por David Criado | Sep 15, 2021 | ACOMPAÑAMIENTO AL CAMBIO

«I love not man the less, but Nature more.«
maestro Lord Byron
Este será un breve artículo en el que niego la mayor. Considero que el conjunto de palabras pensamiento empresarial es un oxímoron. A saber, afirmo que estamos obligados por imperativo de supervivencia a reformular las bases, medios, motivaciones y fines defendidas por toda la historia del pensamiento empresarial. En este artículo defenderé que la manera en la que hemos vivido y trabajado hasta hoy no tiene ya futuro porque todo la arquitectura intelectual que mantiene el funcionamiento de las empresas nos ha procurado un enorme dolor y un indecible sacrificio a cambio de beneficios coyunturales, todo lo cual resulta ya insostenible para la humanidad en su conjunto (a nivel demográfico, social y mental) y para el planeta que habita (a nivel biológico, ecológico y ambiental).
En concreto trataré de argumentar la afirmación que encabeza este texto como título. A medida que continúo con mi larga investigación sobre las causas del malestar de nuestra especie, encuentro claros y evidentes hallazgos cuyos hechos se sustentan en el tiempo. Estas averiguaciones están dando forma a una serie de libros. Hoy quiero compartir de forma sintética uno de los hallazgos contenidos en uno de ellos. Me refiero a la tesis que resumo en esta oración:
El pensamiento empresarial y los sistemas de gestión representan el 4º descubrimiento más determinante de la historia humana tras la agricultura, la escritura y la ciencia, y a la vez son el elemento ecosistémico más suicida de toda la historia natural del planeta Tierra.
Ningún otro factor de presión histórico ha logrado tan sistemáticos, globales y efectivos resultados atentando contra la salud humana y la continuidad de la vida en el planeta. La manera en la que los seres humanos hemos entendido hasta hoy el pensamiento empresarial, ha logrado por sí misma procurarnos cortos periodos y restringidos entornos de estabilidad, pero al más elevado coste natural de la historia de la vida en la Tierra y en detrimento de la enorme mayoría de personas. Más en concreto hablo de que todo esto se ha producido durante toda la historia del pensamiento empresarial desde su gestación en la Edad Moderna hasta su consolidación en la Edad Contemporánea, pero que se ha acentuado insosteniblemente con la completa perversión del pensamiento empresarial en la posmodernidad del siglo XXI (un siglo que considero históricamente inaugurado a finales de los años 80).
Nadie puede decir que el pensamiento empresarial no haya sido efectivo. Lo que precisamente aquí defiendo es que ha sido profundamente amoral, dañino e inconsciente de la manera más efectiva en la que ningún otro elemento o herramienta empleado por un ser vivo ha podido serlo.
Para defender esta tesis que acabo de resumir, permíteme, lector o lectora, emplear el resto del artículo.
Comenzamos.
En mitad de una realidad social llena de incertidumbre, confusión y ruido, toda el enorme ecosistema del pensamiento empresarial con sus escuelas de negocio, congresos, libros, expertos y conferencias no ha logrado resolver o disminuir un ápice la ansiedad, la frustración y el malestar colectivos que el funcionamiento de las organizaciones lleva décadas generando en las personas. Antes bien, toda esa amalgama de profetas y profecías, toda esa religión y esos apóstoles han contribuido -hemos contribuido- década tras década hasta hoy al desastre social y climático que se avecina. Ocupamos horas y páginas enteras hablando de marketing de guerrilla, de empresa aspiracional, de marca personal, de innovación continua, de futuro del trabajo o de liderazgo (con todos sus apellidos), y al hacer todo esto la consecución del desastre se acelera.
La manera en la que todavía entendemos los mercados, el trabajo y las empresas nos envilece, nos sitúa en una exposición continua a caprichos y voluntades inconscientes y externas. Al adorar al dios «mercado» y a sus apóstoles de «tendencias», entregamos el presente y el futuro de la humanidad a un reducido grupo de personas que deciden por nosotros. Personas que no se caracterizan por su sensatez o su ética sino por su inteligencia práctica, su habilidad persuasiva, su ambición desmedida y su socialmente premiada avaricia.
Existen hoy dos verdades innegables. La primera de ellas es que en cada época de la historia de la humanidad triundan sistemáticamente los listos, esto es, los que saben crear y aprovechar su momento defendiendo lo que a ellos les interesa; y son continuamente castigados o ignorados los sabios, esto es, los que saben comprender y defender lo que a todos nos interesa. La segunda verdad es que con el tiempo los listos siempre se olvidan y desaparecen, y con suerte los sabios prevalecen y son siempre recordados para cuando su pensamiento ya no es útil para ellos. Por descontado los listos lideran las empresas, y los sabios se ven cada vez más obligados a salir de ellas.
El problema es que si bien hasta hoy la humanidad se ha podido permitir no escuchar a los sabios en su época y esperar a que posteriores generaciones los escucharan, hoy no disponemos ya de tanto tiempo. Todas las evidencias sociales, económicas y científicas que estoy encontrando en mi investigación apuntan en una dirección: El tiempo de descuento ha comenzado a nivel humano y ecológico. Y mientras los listos hoy se multiplican a través de un sinfín de canales y de medios aumentando el ruido y la mierda, los sabios palidecen y son vistos como desfasados o agoreros.
Nuestro bienestar agoniza en gran medida porque las dinámicas empresariales de las que todos participamos nos invitan a competir y sentirnos cada cierto tiempo insatisfechos. Hemos construido modelos de relaciones que cada vez se fundan menos en la convivencia y más en una comprensión totalitaria de las sociedades de consumo. Mantenemos a la humanidad en una suerte de insatisfacción continua, con fácil acceso a infinitas e inmediatas opciones de consumo que nos aportan fugaces satisfacciones. Hacemos esto en lugar de promover lo contrario: sociedades de personas satisfechas que aprendan a experimentar puntuales insatisfacciones. Hemos hecho que lo primero sea rentable y lo segundo imposible.
La incandescente exigencia de los mercados globales genera en nuestra realidad diaria tensiones continuas y sistémicas que impiden la consecución de una vida plena. El bienestar social y la salud individual se resienten en contextos laborales que nos ahogan y desmotivan. Incluso los intentos o las promesas de incorporar color (en edificios, oficinas, marcas o post-its) a una realidad empresarial absolutamente gris (aburrida, recurrente y miserable) acaba generándonos escepticismo y recelo. En un contexto donde todo se mercantiliza es complicado comprometerse o fiarse de algo o de alguien.
En lo tocante a la misma vida biológica, ya no hay ninguna duda: el deseo de extender las ideas del crecimiento ilimitado, la rapidez y la efectividad a todos los ámbitos humanos, ha generado problemas ecológicos severos que están destruyendo las condiciones ambientales del planeta tal y como lo hemos conocido desde la primera vez que comenzamos a construir sociedades complejas hace 10.000 años. El pensamiento empresarial, profundamente efectivo y contrario a la sensatez y la ética, es el actor fundamental de este homicidio. Me refiero más en concreto a que las actuales bases del pensamiento empresarial tienden a descontextualizar los medios en la búsqueda continua de fines abyectos y procaces. En otras palabras, el pensamiento empresarial que conocemos es absolutamente suicida y sus apóstoles representan nuestra peor pandemia. ¿De qué sirven todos esos grandes modelos de gestión «exitosos» si destruyen la propia salud mental, la convivencia, la vida?
En lo tocante a la ética, hace mucho tiempo que los entornos empresariales no inspiran ninguna confianza ni son sinónimo de honestidad para la gente. Ni las engañinas campañas de publicidad ni los desesperados intentos de lavado de imagen (eco, co, fem,…) de las grandes corporaciones les ayudan a mejorar su reputación. Las empresas siguen siendo tan solo un mal necesario que entendemos como obligatorio. En otras palabras, a menudo vamos a trabajar en tareas que aborrecemos contribuyendo a propósitos injustos.
En buena medida somos víctimas de este bucle infinito porque nosotros mismos lo alimentamos. Adquirimos compromisos y entendemos los ritos de paso de la vida en sociedad de una manera esclavista. En nuestro tiempo madurar significa perder creatividad, libertad y coherencia. Nuestras elecciones nos limitan, nos obligan a trabajar para personas y empresas que no queremos, y con el tiempo aprendemos a justificar y autoconvencernos de que esas mismas limitaciones y esas acciones de nuestra propia vida son correctas. Es así como nos adherimos a ideologías económicas de todo signo y participamos de la insensatez global sacando pecho mientras el mundo natural y el humano están al borde una gran caída.
Por decirlo claramente cada uno de nosotros contribuye a la inercia social suicida en clave histórica y continuista: nuestras limitaciones pasan de una generación a otra fortalecidas e incluso crecen y se engordan para aumentar el problema. Nuestros hijos heredan las consecuencias de nuestras malas decisiones y se ven abocados a seguir idénticos y viejos caminos equivocados pero con renovados aspectos y apariencias siempre jóvenes. Y en esto son iguales ricos y pobres porque la sociedad que heredan tanto unos como otros es para todos la misma. El sentimiento de vacío e insatisfacción acaba afectando a todos en su correspondiente contexto y su proporcional medida.
Motivados por una comprensión del mundo extractiva, por una persecución voraz de la rentabilidad económica inmediata y por el ideal del eterno crecimiento, la cantidad sustituye a la calidad, y lo rápido a lo lento. Hasta tal punto la empresa nos envilece que ningún profesional serio con cierta experiencia laboral se atrevería a negar hoy que en la mayoría de entornos de trabajo ser buena persona es contraproducente. Equivale a ser idiota, ingenuo, inocente en un mundo donde solo nos lideran los que aprenden a dormir sabiéndose culpables. El maquiavélico triunfa sobre el platónico en toda carrera corporativa. La solidaridad y la compasión son vistas como una debilidad en un entorno competitivo continuo. En una suerte de espiral diabólica, el mezquino, el egoísta y el miserable ascienden en estructuras laborales cuyos modelos de negocio se nutren y explotan nuestras peores instintos.
En lo tocante a la esperanza por mejorar la realidad presente, la ingesta continua de metodologías, conceptos, teorías y herramientas superficiales de las que nos suministran el management tradicional y las continuas profecías de innovación, solo aumentan el desengaño y el hastío de la gente. Los trabajadores acuden a cursos en los que no obtienen respuestas, y trabajan en lugares que penalizar el planteamiento de preguntas interesantes. Las personas acumulan certificados y títulos, avanzan en sus carreras profesionales mientras detienen o congelan sus vidas. Continúan con una existencia vacía que les aleja del disfrute y el goce de la belleza de la vida. En este sentido los entornos laborales tal y como los comprendemos nos alejan de la vida presente y nos acercan a la muerte. Toda la parafernalia empresarial existente engorda la religión del trabajo y mata de hambre la verdadera razón de nuestra existencia: la vida. Una enorme burbuja de felicidad aparente y profesionales realizados esconde historias individuales de personas con almas completamente rotas. Paradójicamente los que tratan de inspirarlos o ayudarlos están aún peor. Lo digo porque les conozco.
Una nueva manera de comprender las relaciones humanas y los entornos productivos y reproductivos pide paso. Se hace necesaria una profunda reflexión sobre las bases fundamentales de nuestro entendimiento de la vida y el trabajo. Las sociedades de consumo deben dar paso a las sociedades de cuidado basadas en un entendimiento integral de la vida que incluya la economía pero que no nos esclavice a ella. El viejo maestro Aristóteles diría que lo que tenemos hoy no es economía (administración sensata del hogar), sino crematística (adquisición y acumulación deshumanizante de riquezas).
Nuestras relaciones, costumbres, horarios y expectativas deben cambiar, necesitan cambiar si queremos un presente y un futuro relativamente dignos de ser vividos por nuestros hijos. Ese ha sido y sigue siendo hoy mi compromiso. A esto dedico mis días. Y no soy el único, aunque reconozco que en absoluto somos muchos. Por eso, lector o lectora, te pregunto… ¿Te animas a acabar con el pensamiento empresarial suicida?
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por David Criado | Jun 28, 2021 | DESARROLLO PERSONAL

«Todavía no he encontrado un sitio que no tenga un amo»
El hombre sin nombre (A fistful of dollars, Sergio Leone, 1964)
Es 14 de julio de 1789. La escena ocurre en el Palacio de Versalles, el lugar más lujoso del mundo en la época. A unos quilómetros de distancia, en París, el precio del pan lleva demasiado tiempo disparado, la hambruna es generalizada y la propaganda contra el orden del Antiguo Régimen comienza a surtir su efecto. Un asesor entra en la estancia e interrumpe al rey Luis XVI mientras este anota en su diario: NADA en referencia a su falta de éxito en la caza mayor de aquel día. Acelerado, el asesor se dirige al escritorio y le dice en alto tras la genuflexión pertinente: Señor, acaban de tomar la Bastilla. El rey, inmutable, pregunta extrañado: ¿Es una revuelta?. El asesor con gesto serio le responde: No señor, es una revolución.
Esta anécdota ha quedado para la posteridad de la historia como uno de los mayores ejemplos de distanciamiento de la realidad que puede llegar a cometer un militante de su propio pensamiento. Del mismo modo que la caja de resonancia de la corte versallesca del siglo XVIII impedía a su monarca conocer la verdadera realidad que acontecía fuera, defenderé aquí que la cultura de cancelación produce el mismo efecto en nosotros. Desde aquel día de 1789 sabemos que la Razón no es la defensa del pensamiento propio sino la búsqueda del pensamiento real de forma colectiva. Hoy explicaré por qué y cómo estamos dejando de hacer esto a un ritmo acelerado, es decir, por qué nos estamos convirtiendo en millones de reyes Luis XVI.
Este artículo pretende poner sobre la mesa un problema acuciante en cada uno de los estratos de nuestras sociedades: familia, relaciones afectivas, instituciones y empresas. Se trata de una pandemia cognitiva sin aparente límite que nos convierte en seres estúpidos acreedores de una razón totalitaria evitándonos el trabajo de pensar o razonar en común. La cultura de la cancelación viene a ser la reedición posmoderna de los antiguos lenguajes totalitarios que estudiara Jean-Pierre Faye en la posguerra de las dos guerras mundiales, y también se puede entender como el rescate de la conformación de discursos normativos que la maestra Hannah Arendt estudiara a lo largo de toda su obra.
