como yo se empeñen, no tendría sentido que las sociedades estuvieran pensadas para el raro, el distinto o el diferente. Toda sociedad de seres vivos desde hace milenios se regula de acuerdo a lo mayoritario y lo mayoritario se conforma en torno a la normalidad vigente, de suerte que el grado de civilización de una sociedad se mide por la manera en la que trata a aquellos que no forman parte del estándar aceptado de persona.

En nuestras sociedades europeas este estándar ha evolucionado con el tiempo pero hoy en la mayoría del mundo global sería el siguiente: varón, occidental, blanco, heterosexual, conformista, culturalmente anglosajón, judeocristiano, moralmente distraído, evasivo respecto al abismo económico y climático, con una edad comprendida entre los 30 y 45 años, productor, propietario de una vivienda, con pareja de larga duración, creciente capacidad de consumo, varios coches y un hijo. Para todo facilitador del cambio es bueno conocer que este estándar aceptado de persona vigente cambia en función de los territorios que uno visita pero todos los estándares se subordinan a éste. Todo cuanto no esté en este pack no pertenece a la normalidad vigente y por tanto se enfrenta en alguno u otro modo y en alguno u otro momento -y de manera continua- a una exclusión social consecuente a través de costumbres, instituciones, creencias o leyes. De hecho podríamos decir que el número de raros o extraños aumenta en nuestra sociedad actual debido a que cada vez cabe menos gente en un estándar cada vez más estrecho. Nuestro trabajo como facilitadores del cambio – y este es mi enfoque- no es eliminar el estándar sino lograr que ese estándar se amplíe o ensanche para que dentro o fuera de él decrezca el sufrimiento.

No se trata de aceptar o no que exista este estándar o de resignarse a él, se trata de comprender que toda sociedad -sea la que sea- se rige de acuerdo a una centralidad prototípica normativa como base y garantía de la sostenibilidad del resto. Luchar por tanto contra lo Hegemónico es una estupidez supina que no logra ningún cambio significativo de forma eficiente. Sirve más luchar por cambios significativos realistas e incrementales que logren convertirse mirando atrás en enormes cambios respecto a lo que éramos. Basta ya de admirar las revoluciones y comencemos a admirar las evoluciones. Simplemente es bueno entender que aquellos que nacen o crecen en las periferias de esta centralidad, se ven gobernados o determinados por ella. Lo que decidan hacer con su condición -si adaptarse y diluirse en la centralidad o resistir y fortalecer la periferia- es ya cuestión aparte y decisión de cada uno. Por descontado mi vida habla de que elegí lo segundo. Así que cuando me extraño de haber llegado vivo, no lo comento como una queja sino que acepto que lo lógico en una sociedad con una centralidad prototípica como la que he descrito, alguien como yo debería ser continuamente castigado y excluido. Y aunque a veces esto ha sido cierto en todos los ámbitos de mi vida, en líneas generales y por extrañas circunstancias -y probablemente buenas decisiones- he llegado hasta hoy bien. Soy además consciente de que en otras épocas de nuestra historia colectiva ser extraño como yo era directamente mortal, condenatorio. Y por esto celebro haber nacido en mi época.

Si bien no me encuentro cómodo en lo general, me dan urticaria los mítines o los conciertos, tengo alergia a cualquier tipo de credo o sistema de ideas completo y apenas me mantengo en pie cuando camino por la calle entre tanta gente, aún así no soy de esos locos que odia lo estándar, insulta a los que van a los conciertos o hecha pestes sobre la vida urbana. He aprendido a amar lo que hasta cierto punto detesto aunque no lo comprenda. Acepté mal que bien mi condición de extraño y no traté de convertir en ningún momento al resto. Si las personas normales necesitan a las extrañas, los raros lo somos solo porque existe una normalidad. Así, la necesaria métrica del poema social tiende al trato igualitario, a la medianía moral, y a la recurrente existencia de una estabilidad aparente que garantice una sensación asumible de seguridad y control. Esto jamás cambiará ni puede o debe en mi opinión cambiar. Lo que sí debe cambiar -como ya dije- es eso que consideramos normalidad vigente, de suerte que esta normatividad integre y responda al credo de su época. El progreso moral depende en todo de esto.