He dividido el artículo en 4 apartados:
- Qué es la cultura de la cancelación
- Por qué ridiculizar o «cancelar» personas o ideas no es útil.
- Por qué la cultura de la cancelación no favorece una sociedad más justa
- Por qué ningún discurso puede ser impuesto bajo el pretexto de la coherencia
Comenzamos.
QUÉ ES LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN
Denomino cultura de cancelación (de su original anglosajón cancelling, block o cancel culture) al proceso de exclusión moral, social, relacional o financiero que la defensa de un denominado discurso válido o aceptado realiza respecto a otras narrativas o discursos a los que ridiculiza o resta el derecho de expresión, razonamiento o argumentación de manera previa. Esta exclusión suele manifestarse en nuestros días en 3 formas de clara y rabiosa actualidad: a través del boicot directo o indirecto (en medios de comunicación o por comportamiento lesivo o abusivo en redes tecnológicas asociales), por medio del silenciamiento público (mediante la invisibilización o la moderación sesgada de debates o diálogos) o por medio de la autocoerción, la autocensura y la evitación de la diferencia o el conflicto (las formas más comunes son la automoderación o la autocancelación; como respuesta a lo no aceptado o polémico, creamos temas o discursos intocables).
La cultura de la cancelación ha existido siempre en nuestras sociedades y se sitúa en las antípodas de la racionalidad y la búsqueda de entendimiento. En términos de relaciones sociales y comportamiento humano considero que su actual proliferación masiva es una consecuencia difícilmente contenible de las llamadas sociedades digitales. Estaríamos así viviendo una continua noche de los cristales rotos gracias a la retroalimentación constante de discursos y contradiscursos a través de canales de comunicación anónimos aunque omnímodos que nos incitan a la constante militancia. Forma parte de la cultura de la cancelación opinar contra el otro y no tanto opinar a partir del otro. El otro es una contraparte, un émulo, un enemigo idealizado e irreal contra el que defenderse. En el universo del maestro Carl Gustav Jung el que se defiende de el otro es el héroe, eternamente desconocoder e ignorante de la realidad a la que combate dado que su hiperactividad militante le impide reflexionar. Así, el inconsciente colectivo vendría a validar la continua generación de arquetipos en la cultura de la cancelación, pero esta vez no de acuerdo a patrones emocionales o de conducta, sino de acuerdo a patrones discursos que consideramos en su totalidad válidos o inválidos sin término medio. Y he aquí el problema: «sin término medio», esto es -como diría Aristóteles- sin virtud.
La cultura de la cancelación necesita censores, esto es, policias de la palabra, personas que en mitad de una supuesta sociedad hiperconectada, son capaces de conservar de forma aislada sus respectivas cajas de resonancia, espacios seguros en los que no se argumenta o razona sino que se dan ideas o hechos por supuestos. Estos lugares comunes en los que practicar la estupidez se caracterizan por un hecho: hablar siempre sale gratis mientras hacerlo no se salga del discurso. Para solucionar esto, en mis intervenciones suelo defender que hablar debe costar siempre algo, esto es, tener consecuencias en algún sentido tanto positivo como negativo. Cuando esto no ocurre, o cuando todo el mundo aprueba algo, es que o bien no se ha dicho nada o bien no se ha aportado nada interesante. En contra de lo que la cultura de la cancelación defiende, solo se avanza cuando dos personas piensan distinto, porque solo así se da lugar a la dialéctica.
La cultura de la cancelación es hoy -para nuestra desgracia- omnipresente. Se practica en todo tipo de tradiciones y corrientes políticas, está presente en cualquier conversación que entablo a diario y -en lo que a mí más me preocupa- en todos los sectores de actividad profesional y empresas. Porque aunque no dejemos de negarlo a diario, la llamada cultura corporativa es a todos los efectos la forma explícita, oficializada y sistemática en la que practicamos la cultura de la cancelación en los entornos productivos existentes. La absurda manera en la que hoy entendemos las empresas está más cerca del modelo de disciplina militar o iglesia -aversivo a la mejora y proclive a la validación de prejuicios por medio de la fe, la tradición y el principio de obediencia debida- que del modelo de parlamento -otrora característico del desarrollo humano y enfocado al debate y el afrontamiento. Nuestras empresas son por tanto evitativas, no compiten mediante la búsqueda de razones o argumentos sino que imponen mediante la obliterada máxima masculina de el más grande o el más fuerte, lo que se traduce en nuestro tiempo en las neoclásicas variantes de el más rentable o el más eficiente.
Es importante comprender que lo opuesto a la cultura de la cancelación no es una cultura del todo vale sino una cultura del razonamiento, el cuidado y el diálogo. Como ya dejé dicho aquí no todo vale y no todo es respetable pero somos todos los que tenemos que decir qué es lo que no vale y lo que no es respetable. Que una cultura concreta, una escuela de pensamiento o una o varias personas en una conversación se erijan en las decisoras de lo que vale es de todo punto contraproducente. La cultura de la cancelación no se combate con esa horrible forma de estar en el mundo que representa el relativismo moral, sino con una actitud racional e ilustrada de entendimiento. Quien no se educa, vive del criterio de otros y es por tanto fácil pasto de una u otra caja de resonancia.
POR QUÉ RIDICULIZAR o «CANCELAR» PERSONAS O IDEAS NO ES ÚTIL
El cuerpo es la caja de resonancia del alma y la voz es su sonido. Todo el que calla a otro atenta contra la sinfonía de la condición humana. Para hacer justicia ya están los tribunales. Justicieros del mundo, estudiad y practicad Derecho. Tanto en las conversaciones como en el escenario público se suele escuchar que la cultura de la cancelación es útil para castigar comportamientos dolosos o para hacer frente común ante discursos de odio o ideas consideradas denigrantes. No dar pábulo ni invertir tiempo en hablar sobre determinados actos o con determinadas personas, ayuda -se dice- a que esas ideas o personas no adquieran relevancia. Personalmente defiendo que ni siquiera en estos casos resulta útil.
Aún en el caso de que consideremos a la persona o sus ideas universalmente reprobables, la historia nos ha enseñado sistemáticamente una lección: el verdadero problema de no hablar sobre determinas ideas o de excluir el contacto o la conversación con alguien, es que dejando de hacerlo el problema no queda resuelto, sino que simplemente queda latente en la sombra, lo cual acaba siendo aún más doloroso a la larga. De la misma manera que utilizar una aplicación de retoque fotográfico para eliminar a una persona de una imagen, no elimina a la persona ni el hecho de que estuviera allí; suprimir o borrar la expresión de una idea no hace que la idea desaparezca. Como sociedad casi exclusivamente volcada al cumplimiento de la voluntad propia, deberíamos reflexionar sobre el hecho de que querer que algo sea real no implica que realmente lo sea.
Nada tiene que ver visibilizar un problema con bloquear la capacidad de argumentación de alguien. Tenemos buenas y recientes pruebas de ello. Los movimientos Black lives matter o Me too son iniciativas que suponen una necesaria llamada de atención como gritos de alarma contra vestigios opresores que todos hemos presenciado y debemos superar. Y a la vez son también una buena prueba de que por sí solas las campañas de visibilización no modifican realidades, sino que tan solo promueven que se hable abiertamente de ellas. Solo cuando campañas de este tipo se convierten en ajustes de cuentas sociales más allá del Estado de Derecho, este tipo de iniciativas se vuelven reprobables, pero mientras visibilizan problemas favorecen la denuncia de injusticias. Como oposición a estos movimientos encontramos claros ejemplos de cajas de resonancia: Las campañas de desprestigio en las redes tecnológicas asociales que a menudo incurren en delito de calumnias, los cortes audiovisuales de todo signo y color con títulos de lenguaje agresivo (Iñigo Errejón calla la boca a VOX, Ortega Smith le calla la boca a Susana Griso, Pedro Sánchez responde al infame Aznar y le da donde más duele), o la moderación sesgada de diálogos o debates son ejemplos claros.
Por mucho que uno pueda simpatizar con ideas que se plantean en determinados foros o contextos, un ejemplo claro de la cultura de la cancelación lo representa el programa de debate GenPlayz (el desarrollo de su programa sobre conciencia de clase es el mejor caso práctico que se puede encontrar en un directo sobre cómo se produce el fenómeno del blocking en las conversaciones), o programas de radio como Buenismo Bien -que hace mucho tiempo que abandonó su intento de establecer un diálogo asertivo- o La mañana de Federico (en los que sistemáticamente se caricaturiza la realidad social dando por universalmente válidas premisas ideológicas particulares), aunque sobran los ejemplos de cajas de resonancia destinadas al descrédito ajeno en la red. Añadido al problema de la cultura de la cancelación, encontramos el fenómeno del funcionamiento opaco de los algoritmos de sugerencia que -hoy ya lo sabemos- no luchan contra las creencias propias sino que las perpetua generando burbujas sociales y cámaras de eco.
En este sentido la cultura de la cancelación es a todos los efectos uno de los instrumentos más comunes de la cultura de la evitación posmoderna, o eso que Han denomina la expulsión de lo distinto. Y pese a ello a nivel cognitivo y social sabemos que evitar o huir del dolor no evita en ningún caso a ningún ser humano un futuro sufrimiento. La cultura de la cancelación está así intrínsecamente vinculada a la cultura de los llamados ofendidos, personas que adolecen de un comportamiento epidérmicamente asertivo basado en defender que los sentimientos propios de dolor, frustración, asco, rechazo o ansiedad que les genera un comentario, una idea o una persona son suficientes para solicitar a esa persona que no vuelva a hablar de ello o para intentar convertir su propio territorio emocional evitativo en una norma social genérica y aplicable para todos. Se trata de un falso comportamiento asertivo por cuanto la persona no se responsabiliza de afrontar sus propios sentimientos sino que demanda al resto de la sociedad en su conjunto que acepte sus líneas rojas. Esto contradice no solo la larga tradición humana del diálogo y el afrontamiento en abierto de las diferencias, sino que omite la capacidad de mejora de un grupo social a largo plazo tratando de normativizar el comportamiento social a todos los niveles (ideológico, discursivo, afectivo, político, conversacional) por medio de la imposición y no por medio de la amplia mayoría y el consenso.
POR QUÉ LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN NO FAVORECE UNA SOCIEDAD MÁS JUSTA
Se ha dicho también que la cultura de la cancelación es útil en el seno de nuestras sociedades para favorecer un mejor posicionamiento de las exclusiones sociales históricas (clase trabajadora, migrantes, mujeres, orientaciones sexuales, etc…). Bajo esta premisa se defiende que todo tipo de colectivos indeterminados o genéricos tradicionalmente excluidos o vejados tienen derecho a imponer sus discursos en una especie de movimiento pendular en el que -así se dice- un discurso minoritario aunque justo se impone a un discurso mayoritario aunque injusto a través de leyes o nuevas narrativas. Podría argumentar mucho contra esta forma de entender las relaciones humanas, pero resumiré mi rechazo en torno a 2 argumentos:
Lo sostenido en el anterior párrafo es una enmienda a la totalidad de las bases del comportamiento democrático en todas sus formas políticas y sociales de pensamiento (liberalismo, republicanismo o comunitarismo, y tradicionalismo o conservadurismo) dado que presupone que la sociedad debe ser primero legislada para cambiar actitudes y comportamientos cotidianos, y no al revés, como el Estado de Derecho desde Grecia defiende, es decir, desde el nacimiento de la democracia no es la ley la que crea el comportamiento aceptado, sino que es el comportamiento aceptado el que crea la ley por medio de la representación legítima de la soberanía popular. En otras palabras, la Razón, la convivencia y la democracia no admiten atajos, son -y deben de ser por su propio carácter y orientación a la convivencia- lentas pero a la larga efectivas.
Mi segundo argumento tiene que ver con una vacuna natural contra el totalitarismo. Cuando se pierde la necesidad de criticar de forma fundamentada lo que otro dice o hace, se pierde el contacto con la realidad y se acaba incurriendo en los más absolutos atropellos. Cuando cualquier de estos colectivos históricamente vulnerables o excluidos cancela o aisla determinados discursos, ideas o personas, se evitan a sí mismos escuchar críticas externas que les permiten reflexionar y mejorar. Y por otro lado, el excluido, cancelado, bloqueado o castigado genera un discurso propio como defensa a esa cancelación que en último término acaba siempre teniendo simpatizantes o seguidores. Por ello las exclusiones sociales no se mitigan o eliminan omitiendo a los supuestos discriminadores, sino razonando y hablando con ellos o -mejor aún, y esto es para nota- no creyendo que uno tiene la completa razón universal sino tratando -como diría Spinoza- de comprender al otro sin necesidad de justificarle pero tampoco sin la actitud binaria de alabarle o reprocharle.
POR QUÉ NINGÚN DISCURSO PUEDE SER IMPUESTO BAJO EL PRETEXTO DE LA COHERENCIA
Señalaba hace poco el maestro Ernesto Castro que «la coherencia o la incoherencia son adecuadas dependiendo de la base de la que se parta. Si eres estúpido, que seas incoherente le puede venir genial a la sociedad«. Poco más que añadir a estas sabias palabras. Un discurso no puede ser defendido contra otro que se cancela por el mero hecho de arrogarse la posesión propia de la coherencia. Si en una conversación dos personas que hablan tratan de dirimir alguna lógica o consecuencia a partir de la búsqueda de la coherencia, ninguna de ellas se entenderá en absoluto porque cada una de ellas probablemente tenga lógicas y coherencias propias. El diálogo fructífero no parte de una insana y ficticia idea de perfección discursiva (coherencia) sino que se mueve sobre la base de la contraposición y aportación de argumentos e ideas. La diversidad suma, no resta.
Haré un último inciso respecto a esto que acabo de señalar. Si algo nos falta en nuestras sociedades actuales no son personas que hablen u opinen, sino personas que lo hagan con criterio. Hablar y convencer es relativamente sencillo utilizando las técnicas adecuadas, razonar con propiedad y voluntad de encuentro es lo verdaderamente complejo. Nos faltan buenos argumentos y buenas ideas, nos sobran cajas de resonancia, altavoces y prejuicios.
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por David Criado | Abr 21, 2021 | DESARROLLO DIRECTIVO

«Las épocas de heroísmo son generalmente épocas de terror«
maestro Ralph Waldo Emerson, El heroísmo
El nivel de desquiciamiento colectivo está llegando a niveles asombrosos. Lo reconozco, a veces cuando leo algunas cosas la postura que tiene el tipo que encabeza este artículo me posee. Es como si me dijera a mí mismo en alto: ¿En serio está ocurriendo esto?. No tengo ya ninguna duda: el homo economicus que soñaron los padres fundadores del neoliberalismo posmoderno está mutando a homo estupidens a un ritmo acelerado. Espero acabar la investigación y los libros antes de que hayamos olvidado leer o nos parezca poco trendie pensar de forma crítica. Convengamos en algo: Últimamente el mundo anda más loco de lo normal. No es solo la pandemia, es más bien un proceso de estupidización global. En medio de toda pandemia o carestía, surgen los profetas. En otras palabras, a río revuelto, ganancia de pescadores. El profeta que me ocupará hoy se llama Florentino Pérez. Vayamos por partes.
Recientemente Andy Stalman, una persona cuya labor sigo desde hace años y cuyo trabajo observo y respeto, ha publicado un artículo sobre la propuesta de Superliga abanderada por Florentino Pérez. Pude conocer su artículo La Superliga Europea, caso de estudio para el mundo de la empresa gracias a la impactante publicación en Linkedin que figura más abajo. Sirva este artículo como alternativa a la propuesta de reflexión del maestro Andy Stalman. No suelo coincidir en casi ningún análisis que hace Andy sobre la realidad actual de nuestro mundo, pero ello no me impide respetarle y considerarle lo que es, un buen maestro del marketing.
Este artículo breve tendrá 3 partes. En ellas trataré de exponer por qué la Superliga es el perfecto ejemplo de…
- MARCAS Y NEGOCIOS QUE NOS ENVILECEN: Aquí explicaré cómo nos empobrece la creación de marcas o negocios elitistas sin valor de mejora social, sin ninguna voluntad de cambio significativo y sin ganas de fomentar comportamientos éticos o solidarios.
- EL RANCIO MANAGEMENT DE SIEMPRE: Aquí abordaré cómo la inercia amoral y acrítica del pensamiento empresarial predominante desprecia a las mayorías e impone el conflicto radical continuo como medio imprescindible para la supervivencia.
- LOS 3 PECADOS CAPITALES DEL MESIANISMO EMPRESARIAL: Aquí explicaré cómo Florentino Pérez reinventa 3 de los 7 pecados capitales que siempre ha practicado pero cuyo alcance nunca acaba.
Comenzamos.
MARCAS Y NEGOCIOS QUE NOS ENVILECEN
Cuando era pequeño amaba el fútbol. Pasaba el día pegado a un pelota y apenas descansaba. Jugaba incluso con tetrabriks vacíos hinchados con aire en el patio del colegio cuando ni siquiera teníamos balones. En aquel tiempo -hace menos de 30 años- equipos de todo tipo de ciudades todavía competían entre sí en una desigualdad tolerable que permitía a grandes equipos medirse con pequeños que buscaban la gesta memorable. Los estadios de fútbol eran lugares donde se dirimía el estado de ánimo de la sociedad cada domingo. Eso fue antes de que los equipos jugaran casi cada 2 días y la intensificación y globalización mediática de los torneos convirtiera un deporte noble en un descarnado mercado de intereses y lucha de poderes. Desde sus inicios el fútbol ha estado politizado y ha dependido de filántropos o empresarios que invertían en los equipos a cambio de relevancia social. Hace unos días, sin embargo, se dio un paso determinante que augura la ya creciente voluntad de apropiación de un bien colectivo y una ilusión social que a todos nos pertenece: el deporte.
La propuesta de creación de una Superliga por parte de uno de los empresarios más poderosos del mundo (ACS factura más de 100 millones de euros/día) y presidente del Real Madrid C.F. (El primer o segundo club de fútbol del mundo en cuanto a facturación anual) merece ser atendida por varias razones:
En primer lugar, considero que merecen mucho respeto las personas capaces de dirigir grandes conglomerados de negocios con independencia de la condición ética de sus actividades y modelos de negocio. Si queremos mejorar las cosas, es necesario examinar y entender la realidad de aquellos que han llegado a ser poderosos. En segundo lugar se trata de un fenómeno que capta la atención de mucha gente y es bueno reflexionar sobre algo de lo que todo el mundo opina para favorecer la reflexión racional de nuestro presente. Y por último siempre he creído -en contra de todas las escuelas de negocio que conozco- que la disciplina empresarial es algo vivo y puede alimentarse de noticias recientes. Esta es una de ellas.
El pasado domingo 18 de abril de 2021, 12 clubes de fútbol autonombrados «los más importantes» y abanderados por Florentino Pérez anunciaban la creación de la Superliga a todos los medios de comunicación a nivel mundial. Más allá de que el proyecto se esté cayendo por lógicas y evidentes presiones sociales, merece la pena analizar la continua banalización del mundo empresarial y los negocios de la que este episodio es un gran ejemplo.
Esta banalización con la connivencia de 3 factores simultáneos que suelen operar de facto en la lógica neoliberal más rancia y evidente, a saber:
- Una coyuntura económica dificil muy útil para imponer medidas y lógicas abusivas y en la que unos pocos tratan de sacar tajada cueste lo que cueste y caiga quien caiga: En otras palabras, el descenso de ingresos por la pandemia ha afectado al mundo del fútbol y un líder supuestamente carismático recupera un viejo proyecto elitista con el que ahora es más facíl convencer a los clubes que anhelan la continuidad de un crecimiento financiero infinito que ya no existe. Esta reedición y abuso de tiempos de incertidumbre para imponer viejas ideas suele estar fundada en medidas liberalizadoras y desrregularivas anteriores, en este caso sirva de ejemplo la Ley Bosman de 1995, pero también en pactos y movimientos alegales o en la sombra.
- La promoción y difusión de nuevas marcas y modelos de negocio por la industria insaciable del marketing vacío que solo admira el impacto fáctico y efectista convirtiéndose en un altavoz acrítico de las inercias, y haciendo que la publicidad -una de las formas de comunicación humana más efectivas- sirva a los intereses de una minoría cada vez más poderosa contra una mayoría que les compre. Sirvan de ejemplo los innumerables programas de televisión, medios y profesionales que se han hecho eco de esta propuesta de modelo de negocio durante los días previos y posteriores, en todas y cada una de las casas de cualquier persona que viera un telediario, abriera un diario (deportivo o no) o siguiera los consejos de un influencer o referente en las redes sociales. Tal y comentaba por redes sociales, incluso desde el punto de vista publicitario, mi posición es que el MKT no debe ser mera propaganda desligada de la ética. La publicidad (el branding, el marketing o como demonios quieran llamarlo) no debe idealizar el mito de la rentabilidad creciente o la generación de actividades económicas que contribuyen a la apropiación de un bien colectivo.
Por todo ello, lamento no compartir el entusiasmo y la admiración de Andy Stalman por la figura de Florentino Pérez y por ese supuesto cambio revolucionario para el fútbol europeo que lidera. Me da igual que tenga 74 años, que dirija una industria exitosa o que presida uno de los clubes más laureados del mundo. Habría tal vez que preguntarse por qué ocurren las dos últimas cosas y a que se deben. Respuestas a ambas preguntas no me faltan: concentración del poder económico del fútbol en unos pocos clubes gracias a acuerdos comerciales abusivos con empresas de comunicaciones; un desmedida, insultante e impúdico mercado del fútbol que aumenta cada año más en un mundo donde las clases medias se diluyen y la pobreza se generaliza; una concentración sectorial industrial fundada en la absorción, desmantelamiento y destrucción de la competencia; una vinculación directa y completamente demostrable entre clubes de fútbol poderosos y cargos políticos y empresarios que utilizan la atalaya del entretenimiento de masas como medio para su enriquecimiento,… En fin, la lista no acaba.
Entiendo que el negocio del fútbol se replantee fórmulas de nueva rentabilidad económica. Es algo lícito y propio de cualquier sector empresarial actualizarse. Otra cosa bien distinta es que en el fondo nada cambia de todo lo deleznable que tiene el fútbol de hoy (sueldos desmesurados, presión sobre el rendimiento del futbolista, apropiación de poder, abuso y control mediático) y solo cambie el fútbol (minutos de juego, horarios de partidos, número de partidos por semana) para intensificar la explotación de beneficio económico, y no para favorecer una comprensión saludable del deporte.
Esta propuesta nunca tuvo la voluntad de generar un marco europeo de competición deportiva justo y que garantizara la igualdad de oportunidades. Su impulso pretende que una parte muy reducida del mundo del fútbol salga reforzada respecto a una mayoría de clubes y aficionados, y además que esa minoría sortee la creciente migración de la atención masiva hacia otros medios de comunicación menos formales y menos controlables por los clubes en términos de explotación de beneficios económicos (hablo sobre todo de redes sociales de nuevo cuño y canales de streaming). En realidad la propuesta es un gran ejemplo de un dilema clásico de la filosofía moral y política: el contrato social VS el acuerdo comercial. Desde el siglo XVII y sobre todo desde el siglo XVIII aquellos que tradicionalmente entienden que la base de las relaciones humanas debe ser regulada desde el interés colectivo decidido por todos (de forma directa, participativa o a través de representantes políticos) entienden que la economía es un medio fundamental que sirve a un marco de convivencia compartido; y por otro lado aquellos que tradicionalmente entienden que esta base conductual solo debe ser regulada por los acuerdos comerciales libres entre partes entienden la economía es un fin al que las personas servimos.
Los que defendemos una posición intermedia entre el contractualismo social (liberalismo político) y libre mercado (liberalismo económico) hoy somos pocos y estamos en peligro de extinción. El falso dilema populista entre SOCIALISMO o LIBERTAD (muerte o susto) que ahora los representantes políticos más cercanos a Florentino Pérez defienden era y es por tanto falso y demuestra un desconocimiento histórico falaz, del mismo modo que es falso afirmar que el fútbol no sobrevivirá si no se produce una apropiación económica de este deporte por «los mejores». Por cierto, eso de «los mejores» sería bueno que Florentino Pérez se lo dijera a un aficionado del Betis o del Rayo Vallecano o el Oporto… Sería genial que esta persona se diera cuenta de que el éxito en el deporte no consiste solo en ganar títulos o facturar dinero sino en aprender de esa relación saludable y muy pedagógica entre competición y solidaridad que tanto nos ennoblece como sociedad.
El neoliberalismo del que Florentino Pérez es uno de los mejores apóstoles, quema la tierra que cultiva dado que presupone a los acuerdos comerciales derecho de regulación de las relaciones humanas por encima de cualquier interés colectivo o bien común. Pero la verdad e que el fútbol siempre ha estado saludablemente en medio: en manos de millonarios que buscaban relevancia como bien colectivo disfrutable por todos. La restricción del acceso a la visualización de partidos no fue de hecho una innovación de los años 90, siempre ha estado ahí como medio de ganancia para el mantenimiento de los clubes. Recordemos aquellas jornadas en el antiguo estadio Metropolitano en las que las personas hundidas en la miseria económica más absoluta se encaramaban a la colina para poder ver el partido. Nada nuevo bajo el sol. Pero hay una diferencia notable entre restringir un uso para obtener un beneficio privado que se revierte a la sociedad, y tratar de apropiarse de un sector para romper un mercado. Ese es el efecto destructivo de la corriente económica neoliberal.
EL RANCIO MANAGEMENT DE SIEMPRE
Hay cierta impostura poco saludable y muy frecuente en el pensamiento empresarial y los modos de hacer de los negocios a la manera clásica que tiene que ver con ocultar los problemas reales para aparentar una fortaleza que no existe o es endeble. En el caso de la Superliga, su propuesta nace en verdad de un problema que es común a todos los clubes de fútbol grandes y pequeños pero que en los grandes causa una mella enorme: se trata de la financiarización de los clubes (la cesión de su propiedad real a los bancos) debido a su incapacidad para afrontar las deudas o préstamos necesarios para mantener un ritmo de negocio con unas cifras insostenibles en lo que vendría a ser una de las mayores burbujas de actividad económica de nuestras sociedades que nadie quiere acometer porque mantiene entretenida y ocupada a la gente. Ese es el verdadero problema y nadie reflexiona sobre cómo resolverlo, antes bien las propuestas engordan y amplían el problema buscando nuevos ingresos para que la burbuja se mantenga.
Además de valorar la adaptabilidad en las formas de negocio y admirar los Business Model Canvas de la Superliga y otras gilipolleces similares, deberíamos revisar la ética de los negocios. Si solo admiramos el dinero que pueden dar, olvidamos u obviamos la sociedad a la que DEBEN SERVIR TODOS Y CADA UNO DE LOS NEGOCIOS. Tal vez por eso uno echa en falta cuando ve todas estas cosas, cierta capacidad de autocrítica en aquellas personas que lideran el mundo. Y Florentino Pérez sin la menor duda es uno de ellos. Resulta innegable e incluso admirable su capacidad de mantener el equilibrio de manera continua desde sus inicios empresariales en los años 1970 y su inagotable pulso con las primeras economías mundiales. Como bien dice Andy Stalman no se le puede reprochar pereza a sus 74.
Sus influencias son eternas y poderosas. Desde la polémica recalificación y venta de la Ciudad Deportiva del Real Madrid en el terreno en el que hoy se sitúan el 4 Torres Business Area y en cuya operación participaron las principales grandes empresas españolas del momento hasta su fantástico olfato de talento con profesionales como su antiguo Director de Comunicación y Contenidos en el Real Madrid, Antonio García Ferreras, quien ocupa hoy uno de los programas televisivos españoles de más audiencia y con amplia influencia política; o su política de fichajes conocida como Zidanes y Pavones que rompió por completo el fútbol de finales del siglo XX introduciendo el capitalismo de casino en el fútbol tal y como recuerda uno de los madridistas más antiguos. Todo ello ha generado polémica y a la vez ha hecho universal a un club de fútbol cuyas camisetas visten los niños más hambrientos del mundo para quienes el líder salvador tiene estas palabras: «El Real Madrid para ellos es su única ilusión y esperanza«. Manda huevos, con perdón.