Nunca en la historia humana ha existido una sociedad para todos y de hecho, a estas alturas de mi viaje, creo que es bueno que no exista. Tratar de que los extraños seamos vistos como normales, jamás funcionaría. Una cosa es que queramos caminar hacia sociedades inclusivas y otra bien distinta es que las sociedades sean rarocéntricas. La normatividad -lo que entendemos por lo normal o lo correcto- debe ser enunciado por las mayorías, y el resto tan solo debemos liderar el cambio significativo que creemos necesario con el ánimo de que otros se sumen.

En mi experiencia, para que alguien sea raro o diferente y pueda inspirar a otros, necesita que exista eso que llamamos Lo oficial, es decir esa suerte de normalidad vigente. He encontrado sobradas pruebas de ello en el ámbito del desarrollo humano (personas, equipos, colectivos y empresas). Esto ocurre porque el creativo, el original o el pionero lo son tan solo porque encuentran resistencia. Pienso por ello que sin una referencia media de algo que transformar, trascender o subvertir, la condición del inconformista no tiene sentido y el raro acaba convirtiéndose en un eterno insatisfecho, es decir, un infeliz insufrible.

Un filántropo me dijo una vez que yo era algo así como un inconformista satisfecho: no me conformo con lo que hay y contribuyo a mejorarlo, pero a la vez me atrevo a disfrutar de lo que ya es presente. Quizás sea demasiado decir. Me gustaría creer que es cierto y por eso trabajo cada día como si lo fuera.

Espero de corazón que este artículo te haya resultado útil. Gracias por tu atención.
 

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La verdad sobre la formación y la consultoría

La verdad sobre la formación y la consultoría

 

«En primer lugar examiné a los hombres,
y llegué a la conclusión de que en esta infinita
diversidad de leyes y costumbres,
no estaban regidos únicamente por sus fantasías»

maestro Charles Louis de Secondat,
barón de la Bréde y de Montesquie,
D l´esprit des lois (1748)

 

El presente texto aborda uno de los dolores más incisivos de nuestra época y que simplemente esbocé en un artículo anterior titulado Radiografía de nuestro tiempo. En este artículo trataré de exponer más detalladamente por qué considero que la práctica mayoría de los servicios de consultoría y formación actuales son completamente acríticos, inútiles y superficiales. Representan en mi experiencia una clara aceleración de la inercia autodestructiva de una sociedad enferma.

Dado que encuentro a menudo a personas que quieren justificar lo injustificable, he decidido hacer el esfuerzo de poner en negro sobre blanco mis ideas. Mi objetivo es doble: poner sobre la mesa el problema acuciante de la frecuente falsedad y mediocridad del profesional de consultoría y/o formación, y tratar de arrojar alternativas viables para superar dicho problema. Hablaré desde la experiencia de más de 20 años de trabajo en más de 14 sectores de mercado, tanto en gran consultoría por cuenta ajena como en consultoría artesana por cuenta propia, y a partir de continuas vivencias, conversaciones y realidades que veo a diario. Tengo mucha tela que cortar y trataré de ser ordenado y sintético a la hora de exponer las ideas esenciales.

Este artículo tendrá los siguientes apartados:

  • El enfoque equivocado de la consultoría
  • La dinámica perversa de la consultoría
  • La falacia de la formación convencional
  • Alternativas reales a esta mierda

Comenzamos.

 

EL ENFOQUE EQUIVOCADO DE LA CONSULTORÍA

La consultoría es tal y como se practica hoy en día la respiración asistida del sistema. En concreto, de un sistema que comienza a ser autodestructivo y afecta a nuestra estabilidad social en muchos sentidos: sanitario, sociológico, económico y ambiental. Resumiendo, cada vez estamos más fundidos y los castillos de naipes caen continuamente. Por contra el mercado actual de los servicios de consultoría en el mundo se sitúa anualmente entre los 700 y los 900 mil millones de euros. Lo que suele hacer el mundo de la consultoría tradicional -lo se por propia experiencia- es parchear los males, las crisis y los dolores del sistema económico mundial en el que estamos inmersos. Los consultores son, por lo general, profesionales de las tiritas atendiendo tumores graves. Y se han vuelto tan necesarios para el funcionamiento de las empresas e instituciones públicas que se han convertido en una auténtica pandemia que en la mayoría de los casos deberíamos combatir.