Nada puede objetarse en cuanto a capacidad de negocio en términos de rentabilidad económica a Florentino Pérez, otra cosa son las consecuencias de sus acciones y el tipo de sociedad que promueven. Son conocidos ejemplos muy claros en este sentido como el encarecimiento de camisetas oficiales del Real Madrid, o la pugna por el mantenimiento de agravios comparativos con otros clubes.
La propuesta de la Superliga en la cara deportiva de la vida de Florentino Pérez se asemeja en lo empresarial al golpe de efecto que ha dado respecto a la cúpula directiva de Dragados. Ambas medidas responden a una forma de hacer economía y negocios que está fundada en un fuerte sentido de cambiarlo todo continuamente para que todo siga igual. No hay reflexión ética ni social sobre lo que se hace, tan solo una suicida búsqueda continua del crecimiento económico que se lleva por delante economías familiares, órdenes sociales y mercados laborales enteros. Todo queda bien en la foto del evento pero a la larga la película documental del mundo que generan este tipo de inercias empresariales es dantesca.
LOS 3 PECADOS CAPITALES DEL MESIANISMO EMPRESARIAL
En el fondo el deseo de Florentino Pérez es perpetuarse, hacerse un hueco en la historia más allá de la mortalidad, del mismo modo que lo pretenden los grandes promotores de la desigualdad e injusticia global al más puro estilo Ellon Musk o Jeff Bezos en la línea de sus próceros mesiánicos Bill Gates, Larry Page o -me deprimo solo al escribir su nombre- Steve Jobs. Estas figuras apolíneas, de jerseys de cuello vuelto minimalistas o trajes encorbatados con aspecto de respetabilidad institucional, no dudan en liderar iniciativas y libros solidarios que tratan de arreglar el mismo mundo que a la vez ellos estropean. Y a mí esta mierda me cansa. El doble juego es tan evidente que resulta cruel y vergonzoso.
La propuesta de creación de la Superliga por parte de Florentino Pérez representa el paradigma de los 3 pecados capitales más desarrollados por esta clase de mesianismo empresarial en el que solo sobrevive el más fuerte, esto es, el más descarnado y cruel:
La propuesta es un buen ejemplo de la AVARICIA porque representa a una de las personas más poderosas del mundo y uno de los clubes más poderosos del mundo que se alían con otros poderosos para apropiarse de un deporte. Es decir, no contento con todo el reconocimiento y el dinero del mundo, quiere más. Ese alma insaciable es lo que vacía el mundo y nos pesa para ser mejores, lo que nos envilece y lo que nos condena. Las desorbitadas magnitudes financieras del fútbol y la pretensión de rentabilidad infinita que él representa y fomentó desde un inicio, envilecen un deporte que amo y son el peor ejemplo de éxito insolidario y clasista para los más jóvenes.
La actitud de Florentino Pérez en este aspecto es un claro ejemplo de ENVIDIA porque personas y organizaciones con mayor poder que él (a ese nivel hay pocas) le retuercen las tripas y no puede evitar sentirse regulado o normativizado por algo mayor que su interés propio. Bajo el pretexto de evitar la monopolización de la UEFA, Florentino Pérez propone una monopolización más drástica: la suya. El es fundador y dirigirá la iniciativa si llega a buen puerto.
Y por último Florentino Pérez en este caso de estudio no es un ejemplo de liderazgo, sino de SOBERBIA; no es agotamiento de un modelo, es una insultante aberración económica y una iniciativa deportivamente excluyente en un mundo en el que se diluyen las clases medias y se amplia la pobreza; no es ejemplaridad pública, es una profunda e intensa necesidad de controlarlo todo. Es una ruptura de la idea del fútbol como academia, como cantera y camino de desarrollo en virtud de la nueva ética elitista y finalista de la rentabilidad financiera. El problema es que a lo largo de la historia, las propuestas de creación de minorías selectas han supuesto siempre una enorme involución para las mayorías que eran indudablemente despreciadas.
Queridos amigos y amigas, hay otra forma de entender el entretenimiento, más democrática, más solidaria, más humana y menos egoísta. Y sí, por supuesto, hay otra forma de entender la economía y el mundo de la empresa.
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por David Criado | Abr 3, 2021 | ACOMPAÑAMIENTO AL CAMBIO
Lissa Cuddy: Tu siempre tienes razón y los demás somos idiotas
Gregory House: No, mujer, es que no creo que yo sea idiota y que todos los demás tengáis razón
Primera conversación entre el Dr.House y Lissa Cuddy, Cap.1, T.1
Una vida en la que todo el mundo piense. Así dicho suena bien pero… ¡Todo apunta a que estamos yendo en la dirección contraria!. Mi trabajo por tanto es quijotesco. No solo no estoy dispuesto a aceptar una sociedad en la que la mayoría de personas con las que hablo se encuentran deprimidas, solas o perdidas, en la que la desigualdad económica es creciente, o en la que nuestros trabajos a menudo nos envilecen, sino que además trabajo para crear entornos diferentes sobre dos ejes: vidas propias en las que cada persona se piense y contextos laborales en las que todo el mundo piense. Así de sencillo y complicado a la vez. Hace años reflexioné en este mismo sitio en alto tratando de aportar algunas claves para educar el pensamiento propio. Continúo en este artículo la tarea comenzada entonces tratando de explicar por qué estamos dejando de pensar y por qué sigue siendo necesario hacerlo.
Aviso a políticos moralmente obscenos y populistas, youtubers descerebrados y ciudadanos de a pie que sobreviven con dificultad al despiste:
- No somos más libres cuantas más veces votemos o cuanta más libertad tengamos de hacer lo que nos de la gana (esa forma tan falaz de entender algo tan noble como el liberalismo), sino que somos más libres cuanto menos confusos y perdidos estamos y cuanto más protegidos nos sentimos ante los malos momentos por el prójimo y por nuestros representantes.
- No somos más desarrollados cuanto más altos sean los beneficios económicos de unos pocos; somos más desarrollados cuantas más personas aprendan a pensar conscientemente. No tenemos más igualdad cuanto más universalicemos la precariedad sino cuanto más cercanos nos sintamos.
Tal y como recordaba Gregori Luri en una reciente conferencia titulada El deber moral de ser inteligente: Conferencias y artículos sobre la educación y la vida, la maestra Concepción Arenal ya en 1881 sostuvo en su ensayo La instrucción del pueblo que permanecer voluntariamente en un estado de letargo intelectual equivale a «mutilar la existencia» y a «consumar una especie de suicidio espiritual». Pero «el deber de instruirse —continúa— no brota espontáneamente de la conciencia […]. No parece obligatorio sino al que sabe algo». Al ignorante que no conoce, saber le parece algo innecesario o incluso un lujo. Esto ocurre porque el que no piensa ni sabe, ignora que no lo hace. Y si antes no había demasiado peligro porque los iletrados no tenían micrófonos, ahora hay peligro de colapso porque todos ellos cuentan con amplificadores bestiales. En la medida en la que todos trabajemos para comprender esto y aprendamos a diferenciar qué es tener criterio y opinión respetable y que es no tenerlos, quedará esperanza.
Este será un artículo con enjundia que reune 7 breves pero contundentes píldoras de reflexión:
- Por qué es útil pensar
- Los peligros de no pensar
- Pensar lo propio, comprender lo ajeno
- Aprender a ser estúpidos de forma controlada
- Seleccionar minorías influyentes de calidad
- Distinguir subjetividad y soberanía
- No reducir la vida a la satisfacción propia
Comenzamos.
POR QUÉ ES ÚTIL PENSAR
¡Así es!, hemos llegado a esto, y esta quizás es el primer hecho descabellado al que nos estamos enfrentando muchos: ¡Hemos llegado a un momento de la historia en el que vemos necesario explicar por qué es útil pensar!. Estamos en un tiempo de decadencia y la prueba de ello es que olvidamos a diario lo más básico: para qué sirve pensar. Sobre todo porque la mayoría de empresas y personas que conozco, reconocen no tener tiempo para hacerlo… ¡Cómo si fuera algo que pudiéramos no hacer conscientemente! Considero que era natural llegar a este punto dado que la rápida extensión casi ya universal de todos los avances de la humanidad reciente (económicos, técnicos, políticos) no se correspondía con la lenta educación de las personas para adaptarse a estos cambios. Por así decirlo venimos de un desequilibrio entre el progreso técnico y social de nuestra especie -acelerado en el último tercio del siglo XX- y una precaria y primitiva forma de entender las relaciones que arrastramos desde hace varios milenios. Por eso hoy son determinantes las habilidades transversales que casi nadie tiene. Pero vayamos por partes…
La moda siempre ha sido no pensar, porque para no pensar no hay que hacer ningún esfuerzo. No pensar en principio parece gratis y además a menudo la estupidez propia, tranquiliza. El problema viene cuando a la larga no saber pensar tiene el mayor coste posible para la persona y además la estigmatizada y reduce su experiencia de vida a lugares comunes gobernados por una resignación constante. De todo ello podríamos deducir que no pensar y dejarse llevar es lo más rentable a inmediato plazo pero lo más estúpido a corto, medio y largo plazo. El aumento de la estupidez en el mundo y de la potencial peligrosidad de una ingente masa estúpida, está ligado a tres fenómenos simultáneos.
- En primer lugar la aceleración social que ha vivido la humanidad en las últimas 15 décadas ha modificado por completo las estructuras técnicas, relacionales y ahora ya incluso biológicas de nuestra especie, sin que haya habido una adaptación de nuestras instituciones sociales (relaciones afectivas, familia, estado, empresa).
- En segundo lugar el reciente y anodino periodo pacífico de Europa, sin duda el continente más violento de la historia hasta hace tan solo 7 décadas, ha favorecido el olvido de los fantasmas que acechan y son inherentes a nuestra condición: la tiranía de la barbarie y la ignorancia. No pasarlo mal nos ha hecho olvidar que es muy fácil estar mucho peor de lo que estamos acostumbrados.
- En tercer lugar, la desigual universalización de las libertades civiles y de las democracias pluralistas en el mundo ha estado fatalmente educada. En otras palabras, conquistamos la libertad contra la tiranía de unos pocos pero no contra la propia tiranía de nuestras creencias. Por lo general no nos educamos para ejercer la libertad de forma responsable, por lo que en la actualidad vivimos un tiempo de involución hacia tiranías emocionales anteriores.
La vieja idea de fluir con la realidad que los grandes maestros del tardohinduismo nos legaron, no consiste en abandonarse a los acontecimientos -esa especie de puñetero FLOW cuya consecuencia directa es renegar del criterio propio y permitir que otros vivan y decidan por nosotros- sino desapegarse de la propia voluntad tratando de disfrutar la vida desde la aceptación. Las 108 formas de experiencia que aceptamos los discípulos de Buda y el sistema de creencias taoísta que están formulados en el Dao De Jing, el Hua Hu Ching y que Zuang Zhi honró en toda su extensión, responden a este objetivo.
Pensar no es solo querer comprender, sino sobre todo aprender a percibir. Quien no piensa intuye sin argumentos, se conforma con la inexperiencia, huye de la responsabilidad de vivir, no existe como consecuencia de su propia capacidad sino como objeto de la voluntad de otros, se desindividualiza, se convierte en masa por medio de la inercia acrítica. Quien no piensa es, en definitiva, el pálido reflejo de la débil luz que proviene del acogedor aunque pasajero calor de otros; es, si se prefiere, el eco imitativo y desprovisto de existencia que se deriva de una voz significada lejana o del ruido general en el que su individualidad se sume.
LOS PELIGROS DE NO PENSAR
Pensar no es algo que se elige o no se elige hacer. Una persona solo tiene dos opciones: aprender a pensar continuamente, o dejar que las propias consecuencias de sus actos inconscientes le piensen. Por descontado como sociedad enfermiza hace tiempo que optamos por lo segundo. El problema no es que cada persona no piense casi nunca sobre su propia vida, lo cual ya sería por sí mismo alarmante. El problema es que una enorme masa de personas que no se piensan a sí mismas (no se cultiva, no dialogan, no leen, no se cuestionan) tiene consecuencias terribles. Más aún cuando en la actualidad nos hayamos en el mundo humano más conectado y con mayor capacidad de creación y/o destrucción de la historia. Nuestras sociedades -incluso las inmediatas sociedades modernas del reciente pasado tras la llegada de la subjetividad y la soberanía popular- siempre han estado pobladas de personas que no piensan durante la mayor parte de su existencia. Casi todos nosotros dejamos de pensar a menudo por salud mental. No está ahí el peligro, sino en no hacerlo nunca.
A lo largo de la historia de la humanidad, una realidad inconsciente nos ha condicionado siempre: No se respeta a quien mejor piensa o a quien más sabe sino a quien mejor se expresa y convence. Los actuales servicios de marketing tremendamente diversificados tratan de convencernos para convencer mejor, incluso si lo que se hace no tiene sentido. Fruto de un soniquete constante y ensordecedor que pugna por nuestra atención de la manera en la que lo hacen todos los narcóticos, la realidad es que cada vez cuesta menos convencer a alguien de algo. La democratización de la comunicación humana y la equiparación en el mismo plano de atención de grandes referentes intelectuales y terroristas culturales de barrio, ha dado lugar a lo que hemos llamado posverdad, una realidad no real que se dirime en el tiempo de la posmodernidad en sociedades ruidosas en las que se derrite la soberanía. Al haber ganado en credulidad (mucho más que en tiempos teocráticos pretéritos), los humanes hemos ampliado nuestro margen de estupidez tolerable, y en consecuencia la volatilidad inestable de nuestro pensamiento (que se rige hoy por modas pasajeras y no por razones sólidas) nos sume en la inestabilidad continua.