Tal y como recientemente han tratado de denunciar algunas personas, el sector de la consultoría continúa en aumento a ritmos a menudo 7 veces superiores a los de algunas economías a las que prestan servicio. Hablamos pues de una burbuja inmensa. Veo necesario recordar que la consultoría convencional la engrosan grandes empresas de servicios pero también medianas y pequeñas empresas que repiten una y otra vez las dinámicas perversas de aquellas y que parten de las mismas 4 premisas erróneas:
 

  1. Toda realidad es predecible y lineal de modo que todo problema puede resolverse de forma simple y aislada de acuerdo a la lógica siguiente: Veo un síntoma, me focalizo en atender ese síntoma, alivio o neutralizo el síntoma y me voy. La ciencia médica nos ha enseñado que lo que hay que atender es la enfermedad o el dolor en su conjunto desde la detección combinada de los síntomas, de modo que este enfoque -que practican la práctica totalidad de consultoras que conozco- es sobradamente erróneo y no suele resolver nada. El hecho de centrarme en necesidades puntuales y no atender contextos completos hace que la actividad de la consultoría consiste a menudo en mantener enfermedad latentes parcheando y tapando las diferentes grietas mientras la estructura no cambia, se deteriora o pervierte. La manera en la que este modo de comprensión de los servicios entiende al buen consultor es la siguiente: un profesional es un buen consultor cuanto más predecible y dócil sea para su empleador (empresa consultora) y su contratante (cliente).
  2.  

  3. La realidad se transforma por medio de mi voluntad y mis ideas de modo que no es tan importante lo que yo tengo que escuchar en mis clientes sino lo que puedo cascarles de la enorme paja mental que me he creado llamada catálogo de productos y servicios. En otras palabras, mi trabajo como consultor es vender las cosas que traigo y no comprender y atender las realidades a las que soporto y asisto. Todo lo demás me da exactamente igual. Este idealismo militante, esta suerte de religiosidad rayana en lo totalitario caracteriza los servicios de consultoría presentes en toda organización, y se puede visibilizar bien en forma de metodologías doctrinales, libros, corpus teóricos, presentaciones digitales, intervenciones,… Es un error garrafal que para mí daña enormemente cualquier capacidad real de mejora.
  4.  

  5. El éxito de un servicio de consultoría se mide en términos de ahorro de costes, de suerte que mi trabajo es mejor si lo hago en menos tiempo y si el cliente obtiene mejoras aparentes -aunque no significativas- que le permitan seguir a lo suyo haciendo que todo cambie para que nada cambie en absoluto. Existen consultoría sencillas que no requieren largas intervenciones, son proyectos de corto plazo, pero el verdadero error reside en creer que todo puede reducirse al corto plazo y las acciones quirúrgicas. A menudo los procesos de cambio requieren tiempos largos y exploraciones de la realidad que las consultoras no realizan obsesionados en sus burocracias e hitos absurdos.
  6.  

  7. El cliente siempre tiene razón y yo solo estoy aquí para dársela y aumentar su sesgo de confirmación. Hace tiempo escribí un artículo sobre la tiranía del cliente como paradigma destructivo en el que hablaba de esto, por lo que no desarrollaré aquí mucho más.

 

LA DINÁMICA PERVERSA DE LA CONSULTORÍA

Llevo ya los suficientes años dedicados a esto como para saber cómo funciona la dinámica convencional de la consultoría y la prestación de servicios formativos. El problema es sistémico y está íntimamente relacionado con una comprensión deshonesta y amoral de la prestación de servicios. Vaya por delante que no ha cambiado absolutamente nada en el mundo de la consultoría tradicional durante los últimos 20 años sino que de hecho ha ido a peor. Las mismas prácticas laborales corruptas, precarizantes y extractivas que yo viví en el mundo de la gran consultoría siguen dándose con renovadas formas y canales de explotación de la necesidad del cliente, las condiciones laborales de los trabajadores y la oferta de servicios.