A lo largo de la historia, donde no hay ninguna certeza absoluta sobre nada, nace a menudo la sabiduría; pero donde no hay ninguna forma ni medio para cuestionarse (diálogo tranquilo, reflexión escrita o leída, tiempo y espacio para el encuentro), se multiplican de forma virulenta la estupidez y la ignorancia. No paro de comprobar cómo la dirección que está tomando el pensamiento empresarial es por lo general y en lo particular, errónea. En lugar de cuestionarse a sí mismo, de realizar una nutrida autocrítica, la velocidad inercial de las empresas lleva acelerándose ya más de dos décadas con especial torpeza intelectual y estupidez sistémica desde 2008. Dedico mi labor diaria a cuestionar lo que la mayoría de personas dan por supuesto ante esta clara evidencia: las empresas, el órgano colectivo de relaciones sociales más efectivo que hemos creado en la historia de la humanidad, caminan hoy cegadas.
PENSAR LO PROPIO, COMPRENDER LO AJENO
El que piensa alcanza la madurez por cuanto trasciende lo propio, habla con humildad desde lo que sabe queriendo abrazar y comprender todo aquello que le hace cuestionarse o le resulta ajeno. El que piensa no adoctrina, no necesita imponer porque convence, no imprime todo su esfuerzo en influir manipulando la realidad porque toda su energía se centra en razonar con otros. El que piensa combate su criterio, cuestiona su pensamiento, se atreve a dudar. El que piensa habla sobre todo de muchas personas que le precedieron y fundamenta su propia vida no en su voluntad sino en un comportamiento ético que favorece el bien común sobre la doma diaria del interés propio. En contra de lo que se ha dicho, quienes piensan no tienden a la virtud sino que la practican. Su propia manera de ser y hacer representa un modelo y edifica un ejemplo. No se admira a quienes piensan por su capacidad de llegar a otros (número de likes, seguidores, lectores,etc…) sino por el grado de calidad que se destila de su razonamiento.
Por oposición el que no piensa vive en un infantilismo o puerilismo continuo, no necesita leer, ni se molesta en construir un diálogo significativo, ni argumenta más allá de lo que siente, percibe o quiere. Su deseo le dicta comportamientos que además trata de defender como deberes naturales para los otros y ajenos. Su interés y afan de conocimiento no llegan nunca más allá de la defensa de su realidad propia. Por eso, desde el inicio del siglo XXI, la sociedad posmoderna se enfrenta a un grave problema: estamos dejando de pensar. Nuestros sistemas educativos y nuestro modelo de relaciones se aproximan a toda velocidad a la ignorancia y a la estupidez. No es que nunca hayamos corrido este mismo peligro, es que desde la conquista de las libertades civiles mínimas, nunca como hasta ahora ese peligro ha sido tan masivo.
APRENDER A SER ESTÚPIDOS DE FORMA CONTROLADA
Lo diré de forma clara: es imposible que dejemos de ser estúpidos, la clave reside en cuándo y cómo aprender a serlo. Somos animales bípedos, gregarios, mamíferos, con escasa autonomía, elevada torpeza y niveles de estupidez elevadísimos regados de momentos espectaculares de inteligencia y maravillosas capacidades colectivas. Aceptémoslo, por favor. Dejemos de intentar parecer cualquier otra cosa.
Hasta ahora la estupidez propia ha sido algo que por lo general negamos, que no reconocemos o de lo que tratamos de defendernos o huir. Nada peor que hacer esto en mi experiencia. Desde hace años dedico gran parte de mi jornada diaria a ser estúpido, la enorme diferencia con el resto de mis semejantes es que yo trato de hacerlo en privado y de forma controlada. Tener esos momentos me ayuda a comportarme de manera cabal y sensata en público y sin apenas esfuerzo. En otras palabras, las personas necesitamos desahogos, desconexiones temporales que nos ayuden a distinguir entre lo que es deseable para relajarme y descansar durante unos momentos, y lo que es necesario para construir sociedades mejores durante la mayor parte del tiempo. Negar la estupidez propia de uno mismo es lo más estúpido que alguien puede hacer.
Todo iría mejor en este mundo si las personas aprendiéramos que necesitamos a diario momentos de completa estupidez, pero que debemos tomar decisiones importantes cuando no estamos en esos momentos. La estupidez propia que no se comparte no hace daño a otros, pero la estupidez propia que se comparte como el más estupendo de los hallazgos, nos está matando como especie. Así, la estupidez cuando es controlada no solo es saludable sino incluso necesaria. Practicada en contextos cuyas posibles malas consecuencias no afectan dramáticamente a la realidad de una amplia proporción de gente, la estupidez individual o compartida es una bendición porque la estupidez reconocida nos acerca y ha sido de hecho uno de los mayores pegamentos de la amistad y la solidaridad fraterna durante milenios.
No hay por tanto nada de malo en ser estúpidos a diario siempre y cuando los lugares y tiempos en los que lo somos estén reservados para ello, esto es, siempre y cuando identifiquemos y sepamos que estamos eligiendo ser estúpidos. El problema llega cuando somos estúpidos la mayor parte del tiempo y en todos y cada uno de los foros y ámbitos de desarrollo humano, y ni siquiera -como está ocurriendo ahora- somos capaces de reconocerlo. No es lo mismo permitirnos ser estúpidos en una taberna junto a un par de amigos en una conversación amena, o abandonarnos a visualizar un video de youtube ridículo, que comprender el contenido de ambas manifestaciones como regulativo o normativo para la sociedad en su conjunto. Ser idiota en privado o en un contexto adecuado para serlo es fantástico, pero ser idiota en los medios de comunicación, la empresa o el parlamento es dramático.
La estupidez es altamente contagiosa, mucho más de lo que llegará a serlo nunca la inteligencia. Pero la relación entre inteligencia y estupidez no es tan sencilla. Descontrolada e indómita, desnuda de los filtros de la vergüenza y el respeto por el bien común, la estupidez nos anima a tener un comportamiento en el que nada posa, nutre ni se asienta, y todo pasa, se repite y enferma. Sin embargo al mismo tiempo la estupidez se basa en dos grandes paradojas:
- La primera paradoja de la estupidez es que siendo un comportamiento universal e histórico en nuestra especie, está basado en una exclusiva obsesión por el instante presente. Es decir, la estupidez siempre sobrevive aunque pronto quede obsoleto nuestro interés humorístico o crítico en ella. De este modo la estupidez es acumulativa, se nutre de la cegazón continua.
- La segunda paradoja de la estupidez es que solo cuando dejamos de ser estúpidos y nos atrevemos a ser inteligentes, accedemos a un habilitador y sano sentido del humor. El estúpido, por lo general, se defiende mucho más de lo que se ríe de sí mismo. Las personas con un desarrollado sentido del humor suelen ser en mi experiencia inteligentes.
Esto quiere decir que para ser estúpido basta con ser un completo ignorante pero para ser muy estúpido curiosamente hace falta ser muy inteligente. Lo que nos lleva a una deriva interesante: hay una estrecha relación entre estupidez, entretenimiento y sentido del humor. Lo racional, por lo común, no nos hace ninguna gracia pero lo más sujeto al presente y pasajero (una mueca, una broma, un eructo o un pedo) nos hace reír hasta postrarnos en el suelo.
De lo dicho se deduce que no es lo mismo ser ignorante que ser estúpido. Ser ignorante consiste en no saber que no se sabe, y ser estúpido consiste en vivir como si se supiera. A ser estúpido se llega mediante la acción, a ser ignorante se llega por omisión; para lo segundo no hace falta hacer ningún esfuerzo. Habiendo olvidado todo esto, hoy en nuestro tiempo proliferan como setas las personas que siendo completamente ignorantes y/o estúpidas, no solo no lo aceptan y no presumen de serlo, sino que se aventuran a expresar su opinión de forma abierta tratando de que esta opinión se encuentre al mismo nivel que la del resto de personas que se esfuerzan por comprender y conocer. El peligro no llega cuando una persona puntual hace esto, sino cuando las personas que son consideradas referentes, en lugar de aceptar la responsabilidad que tiene cada cosa que dicen o que hacen, utilizan los altavoces de su propio status social para aparentar que piensan o hacen uso de alguna inteligencia. En suma, el problema de nuevo no es que haya muchas personas estúpidas, sino que aquellas que deberían dar ejemplo no siéndolo, obtienen mayor reconocimiento social al serlo.
SELECCIONAR MINORÍAS INFLUYENTES DE CALIDAD
Dice el maestro Innenarity que esperamos siempre demasiado de la democracia, y que ésta cuando es sana y real está llena de frustraciones que continuamente se expresan. Nada que objetar a esta brillante reflexión, salvo la necesidad de que esa frustración disponga de un bálsamo continuo para evitar una enorme rotura colectiva. Ese bálsamo es sin duda el mantenimiento de las clases medias -hoy autodestruidas y en franca decadencia- y el cuidado y escucha activa de diálogos y debates intelectuales fundados y llenos de razones y argumentos sólidos no sentimentalizados, es decir el cultivo de eso que Ortega llamó la minoría selecta, y que no es una forma de aristocracia griega moderna sino la manera de favorecer sociedades mínimamente virtuosas basadas en lo que podríamos llamar atención autorizada continua como complemento a un creciente y descontrolado fenómeno de escucharlo o leerlo todo…
En la sociedad tiránica del Like, TODO tiene la importancia pasajera de la atención que genera en un determinado momento (hashtag, trending topic, meme, challenge, clicbait) para acto seguido morir en el olvido. Explicado de una forma más clara y sin duda muy trágica: no existe lo que no está existiendo ahora. Este podría ser el título de una de esas presentaciones ridículas, vacías, idiotizantes y aspiracionales de cualquier profesional del marketing de ventas. Aceptar -tal y como estamos aceptando- que no existe lo que no está existiendo ahora, equivale a despreciar o exiliar lo que fue o lo que siempre seremos, equivale a sustituir la memoria consciente (que nos evita repetir errores del pasado) por la atención dispersa (que nos sume en la indefensión).
De este modo, los esfuerzos actuales de nuestra especie no se centran tanto en aprender a pensar como en captar las sucesivas y esquivas atenciones. Esto nunca había sido un problema para las sociedades modernas porque si bien la teoría la soberanía popular existía, en la práctica esa soberanía era siempre gobernada por una minoría de personas medianamente conocedoras que ocupaban un lugar prioritario, central o referencial. Estemos o no estemos de acuerdo con Juan Ramón Jiménez o con Ortega (que incluso defendían que la civilización dependía de ella), en nuestras sociedades existía y existe una eterna minoría selecta. De algún modo nunca hemos logrado desasirnos de esta inercia. El dilema no está en que exista o no sino en las personas que en cada época la integran.
Así, no es lo mismo que tu presidente del gobierno sea Donald Trump que Abraham Lincoln; no es lo mismo que la opinión colectiva sea guiada por Marx, Adorno, Cioran o si se prefiere Mill, Mises o Hayek, que por Belén Esteban, Messi o el Rubius. No es lo mismo mantener un diálogo sensato y cultivado entre un neoliberal convencido y un republicano socialdemócrata, que mantener un ridículo diálogo entre un presentador de La Sexta y un youtuber que acaba de terminar de ver un video y repite una a una sus premisas. Por extensión, y sin caer en la beatería cultureta, no es lo mismo que una persona no lea nada en absoluto y limite su vida a trabajar, mandar whatsapps y jugar a videojuegos, que una persona -además de hacer lo anterior- dedique tiempo a conversaciones significativas, libros interesantes o experiencias vitales que conformen un sólido edificio crítico e intelectual sobre el que desarrollar ideas. No, no es lo mismo. Una cosa y otra generan sociedades diferentes.
Las formas de selección de esa eterna minoría eran la vía académica o cultural (mayor y mejor conocimiento sobre determinado ámbito o sobre la perspectiva genérica) o la vía experiencial (mayor y mejor experiencia en ese área). Si antes dábamos nuestro reconocimiento -de forma acertada o equivocada- a personas que socialmente eran reconocidas por sus ideas o trayectorias, hoy damos nuestro reconocimiento a hombres y mujeres de paja, personas que no nos animan a mantener nuestra dignidad sino que enmascaran su indignidad propia con técnicas de manipulación, marketing o empobrecimiento moral. Las formas de selección de esa minoría de referentes no solo se han deteriorado sino que se han entregado por completo al capricho voluble de la gente. Hoy el proceso social de selección de minorías no tiene nada que ver con una autoridad social brindada por la excelencia en el ámbito del pensamiento o la racionalidad, sino que la concesión de autoridad prescriptiva en nuestras sociedades está cada vez más ligada a la capacidad de generar irreflexión y entretenimiento.
DISTINGUIR SUBJETIVIDAD y SOBERANÍA
La frase Todo es subjetivo o Todo es relativo que repiten continuamente desde profesionales del coaching, a alumnos de secundaria y políticos que nos representan, no solo es vacía y absurda sino que atenta contra los grandes valores democráticos que construyeron lo mejor de cuanto somos. Además de hacernos más estúpidos este tipo de reflexiones sencillas y baratas nos abocan a olvidar un hecho: no es lo mismo subjetividad que soberanía. Yo soy demócrata en la medida en la que acepto que tengas derecho a expresarte como sujeto soberano, pero también soy demócrata en la medida en que cuestiono y contrasto mis ideas contigo para llegar a una conclusión que podamos compartir como cierta.
Con la incorporación de la subjetividad a la escena, es decir con el nacimiento de la opinión pública, en lugar de aprender a respetar, cuidar y honrar a cierta intelectualidad movilizadora, la aniquilamos en nuestro individual deseo de alcanzar la relevancia. Pero olvidamos -aunque internet nos lo recuerda a diario- que más personas opinando no necesariamente hacen un mejor pensamiento, sino que a menudo desembocan en todo lo contrario. El maestro Amalio Rey ha sintetizado durante años lo mucho que se ha hablado sobre esto. Para que exista inteligencia colectiva, debe existir voluntad individual de aprender a pensar; y por otro lado mucha publicación ideas no garantiza una elevada calidad de ellas.
Con la subjetividad (es decir, con el disruptivo derecho a ser alguien en el mundo), la persona (campesino, siervo, cumplidor, esclavo, sometido o vasallo) que solo podía aspirar en la Antigüedad a la supervivencia diaria, dio un salto espectacular al cambiar una vida de penurias y servidumbre por el renovado espíritu de trascendencia al que le invitaba la nueva ciudadanía. Este inmenso salto cualitativo se produjo sin apenas transición ya entrados en el siglo XIX pero solo comenzó a resultar verdaderamente trágico a comienzos del siglo XXI. No solo porque el insaciable crecimiento poblacional que predijera Malthus se multiplicara, y no solo porque la intensificación industrial adquirió dimensiones inasumibles para la Tierra, sino sobre todo porque el siglo XXI nació de la prisa, de la urgencia, fue de hecho un recién nacido prematuro que no se adelantó unos meses sino 2 décadas. Y la urgencia es ante todo contraria a la reflexión y la racionalidad. Por eso en los endemoniados cursos de marketing no se enseña a las personas que venden cosas a razonar, sino a hacer que las personas que pueden comprar lo hagan rápido, cuanto antes; y por eso repetimos como un mantra -que si se piensa en completamente absurdo, ilógico y esclavista- que el cliente siempre tiene la razón. ¿Qué clase de broma pesada es esa? No, amigos, la Razón no se tiene por comprar algo o tener la voluntad de hacerlo, sino que alguien tiene razón por el esfuerzo, el compromiso y la voluntad que imprime en cultivarla. No se nace con razón, se adquiere.
Cuando hablo de la sociedad tiránica del like, quiero decir que en la realidad posmoderna y decadente que vivimos tiene más valor un «Me gusta» que un razonamiento poderoso. Pero no nos martirecemos con esto, no dramaticemos, simplemente analicemos lo que nos está ocurriendo poco a poco: Las buenas ideas no son las mejores sino las más votadas. Mientras algunos sienten que peligra la democracia, lo que ocurre es precisamente lo contrario: TODAS las personas opinan y votan sobre TODO incluso cuando no tienen criterio. Esto, que era válido y noble en el marco de la representatividad política y la salvaguarda de los derechos colectivos desde el nacimiento de la democracia moderna -toda una conquista histórica de libertad-, no lo es tanto para determinar qué es lo ético o lo correcto en una enorme cantidad de ámbitos que requieren conocimiento y especialidad. No todo vale y no todas las opiniones son respetables de facto, sino que más bien podemos determinar si son o no respetables siempre a posteriori, tras un civilizador y calmado diálogo y sobre todo desde el tamiz del conocimiento y no desde el mero derecho a la opinión. Al entregarnos a la mentalidad apriorítica, al juicio rápido, al impacto y la emoción, lo que hacemos -y lo estamos haciendo en masa y de manera alarmante- es comprar con la omisión de nuestra inteligencia, la estupidez colectiva.
Un pensamiento republicano y a la vez liberal me acompaña frecuentemente y proviene de mis continuas lecturas de Habermas, Sandel y Rorty: Si todos podemos erigirnos como sabedores o conocedores de todo, esto es, como opinadores dogmáticos y sintetizadores de verdad en potencia, no solo no hemos superado las tiranías con las que los antiguos príncipes nos oprimieron, sino que por el contrario cada uno de nosotros se ha convertido en un príncipe tirano de los otros sustituyendo la convivencia por la tiranía mutua y competitiva. En esta reedición de la sociedad hobbesiana que confirma todos los temores de Carl Smichdt, la cautela y la humildad se vuelven minoritarias, y la entrega y la pasión inconsciente e irreflexiva con opiniones infundadas se convierte en el regulador de la vida. Somos dictadores individuales que se suman a la dictadura colectiva del like. Los púlpitos públicos de hoy no están ocupados por relevantes pensadores, denodados juristas, extraordinarios filósofos, eminentes políticos sino por personas que no solo son como cualquier persona -porque los antiguos referentes también lo eran- sino que además no hacen nada para dejar de serlo y son admirados como si no lo fueran. La estupidez y la ignorancia han conquistado los puestos de mando y los puestos referenciales que conformaban la ejemplaridad pública y construían los mitos y narrativas sociales de la heroicidad.
NO REDUCIR LA VIDA A LA SATISFACCIÓN PROPIA
El respeto no consiste en aceptar lo que dice cualquier persona como válido, sino en tolerar a cada persona que se expresa pero cuestionar sus planteamientos. La pasiva y acomodaticia forma que hoy tenemos de entender el respeto es en realidad indolencia, temor al conflicto y mediocridad racional. Hace poco me preguntaron en qué consiste la postverdad, y creo que es una buena suma de todas estas cosas que nos están destruyendo y que algunos estamos tratando de curar y revertir:
Nuestras sociedades han llegado a tal punto de estupidez colectiva que si bien en la antigüedad más reciente nadie que no supiera o pensara a diario negaba la utilidad de saber o pensar; hoy en día muchas personas dudan incluso de que hacerlo sea incluso útil o sensato. En realidad muchos de ellos están en lo cierto. La sociedad ha dejado de premiar al que sabe para premiar simplemente al que más consume y compite. Y para hacer esto último se necesitan sobre todo altas dosis de ignorancia e inconsciencia. En la mente de cualquier persona de hoy surgen a diario una cascada de preguntas hasta ahora inéditas: ¿Por qué tengo que pensar?, ¿Por qué tengo que hacer cosas que no me gustan?, ¿Por qué debo leer?, ¿Qué me aporta conocer? o siendo más exactos… ¿Por qué pensar pudiendo tan solo no hacerlo y obteniendo grandes beneficios económicos por ello?, ¿Por qué no es correcto hacer tan solo lo que me gusta si es lo que de veras quiero?, ¿Por qué he de leer pudiendo vivir mis propias experiencias?, ¿Por qué conocer algo en detalle si todo está en internet?
En este contexto, las personas como un mínimo sentido común y un honorable sentido propio escasean. No porque seamos más viles que antes, sino porque lo que cada vez hacemos con mayor frecuencia nos envilece más rápido y profundamente. Vivimos sumidos en una ética de la voluntad propia o individualismo posesivo-defensivo que siempre fue conocida por su verdadero nombre: egoísmo. El problema de ser egoístas y de encontrar cierta virtud en el egoísmo (una tesis ampliamente defendida por la escuela económica austriaca, el tardoliberalismo deformado y el objetivismo de Rand, solo por citar algunos apóstoles), es que olvidamos por entero las bases sobre las que se asienta el progreso histórico de la condición humana: la solidaridad social. El relativismo moral que afirma que lo que tú dices y lo que yo digo es todo respetable a priori (y no a posteriori) olvida que las conquistas de la ilustración no arrojaron un mundo potencialmente mejor porque respetáramos todas las ideas, sino porque convenimos en respetar a todas las personas por medio de su cuestionamiento continuo. Al haber olvidado esto, somos víctimas de un punto muerto colectivo en el que cualquier discurso es válido y por tanto ninguno moviliza.
Decía el maestro Lessing en plena Ilustración que «el valor de una persona no se define simplemente por la verdad en cuya posesión cualquiera está o puede estar, sino por el esfuerzo honrado que ha realizado para llegar hasta ella. Así pues, no es por la posesión de la verdad sino por la constante investigación en pro de la verdad como se amplían sus fuerzas, y sólo en ellas consiste su siempre creciente perfeccionamiento. La posesión hace apático, perezoso y orgulloso«. Pero ¿Qué esfuerzo para llegar a la verdad tiene un tertuliano?, ¿De qué esfuerzo hace uso una persona que retwitea o vive en el feed continuo de lecturas efímeras? ¡Qué razón tenía Lessing podríamos decir al leerle!, ¡Cuánto exceso de orgullo y defensa de lo propio se gasta hoy y qué poca voluntad de entendimiento del argumento ajeno!, ¡Cuánta mala energía gastamos en la fratricida lucha por no desposeernos de la verdad propia contra la verdad ajena!. Y en esta batalla dialéctica ridícula, que no nos aleja demasiado de nuestros parientes primates, pasamos las horas y los días, los artículos de blog, las publicaciones de linkedin, los videos de youtube en los que abundan palabras como «Tal persona destroza a tal otra en tal debate» o «Le da la lección de su vida» o «Le pone en su sitio» ¡Qué escasez intelectual, amigos/as! los programas de televisión, los videoblog, las noticias, las tertulias y la prensa, en todos los lugares la carnaza abunda.
Al hacer esto, no solo estamos cambiando a un ritmo acelerado la paideia, esto es, la forma en la que entendemos y transmitimos el mundo, sino que estamos tratando de apropiarnos de la verdad el mundo y reformulándolo cada día en una suerte de adormecimiento continuo en el que todo parece cambiar cuando en realidad todo empeora. Porque quien se gasta estos comportamientos -y sobran los ejemplos- no solo desconoce las consecuencias de lo que dice o piensa sino que empeora el mundo a cada paso.
Si hemos dejado de movilizarnos colectivamente (e incluyo a las empresas actuales, tremendamente inertes a nivel intelectual), o al menos si hemos dejado de hacerlo de forma provechosa, es porque en la sociedad del entusiasmo nos movilizamos sobre todo por la satisfacción propia. Si la satisfacción de las necesidades esenciales a nivel individual siempre ha sido conditio sine qua non para nuestra supervivencia propia, lo cierto es que tenemos ingentes evidencias históricas -me refiero a océanos de pruebas- que demuestran que es cierto aquello que afirmó Nietzsche, y antes que él toda la genealogía de grandes maestros desde Tales de Mileto y Lao Tsé, a saber, que «solo en cuanto animal social el hombre ha aprendido a ser consciente de sí mismo, y así lo hace todavía y lo seguirá haciendo. La conciencia no pertenece a la existencia individual del hombre, antes bien a lo que en él es naturaleza y rebaño» (Gaya ciencia, V, 354).
Reducir nuestra vida a la satisfacción propia no solo nos envilece sino que nos aproxima a la barbarie de la ignorancia de la que me alertó en mi primera juventud la lectura del gran maestro Steiner. Aprender a pensar es una tarea ardua y continua. No hay principio ni existe fin. Quien se atreve a pensar opone su propia vida a la actitud rígida, pueril y cómoda del pensamiento dogmático y a la actitud cómoda, barata y nada comprometida del relativismo. El problema de nuestro tiempo no es la existencia del populismo. Éste siempre ha existido, todos durante la mayor parte del día somos de hecho populistas, y durante toda la historia de la humanidad la mayoría de la población ha regido su vida diaria alrededor de la irreflexión y la emocionalidad constantes. El problema es que el populismo -para el que todo es relativo y la verdad no importa- rige hoy nuestras vidas. La continua búsqueda de satisfacción propia, esto es, la incapacidad sistémica y radical de razonar y explorar la verdad y a su vez la extraordinaria capacidad de fabricar falsedades y convencer de ellas a otros, además de seguir condicionando nuestras pequeñas decisiones diarias, ahora condiciona los lugares y espacios donde se toman decisiones importantes. En esos lugares donde antes -hasta hace relativamente poco- se pensaba, hoy tan solo se publicita y se comparte pero mayoritariamente no se piensa. En otras palabras, la irreflexión ha conquistado de forma plena los puestos de mando de nuestras sociedades; el populismo y la tecnocracia han desplazado por completo de la escena pública y el ideario referencial y simbólico a la cultura del esfuerzo, el ejercicio de conocimiento y la voluntad de pensar y razonar de acuerdo a criterios racionales.
El que hoy influye a otros ni siquiera necesita hacer ya el esfuerzo por conocer los hechos o tratar de explorar múltiples dimensiones de una misma verdad. Tan solo se limita a favorecer una profecia autocumplida de su propia voluntad. Las personas que hoy ejercen influencia sobre grandes mayorías, grupos o comunidades de gentes no destacan por su capacidad de haber logrado algo y escapar del vacío; sino que son heroicos por su capacidad de hacer de la plena nada, simplemente algo. Las divertidísimas y absurdas entrevistas de David Broncano, el relativismo moral del twitchero Grefg o el Rubius sobre su migración a Andorra, o el populismo político de la nueva generación de dirigentes mundiales, responden todos ellos a una misma realidad: la Nada. Todo lo que rodea a la persona es vacío, solo la propia persona importa y existe. Y por tanto todo lo que se aproxima a la persona (entrevistado, sociedad o aficionado) queda eclipsado por ella.
El entrevistador que es siempre protagonista de todas sus entrevistas cuyos contenidos improvisa aunque existan guionistas, el jugador de videojuegos que se define como «creador de contenido« (revolvéos en la tumba Tolstoi, Berlin, y temblad Buonarotti o Borges) o el político que aspira a ser incoherente sin que se note demasiado, todos ellos son productos de una misma realidad: la reducción de la vida a la satisfacción propia. En todos ellos el todo (el mensaje y fin último) importa menos que la suma de las partes (la distracción o la dispersión intermedia). En ese contexto, paradójicamente TODO es menos vistoso que NADA. Pasar el rato es mejor que significarlo; presumir de que se ignora algo es mejor que tratar de conocerlo. Así, el entrevistador ya no necesita preparar la entrevista porque él es el protagonista, el youtuber no necesita mejorar el país en el que nació porque se puede ir a otro, y el político no necesita conocer los hechos porque puede provocarlos. Todo es más rápido, más cómodo y más nada.
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por David Criado | Abr 13, 2020 | ACOMPAÑAMIENTO AL CAMBIO

«Como no teníamos muebles no había que limpiarlos ni se rompían.
Como no sabíamos que existía otra vida, éramos felices en esta.»
Una habitante de las Hurdes, sobre su infancia
Este no es un artículo científico, es un artículo de opinión. Si usted quiere obtener información real sobre la situación o recomendaciones del COVID19 acuda a las autoridades sanitarias de su país o la web de la World Health Organization.
En uno de sus maravillosos libros cuenta Salvador de Madariaga, genial maestro de la Historia, que en los gobiernos de Sagasta y Cánovas la compra del voto era una práctica bastante habitual. Relata el maestro que un buen día un cacique fue a la pequeña chabola de un jornalero andaluz, y le ofreció los dos duros que habitualmente se pagaban por un voto. Ante la sorpresa del terrateniente, el jornalero le arrojó las monedas a la cara, y mientras regresaba a su pequeño reino le gritó: «En mi hambre mando yo«. Sirva este artículo como homenaje a aquella ejemplar y anónima persona.