Comparto aquí tan solo algunos retazos en forma de anécdotas sobre lo que digo:

Generar una necesidad en el cliente privado y ser contratado para atenderla: Por lo general la dinámica de la consultoría es completamente transparente para cualquier persona que se haya dedicado a esto y haya tenido algún puesto destacado de responsabilidad o interlocución ejecutiva. Se trata de generar hypes alrededor de conceptos que periódicamente se renuevan gracias a la connivencia absoluta entre 4 actores determinantes:
 

  • Una pedagogía de la adaptación a la inercia por medio de escuelas de negocio acríticas que educan a futuros directivos para contribuir a la inercia sistémica con la colaboración de supuestos referentes nacionales e internacionales en cada una de sus respectivas burbujas,
  •  

  • Una sofisticación cultural artificial y hueca gracias a una industria editorial vergonzosa que imprime y publica libros con discursos simplistas y efectistas que dotan de contenido al mensaje y encumbran como referentes a seres completamente iletrados,
  •  

  • Un altavoz efectivo de dispersión masiva en la forma de una industria endogámica del marketing que amplifica estos discursos convirtiendo en mucho más importantes los medios de difusión que la calidad de las ideas o la coherencia de los contenidos (a través de medios digitales, redacción de textos persuasivos, estrategias de posicionamiento y publicidad spam, falaz y encubierta), y…
  •  

  • Un ecosistema de retroalimentación continua en la forma de foros profesionales ad hoc (charlas de innovación, conferencias, eventos, laboratorios,…) que magnifican conceptos vacíos que nacen y mueren en periodos cada vez más cortos de tiempo. Ejemplo práctico entre miles: Esta misma semana -por no ir más lejos- me comenta un alto directivo de una gran compañía cómo su director de RRHH estaba deseando contratar los servicios de un individuo que se pasea por las tarimas de las conferencias y foros habituales generando su propio hype o burbuja de ideas. El director de RRHH perdía el culo por contratar los servicios de la consultora pequeña que ha creado esta persona y que dice estar especializada en liderazgo y transformación cultural. La realidad: por razones de experiencia y porque todo al final me acaba llegando tras tantos años dedicado a esto, conozco todas las intimidades de esa persona y su empresa y no cuenta con un solo profesionales medianamente capacitado (digo ni uno solo contratado en plantilla de forma directa), de modo que a menudo recurre a personas como yo para abastecer las propuestas de los concursos que gana gracias a generar esa burbuja de ideas. Lo traduzco para que se entienda: esta persona vende humo, practica dumping en los concursos y precariza su profesión ganando mucho dinero. Esta anécdota entre tantas es especialmente dolorosa porque refleja muy bien cómo incluso los propios directivos del cliente se crean todas estas gilipolleces y las compran deseosos. Y así suma y sigue dando pedales a la rueda del hamster.

 
Inventarse profesiones y disciplinas vacías para seguir alimentando la inercia: Durante años también he visto chiringuitos de todo tipo que mutan y adquieren formas rocambolescas. Todos ellos orbitan alrededor de las grandes empresas aunque muchos de ellos prestan servicios a medianas y pequeñas organizaciones tratando de extender al tejido empresarial las mismas prácticas que abundan en el ámbito de las corporates. Estos saraos eventuales no solo continúan hoy en día sino que han ido aumentando sus beneficios: consultoras de marketing digital que viven a base de generar expectativas irreales que nunca cumplen, espacios de coworking que acogen a multinacionales que quieren imprimir un aire cool a la misma mierda de cultura empresarial que defendieron durante toda su vida, supuestas consultoras de transformación cultural son tan solo empresas de formación que diseñan programas de capacitación destinados a beneficiarse de las subvenciones de formación públicas, mercaderes del miedo en forma de expertos en futurología y nuevas disciplinas, limpiadores de conciencia que actúan como «coaches» con los empleados a modo de bálsamo para introducir mecanismos empresariales de explotación laboral encubierta, especialistas en pasear a los empleados una vez al año para repartirse bolazos de goma o pintura o emborracharse en una convivencia, apóstoles del New Age empresarial que defienden estructuras novedosas que nadie es capaz de implantar a ciencia cierta, repartidores de post-its y dibujicos que mantienen a la gente ocupada sin cuestionar lo más esencial o básico de su realidad diaria, caminadores sobre brasas ardientes que empoderan y dan sensación de orgullo a empleados que en su jornada laboral diaria viven agotados y deprimidos, agencias carísimas de conferenciantes que se dedican a explotar durante veinte años una colección de chascarrillos y lugares comunes, profesionales que crean empresas en un «nuevo ámbito de negocio» para venderlas a grandes consultoras que absorben y neutralizan sus ideas, planteamientos y talento…