Es domingo de madrugada y amanezco tras una semana de viaje en mi biblioteca. A los varios miles de libros en papel que me abrigan y custodian, sumo varios cientos de ensayos digitales. Dedico días y noches a tomar apuntes. La redacción del libro avanza a pasos agigantados y cada vez me siento más contento con ella. Con toda probabilidad, tengo suficiente material para redactar una enciclopedia sobre todo lo que a nuestra especie lleva décadas pasándole y por qué y cómo podemos superarlo. Por respeto a la cuarentena decidí no realizar las dos últimas compras mensuales de libro nuevo y viejo, así que durante las últimas semanas no he sumado hermanos a mi actual familia.
Escribo este artículo tras meses de silencio, centrado en el servicio a mis clientes y llevando una vida feliz tras un periodo personal de enorme desconsuelo. Hoy hablaré, lector o lectora, sobre un tiempo de confusión y de pandemia, un relato del mundo que aunque parezca ficticio ya estamos viviendo.
Personalmente considero que no tengo ni capacidad técnica, ni autoridad sanitaria, ni voluntad ética para opinar acerca de esta crisis sanitaria. Siento además el deber moral de no hacerlo y de confiar en los profesionales que se encargan de ello. Creo simplemente que todos debemos hacer lo posible para superarla cuanto antes, y esto en mi caso concreto se traduce en el compromiso de un confinamiento total. Lo que aquí expondré es exclusivamente una reflexión sobre la sociedad a la que está afectando la pandemia.
Si tuviera que medir mi salud mental actual por el grado de adaptación a la forma de entender la vida del resto de personas, concluiría que estoy loco. Solo una pequeña reflexión me salva de este rápido diagnóstico. La hizo el maestro Jiddhu Krishnamurti hace unos años cuando afirmó que «no es saludable estar adaptado a una sociedad profundamente enferma«.
Dado que no volveré a escribir nada sobre esta crisis, este será un extenso artículo. He pretendido estructurar la visión sobre lo que está pasando de acuerdo a este pequeño índice de puntos:
- El triunfo del ruido
- El triunfo de la inercia
- El triunfo del entretenimiento
- Los 3 discursos mayoritarios para explicar lo que está pasando
- 10 reflexiones sobre lo que nos está pasando
Ánimo valientes. Comenzamos.
EL TRIUNFO DEL RUIDO
Llevo semanas observando tranquilo los acontecimientos. Hasta hoy he tomado como guía de conducta un principio clave durante toda mi vida: hacer todo lo que nadie hace. Y no es porque los demás no sean capaces, sino porque el contexto de todas las personas que conozco, sin excepción, no les invita en absoluto a vivir el confinamiento desde la perspectiva del recogimiento, la tranquilidad y la reflexión. Sus formas de relaciones inmediatas (trabajo, familia, pareja, amigos) no ayudan a la práctica de una vida consciente. Si ésta sería una gran oportunidad para reducir la velocidad y reflexionar sobre ello, la mentalidad de todas las personas que conozco sin excepción es la de que todo esto -aunque puede que se institucionalice- es pasajero y volverán en algún momento a la normalidad.
Todos sus juicios o comentarios están enfocados a valorar qué o cual político se está comportando de forma más sensata para volver a lo que todos queremos: lo qie ya estabamos haciendo. Cada mañana se levantan esperando en su más profundo interior que alguna noticia les de un horizonte de expectativa que les ayude a seguir haciendo lo de antes. Algunos, los más snob, hipsters o privilegiados, comparten una cita de un filósofo o una infografía o un meme que habla de que el problema era la normalidad. Pero son frases hechas, quedan bien como pie de foto y las comparten porque aparentan cierta inteligencia. De hecho los que se consideran más inteligentes hacen uso de ese superpoder universal que tienen como CAPITANES A POSTERIORI, como héroes de la edad moderna, y crean o se adscriben a teorías descabelladas sobre el mundo que vendrá, sobre lo que ha pasado y sobre lo que nos está pasando. Pero en el fondo todos guardan la infértil y triste esperanza de volver a la normalidad. Porque en su normalidad, todo aunque vacío era más llevadero y agradable. Todo era mejor que disponer de tiempo en su propia vida.
EL TRIUNFO DE LA INERCIA
Durante los primeros días previos al Estado de Alerta, llevé una vida similar a la que llevan todas las personas que conozco: ocupaba mi tiempo tratando de procesar y poner en orden el enorme ruido del mundo. A partir de entonces lo tuve claro. Acudí mentalmente a una de las escuelas de vida a las que pertenezco, y recordé nuestro hábito de explorar la incomodidad constantemente para aprender a crecer en la adversidad. Al igual que en las dos crisis inmediatas anteriores aunque por motivos diferentes, tenía la fortuna de haber llegado hasta esta crisis muy bien preparado: una década compatibilizando teletrabajo y presencial, clientes que confían en mí pase lo que pase, una caja contra apocalipsis nucleares, una vida articulada alrededor del hogar, y continuos periodos de soledad, reflexión y confinamiento en mi vida.
En este contexto, decidí aprovechar el momento para apartarme del mundo en la medida de lo posible, en lugar de adaptarme a él. Como si en mi confinamiento en lugar de pretender la normalidad, aprovechara la excepcionalidad para mejorarme. En las circunstancias de aquellos primeros días, visto hoy con la perspectiva de varias semanas, eso fue exactamente lo que hice. Si bien conectaba contadas veces al día con el mundo (noticias, chats o llamadas) y me veía a menudo atacado por la crispación y susceptibilidad social creciente, aprendí poco a poco a normalizar y comprender el estado de ansiedad colectivo de la gente. Salvo estas pequeñas interacciones, he desaparecido literal y progresivamente del enorme y absorbente Leviatán (bendito Hobbes).
La experiencia está siendo tan gratificante que estoy eliminando mi perfil de varias redes sociales y aplicaciones de uso común que no me aportaban en su mayor parte nada bueno. Llevaba varios años queriendo tomar esta decisión, y aprovechando el estado de confusión de la gente me pareció un buen momento. La reacción normal de todas las personas que conozco ante esta progresiva desaparición era que había perdido el juicio, dado que si antes era necesario «vivir conectado o en línea«, con el aislamiento y en mi soledad era aún más necesario. Rememorando el mito de la caverna de Platón, algunas personas me llamaban preocupadas por si había entrado en depresión o tratando de comprobar si me había vuelto loco. Otras me manifestaban que sin estar en una aplicación de mensajería instantánea de uso global, iban a perder su contacto conmigo. Yo respondía sonriendo y con buen humor limitándome a decir que si nuestra relación era solo tecnológica, ¿por qué continuar teniéndola? Salvo tímidas manifestaciones de apoyo, no he visto que nadie haya adoptado esta actitud al más puro estilo Groucho Marx: «Paren el mundo que yo me bajo«. Mis respetos y oraciones están con todos vosotros, ánimo.
EL TRIUNFO DEL ENTRETENIMIENTO
Quien no lee con frecuencia, se envilece. Muchos de los maestros que me han educado, han escrito mucho sobre la barbarie. A lo largo de estas semanas he comprobado que estaban en lo cierto. Ante la realidad de esta crisis sanitaria global, las personas que conozco no solo no han disminuido su presencia sino que han aumentado y multiplicado su sobrexposición al mundo a través de chats grupales, videollamadas familiares y con amigos, varias convocatorias de aplausos diarias, ejercicios físicos, maualidades, grupos de apoyo, reuniones de trabajo online, redes sociales, artículos, noticias y una gran cantidad de interacciones con que ocupar su tiempo. La realidad común es para mí muy evidente: la mayoría de personas permanece totalmente ajena a la reflexión sincera y huyen ante la mínima oportunidad de conocerse. Por extensión aquellos que no son alérgicos a la reflexión sincera, dedican grandes esfuerzos a compartirla con violencia y certeza, en lugar de aprender a cuestionarla.
Todos ellos, tanto los que huyen de sí mismos como los que se gustan demasiado, entienden la vida en clave de entretenimiento (el otium humanista mal vivido) o en clave aburrimiento (contra el que la ética protestante industrial recetó siempre el trabajo, labora). En otras palabras, lo que me entretiene me gusta, lo que me aburre o cuesta esfuerzo, no me gusta; y cada vez que alguien abra la boca, yo dedicaré todos mis esfuerzos a decir si me gusta o no me gusta. Dedicamos nuestro tiempo a decir, a hablar, a opinar, y no a escuchar, parar o disfrutar.
Ocupamos al niño con los deberes de un sistema educativo muerto en el que no creemos, mientras grabamos videos dando pautas al mundo o aconsejando cómo poner una lavadora, meditar y evitar que se quemen las lentejas, para no dejar en ningún momento de rendir. Porque esa misma mentalidad del entretenimiento está asociada a la idea de rendimiento, a esa viaje lección aprendida que nos dice que ningún momento debe desaprovecharse en labores que no sean productivas. Y allí llega el agobio, la ansiedad, la necesidad de que el tiempo no pase tan lento, el vértigo que siento al no ocuparme. El entretenimiento social que consumimos y el entretenimiento mental que generamos para no volvernos locos, provoca serios estragos en el comportamiento. Sin autodisciplina mental, sin filtros ni control sobre nuestras emociones, lo importante de la vida es no aburrirse.
LOS 3 DISCURSOS MAYORITARIOS PARA EXPLICAR LO QUE ESTÁ PASANDO
Pertenezco a esa vieja nobleza pobre de personas que ante la agitación universal encuentra hogar en la calma. Por eso la mayoría de reflexiones que hoy se comparten me parecen atrevidas o agitadas. Dado que en los momentos claves de mi vida nunca huí de mí, con anterioridad y de forma casi constante he vivido largos periodos de soledad y confinamiento. Parte de todo lo que soy es gracias a momentos muy parecidos a los que ahora estamos viviendo.
En contra de lo que algunos fanáticos del #COVID19 pueden sostener, no minusvaloro la tragedia de la crisis, trabajo para explicarla en su contexto. Yo también al estar en uno de los focos mundiales de la pandemia, conozco varios casos de contagio y yo también he sufrido varios fallecimientos cercanos. Aún a pesar de la tristeza evidente por la pérdida inestimable de estas personas, nada de todo lo que está ocurriendo y está por venir es para mí revolucionario o diferente. Todo para mí forma parte de la lógica en el marco de un largo relato social y económico que se ha gestado durante mucho tiempo, y que he vivido en primera persona durante años como facilitador y agente de cambio. Pero veamos en qué consiste este relato.
Uno de los más frecuentes errores de juicio a la hora de comprender y vivir una situación excepcional es tratar de sobrestimar el pasado e infravalorar el futuro. En una suerte de amnesia colectiva la historia se diluye en el agua del tiempo. Si la intelectualidad ha fallado durante milenios en similares y titánicas tareas, créanme, seguirá fallando en ésta con el agravante de que, por absoluta desgracia para todos nosotros, cualquier paria del planeta, sepa o no de lo habla y sepa o no decirlo, dispone hoy de un altavoz en continuo contacto con la inmediata atención de una inmensa cantidad de gente.
Precisamente por todo ello, en nuestra responsabilidad se encuentra saber filtrar la ingente cantidad de información, y localizar a aquellos discursos relevantes. Dado el actual clima de totalismo y polarización social que estamos viviendo (en esto de la crisis sanitaria hay clases), en apariencia tengo cuatro opciones a la hora de escribir un artículo que hable de lo que está pasando:
1) «El capitalismo ha muerto»: La profecía mesianica de Slavoj Zizec
La primera opción que tengo es comprar o participar de ese discurso que abandera Zizec y que sostiene -leo con asombro- que una catástrofe similar no ha pasado nunca en la historia de la Humanidad y que esto cambiará por completo nuestra forma de entender la vida, el trabajo y las relaciones. Zizec augura la caída de China, la ruptura de los mercados financieros y la reconquista social del papel de la ciudadanía en el mundo a través del advenimiento de una forma de comunismo mejorada. En este contexto, para el autor, un nuevo comunismo, más realista, menos ideal y autoritario que el que ya conocemos, sería la única solución viable:
«La bien fundamentada necesidad médica de establecer aislamientos ha hecho eco en las presiones ideológicas para establecer límites claros y mantener en cuarentena a los enemigos que representan una amenaza a nuestra identidad. Pero tal vez otro -y más beneficioso- virus ideológico se expandirá y tal vez nos infecte: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá de la nación-Estado, una sociedad que se actualice con solidaridad global y cooperación»
«El primer modelo vago de una coordinación global de este tipo es la Organización Mundial de la Salud, de la cual no obtenemos el galimatías burocrático habitual, sino advertencias precisas proclamadas sin pánico. Dichas organizaciones deberían tener más poder ejecutivo»
El autor ha alertado, al igual que muchos otros, de la necesidad de haber vivido una tragedia global para plantearnos un cambio en el modelo de sociedad, pero dice estar seguro de que este cambio se va a producir muy pronto.
2) «Esta crisis acelerará la inercia»: La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han
La segunda de las opciones es comprar el otro discurso más extendido a la hora de entender la crisis. Es aquel que abanderan un ejército de intelectuales entre los que destacan las palabras del filósofo Byung-Chul Han. Esta lectura de la realidad defiende que si no cambiamos nada en nuestra forma de vida, nada cambiará a mejor para nosotros. El virus no va a lograr ningún cambio a positivo por sí mismo, sino tal vez precisamente todo lo contrario. En esta lectura hay una enorme cantidad de advertencias sobre las viejas estructuras nacionalistas, la soberanía digital, el capitalismo salvaje y los derechos ciudadanos. En las palabras de Han se huele esa sensación al más puro estilo Naomi Klein o Noam Chomsky, de que el triunfo de la inercia es tan grande, que el #COVID19, del mismo modo que otras crisis anteriores, ha llegado para fortalecer y reforzar el avance del neoliberalismo deshumanizador que nos consume. Y que si no estamos dispuestos a hacer algo más que ser la gestapo del balcón o los que aplauden cada día a las 8 de la tarde, el mundo seguirá tendiendo a convertirse en una mierda.