Amañar concursos públicos e infantilizar la función pública: Durante los primeros años de mi carrera trabajé para grandes y medianas consultoras por cuenta ajena. Entre las prácticas habituales de la consultoría que yo mismo presencié estaba comúnmente aceptado amañar concursos y licitaciones públicas presentando propuestas falsas con empresas pantalla encubiertas. El procedimiento era sencillo. Alguien del sector público fraguaba amistad con alguien del equipo comercial o de ventas de la consultora y le anunciaba exactamente el día en el que el concurso se iba a presentar para que pudiera preparar con tiempo y ventaja su propuesta estrella y otros amigos (generalmente de otras consultoras o como digo de empresas pantalla creadas al efecto) pudieran presentar propuestas menores que por su baja calidad serían rechazadas. La cosa se volvía graciosa cuando -y esto lo viví varias veces- a menudo la mesa de concurso de la administración pública aceptaba una oferta falsa y las consultoras tenían que inventarse un equipo de trabajo y una realidad de servicio que debía responder a una propuesta realizada para no salir adelante. Por extensión, los servicios de consultoría tal y como se contratan suelen reservar las tareas de ideación y resolución de problemas a empresas privadas que acostumbran a los funcionarios públicos a ser meros policías, árbitros o jueces de su trabajo, lo cual genera un sistema distorsionado en el que la dependencia a los consultores aumenta. Hace poco un ministro británico alertaba de ello.

Ejercer una actividad fraudulenta: Durante años se han sucedido los escándalos en las grandes consultoras. La cuota de poder y la capacidad de fraude de las grandes corporaciones prestadoras de servicios asciende cuando adquieren el rol de auditoras. Dado que las entidades estatales y privadas otorgan a las auditoras el marchamo de entidades independientes, a menudo éstas tienen el camino libre para realizar todo tipo de actividades ilícitas o que -cuanto menos- se mueven en el terreno de la amoralidad continua. Muchos organismos públicos reguladores de mercados se han visto obligados a intervenir en determinadas situaciones. Las sanciones se repiten año tras año pero la dinámica sigue siendo la misma. La sensación de impunidad está tan extendida que es frecuente escuchar en las comidas de trabajo con mandos intermedios o directivos que delinquir sale barato.

Vender profesionales inexpertos como si fueran expertos o incluso referentes. Es especialmente sangrante la manera en la que estas empresas engañan a sus clientes con propuestas modélicas que luego son ejecutadas por oompa loompas semiesclavos atados a la mesa. Hablo de juniors y profesionales que se tragan y tienen que lidiar con todo lo que venden auténticos vendemotos de libro.

Evangelizar nuevos adeptos que acaban incorporándose a futuros clientes. Una especialidad altamente desarrollada y practicada por las consultoras es la fabricación de profesionales sin conciencia. Hablo de personas altamente entrenadas en el sacrificio de jornadas maratonianas, que durante años viven la carrera de la rata y -una vez sometidas a la dinámica convencional de la consultoría y sus usos y costumbres de intensificación efectiva- finalmente se incorporan al cliente final. Y ¡Oh sorpresa del destino! cada vez que tienen una necesidad solicitan los servicios de las antiguas consultoras que les dieron la experiencia necesaria para ser incorporados como aristócratas empresariales en la plaza que ocupan en su nuevo hogar corporativo. El ciclo, así, es sencillo: capto a chavales a los que pago una mierda, les hago trabajar todo lo que venden personas más aparentes y experimentadas que ellos, hasta que llega un día en que se convierten en los que venden, para inmediatamente después convertirse en los que nos compran. Un negocio redondo que se lleva por delante la estabilidad de estructuras laborales enteras en favor de la externalización infinita de los servicios. La evangelización es voraz. En varias consultoras yo mismo viví cómo se contrata a chavales en otras regiones más baratas para abaratar costes (lo conocemos como estrategia de offshoring) o cómo se contrata a muchachos de otras regiones y se les facilita que convivan en pisos de la región a la que acuden y en los que en un entorno enfermizo y endogámico acaban hablando de trabajo tras salir precisamente de él. Es lo que llamamos la jornada perpetua. Nunca dejas tu trabajo. La evangelización también se encarga de darte un paquete de bienvenida con mucha tecnología para mantenerte conectado siempre, y establecer carreras laborales en las que asciendes si callas y sigues adelante. Es una estructura de mediocridad acrítica que favorece el seguidismo y la inercia y que cualquiera puede experimentar en la mayoría de consultoras.