Sin duda una interpretación de la realidad con la que me siento muy identificado y cuya lectura puede servir para agitar conciencias. Sus palabras resuenan en nuestra responsabilidad sobre la sociedad embrutecida a la que estamos yendo:
«Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.»
Han alerta de que la sensación de un terror permanente, un enemigo común (el otro), puede garantizar una involución hacia épocas pasadas, en la forma de totalitarismos y de una religión financiera fundada en el aprovechamiento del shock y en el pánico constantes. El autor concluye:
«La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.»
3) «La emergencia como modelo de vida»: El mundo vigilado de Yuval Noah Harari
Algunas reflexiones de este discurso que encabeza Harari son especialmente interesantes. Pese al momento histórico de progreso que vive la humanidad, nos sentimos más frágiles que en la Edad Media. Aunque Harari ha reiterado en numerosas ocasiones que no estamos viviendo la peste negra de la Edad Media, ha reconocido enormes similitudes como la necesidad de aislamiento, la vigilancia masiva, las medidas autoritarias necesarias, el pánico colectivo o el creciente sentimiento de indefensión. Pese a ello, la situación en términos sociales es muy diferente en cuanto a esperanza de vida, realidad diaria, cobertura sanitaria o acceso a los bienes fundamentales. Tenemos, según este autor, la tecnología y la economía necesaria para superarlo. Mi enorme certeza tras estas semanas, pero sobre todo tras estos años, es que no estamos aprovechando tecnología, ciencia ni economía en la dirección correcta, sino en la totalmente contraria. Sabemos lo que está ocurriendo en términos sanitarios y estamos luchando por una solución. Opina que la información es más importante aún que el aislamiento.
La tesis fundamental de Harari está fundada en que las decisiones de urgencia que se adopten para combatir esta crisis, se institucionalizarán cuando aparentemente pase. Sostiene esta opinión en gran medida basándose en que lo que está ocurriendo es que Occidente está entrando en el mismo modo de vida de emergencia en el que llevan viviendo muchos países en el mundo desde hace décadas. No habla por hablar, él mismo vivió cómo su estado -Israel- estableció hace más de sesenta años medidas de emergencia que todavía hoy siguen en vigor.
La base de esperanza para Harari está en la ciencia y en el adecuado flujo de información a la población. Una sociedad informada y culta, conocedora de la información veraz, será mejor que otra que se mueve de acuerdo a intuiciones o fake news virales. Para el autor algunas medidas de vigilancia masiva están justificadas e incluso es saludable acostumbrarnos a medir constantemente nuestra salud. Su más inteligente contribución, creo yo, ha sido su reflexión relativa a la falta de un plan global para situaciones de emergencia como esta, en las que claramente hemos visto medidas individualistas y centradas en el Estado-nación, en un mundo totalmente intercomunicado y aparentemente conectado.
Algunos otros autores han hablado de la realidad inmediata que viene, ese ejército de marcas y marketing que se va a empeñar en bombardearnos para que volvamos a la normalidad enferma de la que nos hablaba Krishnamurti.
10 REFLEXIONES SOBRE LO QUE NOS ESTÁ PASANDO
Aunque estoy en plena redacción de un libro que creo que nos ayudará a comprender por qué se nos ha ido tanto la cabeza y hasta qué punto podemos o no recuperarla, quiero terminar este artículo hablando muy sintéticamente de mi visión sobre toda esto:
1) No estamos aprovechando el confinamiento para hacer un examen de conciencia: Ni como personas ni a nivel empresarial. Veo muchos casos de empresas que simplemente están traduciendo y multiplicando a una nueva realidad de teletrabajo, los mismos errores que cometían en lo presencial: no hay espacios significativos de reflexión; no hay naturalización de una situación extraordinaria que requiere relajación, compasión y empatía con realidades personales en cada hogar; y por último la exigencia es idéntica o mayor a la que existía en la oficina. Los maestros Pablo de Tarso y Miguel de Cervantes son dos de los miles de ejemplos de personas que en su confinamiento fueron capaces de alumbrar grandes reflexiones y construir el cambio del pensamiento occidental. Todos ellos dedicaron momentos de máxima contención y aislamiento a aprender a conocerse, a imaginar y soñar mundos mejores. ¿Por qué nosotros no estamos siendo capaces de hacerlo ni a nivel personal ni corporativo? De nuevo creo que es una cuestión de desconocimiento e inercia, de falta de perspectiva y absoluta y diletante ejecución. Conclusión: Aprovecha estos momentos para abandonar el sobrepensamiento, deja de exigirte lo mismo que si estuvieras en una situación normal (por dios, tu hijo se te está subiendo por el brazo vomitando mientras lees esto) y, por favor, practica el autoconocimiento y el silencio sinceros. Apaga la tele, desconéctate un poco, aprende a decir NO. Te necesitamos fuerte durante y tras la crisis. Si el mundo se ha interrumpido, ¿por qué tú no?
2) El proceso de medievalización del mundo se acelera. La pandemia está ayudando a una velocidad supersónica a marcar las nuevas clases sociales que se sitúan a uno y otro lado del pensamiento único. En la nueva pirámide feudal, la guerra por los recursos básicos (agua, medicina, alimento) comienza a acelerarse. En la nueva Edad Media, no serán la agricultura y el pueblo los sustentos de la desigualdad, sino la concentración corporativa y el control de la tecnología digital en la explotación de las ciudades. El ya lamentable deterioro de la cultura y la educación durante las últimas décadas, está favoreciendo la aceptación de este nuevo orden mundial distópico y totalitario. Que las personas confinadas en su cada por puro aburrimiento se dignen a abrir un libro o ver un documental o consultar un artículo, no es suficiente. Que lo hagan por la convicción de que este sistema perverso que todos hemos alimentado ya nos está robando incluso el derecho a la vida, es lo necesario. Conclusión: este proceso no solo se acelera, sino que además es invisible.
3) Lo que está pasando ahora es la causa de un modelo de vida destructivo y absurdo. El sistema del capitalismo voraz y autodestructivo sigue tan sobradamente vivo y está tan implantado en tu vida que al morir tu abuelo no puedes ir a su entierro por peligro de contagio un sábado pero el lunes estás obligado a ir a trabajar a tu puesto de trabajo donde interactuarás con decenas de personas y con suerte podrás tener una mascarilla, que por cierto nadie salve si te libra del contagio. Con total certeza, si no te pones las pilas tus hijos vivirán un mundo peor que el que ahora vives, y los hijos de tus hijos también. Millones de personas vivimos recluidas en nuestras casas (o en las de otros, por ser más precisos) porque durante décadas salimos de ellas a diario para construir el mismo mundo que ahora nos encierra, ese mismo mundo al que queremos volver «cuando todo esto acabe». Conclusión: no estamos aprendiendo nada, ¿Cómo estás dispuesto a comencer a hacerlo?.
4) La pandemia está recordándonos las tres cosas importantes para el mantenimiento de una sociedad avanzada: cooperación no violenta, acceso universal a una educación integral y humanista, y derecho a una atención sanitaria pública. A ver quién tiene ovarios o cojones a cuestionar ahora o a recortar aún más las condiciones de todos esos profesores sin recursos, médicos y enfermeras saturados de trabajo, y agentes sociales, cuyo cambio he acompañado por toda España durante años constatando realidades profesionales flagrantes, y que ahora están sacando a todo un país con enorme coraje de la total debacle. Esto ha sido una pandemia impredecible en terminos sanitarios, sí, pero he vivido en primera persona cómo nuestras sociedades llevaban años ejercitándose en una mercantilización del pensamiento único a través de un salvaje capitalismo financiero que nos ha desprotegido y esquilmado a nivel de diálogo, derechos y libertades. Pese a ello, continuamos confiando nuestro futuro a personas que no están preparadas para preverlo, y nuestro presente a personas mediocres que aceptan no dos duros, sino uno por comprar su voto. Conclusión: Si no recuperamos el tiempo perdido, la implosión es segura
5) Nada de la sociedad que tienes va a cambiar por un virus, porque esto lleva décadas pasando. O cambias tú o nada cambia. Que nos hayamos dado cuenta ahora de que el mundo no está tan bien, no significa que otros no llevemos alertando de ello y trabajando años por mejorarlo. El #COVID19 es un indicador de la situación del mundo, un testimonio del comportamiento de la naturaleza a la que por cierto habíamos olvidado, pero también un reflejo de una gran cantidad de fenómenos simultáneos e insostenibles: un crecimiento demográfico abusivo, desigual y desproporcionado en el mundo, unas instituciones creadas en la Edad Media (y que por eso tienden a validar la nueva Edad Media), y un comportamiento humano insaciable. Conclusión: Cuando acabe esta crisis, tendremos aún menos derechos, ¿Qué estás dispuesto a hacer para recuperarlos o construir otros nuevos?.
6) La sociedad violenta del LIKE: La gestapo del balcón se ha sumado a la más antigua gestapo de twitter. El virus no ha hecho más que subrayar lo que ya éramos y hacíamos, pero en nuevos formatos. Sea como fuere, hemos llegado a tal nivel de desquiciamiento colectivo, que todo lo que leemos o escuchamos pasa ese filtro infantil tan primario, inmaduro, y peligroso que se resume en ME GUSTA/NO ME GUSTA. En esta eterna dialéctica de acumulación de likes, en esta crisis aún más que fuera de ella pero como siempre en nuestra historia como especie, no seguimos a quienes tienen más criterio sino a los que más nos gustan. Si algo gusta a muchos, será porque es verdad… Es el triunfo de la comodidad sobre el esfuerzo. La sociedad está tan rota y despistada y es tan iletrada que los comportamientos y el lenguaje violento a través de canales que ya estaban viciados (redes sociales, formaciones políticas y medios de comunicación), se han disparado eliminando ya de lleno los filtros mentales ante reacciones emocionales inmediatas, al tiempo que las reflexiones más sencillas contenidas en artículos de 6 párrafos nos parecen extraordinarias y se hacen virales. Conclusión: Instalados como idotas en el ME GUSTA/NO ME GUSTA, otras personas seguirán tomando las decisiones sobre nuestra vida por nosotros. ¿Estás dispuesto a escuchar, dialogar y construir en lugar de a juzgar continuamente e indignarte?
7) Panorama político desolador: El escenario politico está tan roto que las escasas demostraciones de mínima sensatez nos parecen admirables. Nos agarramos al primero que llega y dice algo sensato, y se lo agradecemos porque el nivel es tan bajo que nos conformamos con eso, aunque solo sea algo temporal o aparente. Conclusión: Lo que compras y consumes es tan importante como lo que defiendes y votas. No necesitamos que te representen mejor, sino que te representes bien.
8) Exceso de simplificación y de milagros. La esperanza de la gente está tan rota que nos lanzamos a agarrar el primer salvavidas que vemos en forma de lo que sea: declaraciones triunfalistas de la crisis, incitaciones a volver a «la normalidad» tras el confinamiento, proclamaciones de un nuevo orden mundial, identificación de la solidaridad coyuntural con una nueva sociedad cooperativa y solidaridaria,… Si ahora parecemos solidarios es porque tan solo vemos que esto nos toca cerca, no porque lo seamos a diario fuera de la excepcionalidad. Eso se llama miedo propio, no solidaridad común. Muchos hablan de un nuevo orden mundial. Así, de repente, porque una pandemia vaya a matar a 1 de los 8.000 millones de personas en el mundo que sobrevivirán. La pregunta es ¿Qué cambios se están dando en los órganos de poder y decisión del mundo en estos momentos para que estas personas afirmen con rotundidad esto? Conclusión: Que esta situación de excepcionalidad no te engañe, no hemos conquistado nada, queda mucho trabajo por delante.
9) Partícipes del engaño. La única nueva realidad a conquistar se llama coherencia social y estaremos más lejos de ella ahora que antes de esta crisis. Es evidente que el modelo de relaciones que tenemos no opera con ética y denigra nuestra humanidad, pero ¿Creemos de veras que de acuerdo a los indicadores financieros que siguen gobernando el mundo el modelo social actual de veras no funciona? Personalmente yo lo veo muy rentable a nivel económico. Las gallinas que entran por las que salen; si no aceptan este abuso que propongo, aceptan silenciosamente otro. ¿Acaso han visto algún cambio en los mercadores financieros, las medidas adoptadas por los gobiernos o las leyes que rigen nuestras sociedades en una dirección diferente a la de seguir haciendo lo mismo que hemos hecho siempre?. Cuando algunos hablan de un cambio social, exactamente ¿a qué se refieren? ¿A la ausencia de contaminación coyuntural porque no hay tráfico en las calles y los cervatillos cruzan el puente de Brooklin?, ¿A felicitar al vecino por su cumpleaños todos en el patio y meterme luego en casa para tener una reunión online que prepara la siguiente campaña de marketing global para «volver a la normalidad» que garantiza que sigamos dejando morir solos a los ancianos? Conclusión: La alegría circunstancial ante determinados gestos no nos garantizará la felicidad constante tras todo esto. Aprende a practicar el pensamiento crítico.
10) Esse quam videri. En uno de los capítulos del libro hablo de esta tendencia malsana que hemos desarrollado a aparentar y parecer, en lugar de limitarnos a ser. Esta tendencia a venderlo y mercantilizarlo todo, incluso nuestra vida. Personas colgando videos, audios, consejos constantes sin ejercer el mínimo esfuerzo de introspección, alimentando el ruido del samsara, engordando a la bestia… ¿Por qué?, ¿Por qué hacemos esto una y otra vez? Pretender parecer limita nuestra capacidad de ser. Conclusión: En lugar de tratar de parecer que lo sabemos todo y de intentar vender como una estampida de ñúes, ¿No sería más útil aprender a mostrarnos vulnerables?
NOTA: Mi compañera Eva Trías me acaba de mandar un artículo que habla precisamente de alguien que NO QUIERE VOLVER A LA NORMALIDAD. Disfrutadlo. Gracias, Eva.
Espero de corazón que este artículo haya despertado en tí alguna útil reflexión. Vuelvo a recluirme tras esta breve reflexión. Poco a poco iré alejándome cada vez más del ruido para aprender a escuchar el verdadero río, tal y como Vasudeva enseñó a Siddhartha.
Gracias por tu tiempo.
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