 

LA FALACIA DE LA FORMACIÓN CONVENCIONAL

Los servicios de formación son realmente desastrosos. Considero vergonzosas, obsoletas e inútiles 4 realidades evidentes de la formación actual que son muy frecuentes y que tanto contratantes como contratados suelen dar por hecho:
 

  1. El desconocimiento de cómo opera el aprendizaje individual y de grupos que permite que planificadores de formación empresariales y formadores incurran en diseños de formación muy inefectivos y desmotivadores. Hace tiempo hablé de ello en el artículo Cómo diseñar un plan de formación. En lugar de comprender el aprendizaje como un elemento continuo, se entiende reduce todo a cursos puntuales para los que no se libera ninguna carga de trabajo (por lo tanto son vistos como una carga) y a los que se acude generalmente obligado o por compromiso.
  2.  

  3. La mala calidad de los contenidos y el equivocado enfoque debido a formadores iletrados que no realizan ningún esfuerzo por actualizarse, apenas leen y no tienen una formación o experiencia adaptadas a su labor.
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  5. El aparato burocrático corporativo asociado a la formación que impide un aprovechamiento coherente de la formación para cumplir con las exigencias internas de la empresa o las públicas del organismo que subvenciona. Las grandes corporaciones tienen enfoques formativos desastrosos. Conozco muy bien muchos de ellos y salvo excepciones muy puntuales, no aportan nada a los empleados que permanecen quemados en realidades adversas y estresantes.
  6.  

  7. El continuo cortoplacismo que merma la cultura del esfuerzo y la excelencia gracias a formatos de formación de mierda en modo lowcost (MBAs digitales, cursos/secta aspiracionales, programas meramente promocionales,…) de los que participan tanto las personas que los compran (individuales o empresas) como las entidades precarizantes que los ofrecen.

 
Los continuos electroshock que se infligen a los empleados en forma de cursos, charlas o programas de motivación, no parecen aliviar el sopor gris que provoca ir cada día a aguantar viejas y nuevas gilipolleces en el trabajo. Más allá de los cursos de especialización técnica y prevención de riesgos laborales estrictamente necesarios para el desempeño del trabajo, el enfoque de la formación en habilidades transversales es completamente circense.

Frecuentemente muchos clientes se quedan positivamente sorprendidos por el trabajo que realizo en sus empresas. Al preguntarles por qué la respuesta una y otra vez siempre es la misma: lo que haces no tiene nada que ver con lo que hemos vivido hasta ahora. Recuerdo varios casos flagrantes de clientes que habían contratado a empresas de innovación, formación o servicios supuestamente punteras a un muy elevado coste, y que después de trabajar conmigo quedan gratamente sorprendidos. Esto ocurre porque la mediocridad en la prestación de servicios de formación está muy extendida y de nuevo existe una burbuja evidente. Hablo de que la mayoría de estas empresas nacen para cubrir el expediente, ofrecer cursos efectistas, cumplir con la burocracia de las subvenciones públicas y/o repetir una y otra vez las mismas consignas sin ninguna pretensión de actualización, comprensión o adaptación a la realidad de la gente. Es por tanto enormemente complicado hoy en día dar con un formador que sea bueno. Los compañeros que se dedican a esta profesión y que respeto saben bien de lo que hablo porque siempre sale este tema en nuestras conversaciones.

A modo de resumen de lo que he dicho hasta ahora, un formador al uso podría hacer exactamente lo mismo sin temblarle el pulso ni la vergüenza propia en una empresa de telecomunicaciones y en otra de yogures o tornillos. Es completamente normal que los empleados asocien la formación a una chapa continua de difícil utilidad porque sencillamente es lo que suele ser a menudo. Siendo aún más sinceros, reconozcamos que formadores vocacionales que además sepan de lo que hablan hay de hecho muy pocos. La mayoría de profesionales de formación acaba en ese sector porque no sabe qué hacer con su vida: graduados en bellas artes, humanidades, filósofos o sociólogos reconvertidos que no tienen ninguna experiencia empresarial real, ingenieros que se cansaron de sus trabajos y buscan algo cómodo, o antiguos directivos o fundadores de empresa que dieron uno o dos pelotazos y se dedican a dar consejos que nadie pide y predicar que su excepción es la norma. La mayoría de todos ellos se limitan a ser meros sujetos panfletarios o publicitarios de ideas pertenecientes al pensamiento empresarial hegemónico anglosajón o metodologías cansinas propias que consideran llenas de conceptos milagrosos.

Debido a este estado lamentable de las cosas, a lo largo de mi carrera profesional muchas personas han fusilado y copiado indiscriminadamente ideas y discursos que comparto sin que me haya apenas inmutado. Aunque he tenido episodios dolorosos de pérdidas de confianza y desengaños, siempre he sabido que resulta realmente imposible replicar o copiar en la práctica nada de lo que hago. Es una de las ventajas de prestar un servicio humano basado en la honestidad y la autoexigencia. Los copiadores oyen campanas y reproducen discursos pero ignoran por completo las esencias, y a menudo los clientes no son tontos y lo detectan.

 

ALTERNATIVAS REALES A ESTA MIERDA

Espero que este artículo te haya ayudado, lector o lectora, a identificar los males de la consultoría y la formación. Es difícil navegar con garantías por estas aguas turbulentas, lo se bien, pero al menos espero haberte ayudado a detectar posibles trampas y juegos de efecto.

Me he propuesto ofrecerte alternativas para recibir una educación, formación o capacitación de calidad. Ahí van:
 

  • Lo mejor que puedes hacer es cultivar el amor por la lectura, es algo de lo que hablo a menudo y a lo ayudo a mucha gente. Una educación sentimental ilustrada te aporta ética y fundamentos para favorecer la reflexión, una buena base sobre la que acceder al buen juicio y formar criterio propio. Esto es esencial.
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  • Puedes además acudir a foros donde cuestionar tu pensamiento más allá de las cajas de resonancia de las redes sociales o los círculos de confianza que normalmente frecuentas. Hay una larga lista de fundaciones y asociaciones culturales, tertulias, foros de diálogo que seguramente se encuentren cerca de tu ciudad.
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  • Si eres prestador de servicios de formación o de consultoría hay algunas cosas que te pueden ayudar a saber si la estás cagando como profesional o si prestas un servicio honesto. Sabrás que no lo estás haciendo bien si mides tu éxito en función de indicadores exclusivamente cuantitativos y no prioritariamente éticos; si te dedicas a trabajar agobiado por cosas accesorias y no a estar centrado en lo importante para el cliente y para tí; y por último sabrás igualmente que la estás cagando si cada vez que te preguntas si molestas o incomodas a todo tipo de gente te respondes que NO. Caer bien a todo el mundo no es tu trabajo, tu trabajo es hacer que aprendan a solucionar sus problemas y valerse por sí mismos. Si tampoco logras esto último y solo generas clientes dependientes, míratelo bien, puede que tengas que cambiar de enfoque.
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  • Recomiendo también si eres contratante de servicios entender cómo contratar la ayuda al cambio cultural de tu organización desde el entendimiento de las diferentes disciplinas y profesiones del cambio. Tener esta información antes de iniciar cualquier acción de cambio significativo en tu empresa puede ser determinante.
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  • Programas formativos que sean diferentes. No hay muchos, he de ser sincero. Hace unos días hablaba con una compañera de la dificulta de encontrar alternativas auténticas a este atolladero moral. Personalmente he de recomendar aquello que creé durante años con mucho esfuerzo para salir de este circulo vicioso de la formación convencional. Hablo de TRAINING DAYS, un programa ambicioso inspirado en el afán del conocimiento y el aprendizaje ilustrados que queda lejos y completamente curado de todas estas mierdas.

 
Espero de corazón que este artículo te haya resultado útil. Gracias por tu atención.
 

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